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El Chicle, sin alteración psíquica alguna, «no se siente arrepentido» por la muerte

La pugna entre la ciencia y la creencia se trasladó ayer a los juzgados de Santiago en la sexta sesión del juicio por la muerte de Diana Quer. Recién inaugurada la fase pericial, por la sala de vistas desfilaron entomólogos, psicólogos, médicos forenses y un grafólogo citado por la acusación particular cuyas conclusiones fueron cuestionadas no solo por la defensa de José Enrique Abuín sino por el propio presidente del tribunal, el juez Ángel Pantín. Ambos le afearon al citado su falta de prudencia a la hora de afirmar que el procesado era un «depredador sexual sin ética y sin control sobre sus instintos» que «ha ejercido la violencia sexual y la va a seguir ejerciendo». «Sabe mentir y manipular bastante bien porque tiene habilidad y además se dirige por sus instintos sexuales, sádicos y violentos» llegó a manifestar el grafólogo, que solo se basó para sus afirmaciones en un análisis de la letra de Abuín Gey.

Para desacreditarlo ante los nueve integrantes del jurado popular, la abogada del Chicle fue ágil. «Puede decir que es un depredador sexual solo por su letra, pero ¿sabe si es diestro o zurdo?» le dirigió, ante lo que el testigo negó. Las mismas reticencias despertó su relato en el presidente del tribunal, que puso en duda la disciplina en la que se basa, interpelando a otros expertos sobre si este tipo de estudios tienen validez a nivel científico. La respuesta, no demasiada.

«No existe sufrimiento»

En distinto plano, uno mucho más academicista y fiable, se movieron las cuatro psicólogas forenses que se entrevistaron con el Chicle en distintos momentos del proceso y que lo describieron como una persona poco emotiva, intolerante y con falta de empatía. También determinaron —un dato fundamental a la hora de valorar su papel en la muerte y posterior encubrimiento— que Abuín «tiene conservadas sus facultades cognitivas y volitivas», es decir, «no tiene ninguna alteración psiquiátrica». Sobre su estado actual, las expertas indicaron que en su caso «no hay sufrimiento psíquico en la actualidad» y que «no mostró arrepentimiento» por lo hecho. Como ejemplo de la capacidad del Chicle para gestionar sus acciones y planificarse, dejaron caer una anécdota inquietante. «Él mismo nos contó que dejó pasar un año para romperle los dedos a alguien que se había metido con su pareja», señalaron.

En la otra cara de un sufrimiento emocional del que se habló mucho en el día de ayer está la familia de Diana Quer, las otras víctimas del presunto crimen. Para ellas la acusación particular pide una indemnización de 300.000 euros (40.000 para la hermana y 130.000 para cada progenitor) por el daño moral ocasionado. Sobre las secuelas que la desaparición de Diana dejó en ellos, la experta presente en la sala no dejó lugar a dudas. «Ahora están buscando justicia, pero cuando esto termine y se baje el telón solo les quedará la soledad. Será un trastorno mucho más grave, con secuelas de por vida con especial énfasis en los 496 días de espera que fueron terriblemente dañinos. El daño interno —prosiguió acerca de cómo cambió el crimen la vida de esta familia— es imposible de recuperar ni de aliviar. Ellos realizaban una vida normal y desde que ha pasado esto no han vuelto a hacer nada más. Su daño es irrecuperable y va a ir a peor» manifestó la profesional.

Especialmente doloroso fue conocer el estado de Valeria Quer, la más afectada por la pérdida de Diana, sobre la que la testigo indicó que «ella está terriblemente descompensada, con autolesiones a sí misma para que dolor físico intente paliar el emocional. También demuestra conductas heteroagresivas. El pronóstico no es bueno», manifestó la experta. La defensa, por su parte, se limitó a indicar que «nunca hemos cuestionado el dolor» de la familia para aclarar que no haría preguntas al respecto.

Volvió a la nave

Las periciales que se iniciaron ayer también sirvieron para determinar que el Chicle regresó a la nave unos veinte días después de haber asfixiado a la víctima. Lo hizo en el momento álgido de la búsqueda, cuando cientos de personas se afanaban en dar con el paradero de la joven y cuando el nombre y el rostro de Diana Quer ya eran conocido por todos. La persona encargada de datar esta segunda visita al pozo fue una entomóloga que reveló que, por el estado de los insectos que colonizaron el cuerpo de la muchacha, la joven tuvo que estar flotando en la superficie del agua alrededor de veinte días antes de que su verdugo la lastrase hasta el fondo del tanque de 10 metros del que fue recuperada quinientos días después.

La séptima sesión del juicio por la muerte de la joven de Pozuelo, que se prolongará hasta este viernes, se retomará hoy con el testimonio de más agentes, entre ellos los que se encargaron de analizar el maletero del coche en el que Abuín trasladó a Diana hasta la fábrica de Asados. Un recorrido de unos veinte minutos en el que él sostiene que la víctima ya estaba sin vida y que las acusaciones describen como una «pesadilla» durante la que Diana Quer pudo llegar a intuir su desenlace.

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