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El Senado de EE.UU. aprueba el ingreso en el Supremo de la juez conservadora Barrett

El Senado de Estados Unidos ha aprobado la noche de este lunes el ingreso de la juez conservadora Amy Coney Barrett en el Tribunal Supremo, uno de los procesos de confirmación más rápidos de la historia. Han votado a favor 52 senadores, todos los republicanos menos Susan Collins, de Maine. Todos los demócratas e independientes han votado en contra.

Así, Donald Trump ha dejado ya una marca indeleble en Estados Unidos, gane o pierda las elecciones del próximo 3 de noviembre. Con el ascenso de la juez Barrett al Supremo, este, encargado de velar por que se respete la Constitución, tiene ya una sólida mayoría conservadora que durará con toda probabilidad largas décadas, a no ser que los demócratas se propongan ampliar las bancada.

No sólo es que el actual presidente haya nombrado ya a tres de los nueve jueces del Supremo, es que desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2017 ha elegido a 219 magistrados federales, de los casi 800 que hay. La judicatura será, sin duda, el legado más duradero de la era Trump.

La confirmación, este lunes, de la juez Barrett en el Senado fue, como viene siendo habitual en Washington en los pasados años, un espectáculo a ratos digno de un circo de tres pistas.

Los demócratas han tratado de boicotear el proceso a cada paso, ausentándose y tratando de prolongar la votación con todo tipo de artimañas. Los republicanos, temerosos de perder poder en las elecciones, han acelerado como nunca se ha visto antes, para acabar con el trámite lo antes posible, con debate en domingo y en tiempo récord.

Y la Casa Blanca insistió en que presidiera la sesión el vicepresidente, Mike Pence, cuyo cargo es también el de presidente del Senado, a pesar de que varios estrechos colaboradores suyos han dado positivo por coronavirus y lo lógico sería que estuviera guardando cuarentena estos días. Finalmente, Pence se ausentó de la votación.

En todo caso, todas estas batallas no eran más que distracciones del hecho de que Barrett, de 48 años, es la quinta mujer en acceder al Supremo en toda su historia, y la segunda conservadora tras Sandra Day O’Connor. Es jueza federal desde 2017, y durante su carrera en la magistratura y antes ha dado pruebas de que es una jurista conservadora en el sentido de que tiende a interpretar la Constitución tal y como la escribieron los padres fundadores, y no adaptándola a interpretaciones y lecturas modernas.

Como católica practicante que es, se opone al aborto y a varios apartados de la reforma sanitaria de los demócratas, en especial el que obligaba a instituciones religiosas a ofrecer anticonceptivos a sus empleados. Aun así, es las vistas orales en el Senado dijo que sus opiniones las dejará a la puerta del Supremo, y que será imparcial ateniéndose siempre a lo que diga la carta magna.

Muchos católicos en el Senado mostraron este lunes su júbilo. En especial Marco Rubio, que ya empieza a posicionarse para una posible candidatura a la presidencia —la segunda— en 2024. «La votación de esta noche asegura que la izquierda radical tendrá que seguir con su agenda socialista de la manera que los padres fundadores quisieron: a través del proceso legislativo, no a través de un sistema judicial activista», dijo este lunes.

Como se ve, en EE.UU. la derecha ha hecho de la lucha contra el activismo judicial uno de sus caballos de batalla. Por eso para el presidente Trump la oportunidad de nombrar a un tercer juez del Supremo en plena campaña electoral ha resultado ser oro puro, un regalo para las bases republicanas y evangélicas, cuyo objetivo manifiesto es invalidar el fallo de 1973 que legalizó el aborto «hasta que el feto sea viable». En sus mítines, las masas enardecidas le han gritado al presidente «¡llena el asiento!», en referencia al hueco que dejó en septiembre la muerte de la juez feminista Ruth Bader Ginsburg.

Y no es sólo el presidente. O más bien dicho, es más que el presidente. Los republicanos, incluido el vicepresidente Pence y el líder del Senado, Mitch McConnell, son capaces de tragar con todos los escándalos y las provocaciones de Trump porque el presidente les está ofreciendo los jueces que ellos quieren, que son confirmados raudamente por el Senado, que ellos mismos controlan. Es una jugada maestra, prueba de la gran sintonía que hay entre la Casa Blanca y la Cámara Alta del Capitolio.

En un reciente mitin en New Hampshire, el vicepresidente Pence dijo a los votantes: «Cuatro años más de Trump significa cuatro años más de jueces». A mediados de septiembre, el senador McConnell apenas podía ocultar su júbilo tras haber confirmado a seis jueces en apenas 30 horas. «Esta no es una victoria partidista», dijo entonces McConnell, que se presenta a la reelección en estas elecciones. «El presidente nos ha enviado hombres y mujeres impresionantes y cualificados que acatan de forma radical la noción de que la misión de un juez es solo seguir la ley».

En todo este proceso, los demócratas, es cierto, tienen un as en la manga, al menos en lo que al Supremo se refiere. Si llegaran a controlar la Casa Blanca y las dos cámaras del Capitolio, podrían ampliar la bancada, algo que la Constitución permite, pues no establece un número de magistrados. Lo cierto además es que el número de jueces del Supremo ha fluctuado a lo largo de las décadas. Preguntado si esto entra en sus planes, Biden, que está en campaña, se ha puesto de perfil. «Eso, tras las elecciones se verá», dijo.

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