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Spain

El suculento filón de explotar las Ciudades Inteligentes

Desde principios de esta década pulula en el ambiente un concepto que para muchos suena a extraterrestre. «Smart Cities», se dice en inglés. Ciudades Inteligentes traducido al español. Empezó como una idea peregrina al albor de las nuevas tecnologías pero poco a poco va tomando forma. Ningún país desarrollado es ajeno a la revolución de sus urbes; es un fenómeno tan transversal que todo lo inunda... y las empresas tienen en él un nuevo y suculento filón al que conectarse.

Su definición es compleja y evoluciona con el tiempo, pero hay aspectos en los que coinciden todos los expertos. Ciudades Inteligentes son -serán- aquellas que utilizan las nuevas tecnologías para prestar a los ciudadanos mejores servicios y más personalizados, basándose en criterios de eficiencia y sostenibilidad. Todo muy etéreo y, a simple vista, muy teórico. El cambio se produce al aterrizar el concepto al mundo real. Póngase en la piel del repartidor que tiene que descargar los paquetes de una tienda. Primero sube la mercancía a la furgoneta, luego emprende su marcha... y al llegar a destino están ocupados todos los puntos de carga/descarga que se va encontrando. Pierde tiempo en circular en busca de un sitio. Pues las «Smart Cities» son capaces de prever ese problema y solucionarlo antes de que ocurra; con una urbe conectada, recopilando datos cada segundo, se puede avisar al conductor de dónde y cuándo tendrá un hueco.

«Hace siete años se empieza a trabajar el concepto, que proviene del de Ciudades Digitales de hace 15 años», explica Adolfo Borrero, presidente de la Comisión de Smart Cities de Ametic. Lo cierto es que la aplicación de las tecnologías a la movilidad, por ejemplo, data de hace 30 años; lo mismo ocurre con el suministro de agua -aspersores en parques- o de energía -encendido de farolas-. El factor diferencial llegó hace pocos años: «Lo que ha cambiado es el uso del móvil,el smartphone, que mete en el bucle al ciudadano para la toma de decisiones, lo cual previamente no se hacía».

Tiene sentido poner el foco en los ciudadanos si se analizan las proyecciones de la ONU: en 2050, el 68,4% del mundo vivirá en urbes a nivel mundial (el 88% en el caso de España). «Estamos concentrando cada vez más nuestra vida en el entorno urbano. Y la digitalización y la globalización están acelerando esta evolución. Simultáneamente, solo la innovación y la tecnología, que son los instrumentos para transformar una ciudad, permitirán, entre otros factores, que nuestra calidad de vida mejore, como ha sucedido históricamente», dice Cándido Pérez, socio responsable de Transportes de KPMG en España.

Así las cosas, según McKinsey & Company, las «Smart Cities» traerán beneficios en múltiples ámbitos. Reducción de la criminalidad de un 30-40%; aumento de la empleabilidad de entre el 1% y el 3%; reducción de enfermedades entre 8-15%; ahorro de tiempo entre un 15% y un 20%; una bajada del consumo de agua entre un 20% y un 30%; y así con todo. Más allá de ello, en términos monetarios hay un nicho que explotar: transformar las relaciones con la administración de papel a digital ahorraría unos 8 euros por trámite, según la Comisión Europea. Sin embargo, hay un riesgo que gobierno, empresas y consultoras tienen muy presente. «Estas nuevas tecnologías -inteligencia artificial, big data...-van a generar una brecha digital mayor entre ciudades. Estarán las que puedan adoptar las disrupciones y las que no. Las tecnologías tienen la característica de que su impacto y el valor que generan es mucho más potente que el de los procesos tradicionales», defiende Manuel Márquez, socio del Área de Consultoría de Sector Público de EY. Beneficio para todos, y las empresas al acecho.

Ahora bien, no se trata de avanzar por avanzar. Éste último experto plantea una pregunta: ¿para qué queremos Ciudades Inteligentes y qué modelo deseamos? En España -sostiene- veníamos monitorizando eventos sin tener claro el objetivo; millones de datos sin un uso real. Ahora se ha empezado a analizar el «para qué» dándole inteligencia a esos datos. «A veces se comete el error de implantar tecnología y ver más adelante el uso que puede tener», afirma Márquez. Pese a ello, los expertos coinciden en que nuestro país es una referencia mundial en «Smart Cities». De hecho, las urbes españolas están en todos los rankings. Barcelona y Madrid a la cabeza por su capacidad de inversión y repercusión en la población, aunque hay expertos -Borrero, de Ametic- que sostienen que otras como Málaga o Santander -también habituales de las listas- están por encima. Esto genera, de nuevo, dos Españas... hasta el punto de que puede darse la situación de que las grandes ciudades nacionales tengan más en común con otras como Bruselas o Londres que con Badajoz. «La competencia no será entre países y regiones sino entre megaurbes», reconoce el socio de EY. Así, según un estudio de KPMG, en 2030 habrá ya 41 megaciudades (más de 10 millones de habitantes), frente a las apenas 18 de quince años antes.

Aquí es donde las compañías tienen un filón incalculable. Diversos estudios muestran cifras desorbitadas de valor de mercado de las «Smart Cities», pero todas las fuentes consultadas rechazan dar una cifra concreta. Por dar un dato muy a corto plazo: según KPMG, la «tarta» será de 1,33 billones de euros en 2020 a nivel mundial. Difícil de prever, pero presente en todas las mentes de las empresas que puedan estar implicadas: movilidad, infraestructuras, telecomunicaciones, energía...

Modelo empresarial

«Están las empresas que ya prestan cierto tipo de servicios y, también, las nuevas compañías que prestan servicios que todavía no existen. En el caso de las primeras, se benefician de procesos más eficientes y con la prestación de mejores servicios. En el caso de las segundas, en función del proyecto que se ponga en marcha, se puede dar lugar a nuevos negocios», afirma Joan Cavallé, responsable de Movilidad de Accenture en España, Portugal e Israel. Aquí pone el ejemplo de los «riders»: si la tendencia va a más, puede llegar el momento de que las ciudades se colapsen ligeramente de este tipo de repartos; lo mismo si se disparan aún más los pedidos a Amazon o Alibaba. Para evitar que los transportistas sean los «dueños» de la carretera y generen congestión de tráfico, los datos que se recopilen en las urbes pueden servir para que las empresas programen horarios que sean menos lesivos para el tráfico y más eficientes para las propias compañías.

Una visión similar mantienen desde Ametic, aunque consideran que se tratará más de una evolución de los negocios que ya existen, que la creación de otros nuevos. Lo que es innegable es que los datos serán el «oro» de este siglo. La economía del dato, que se dice. Una cifra para ilustrar su importancia: en los dos últimos años se han generado el 90% de los datos de toda la historia de la humanidad. La razón está en los móviles. Y eso lo aprovecharán también las compañías.

Márquez, de EY, tiene claro que las «Smart Cities» cambiarán por completo los modelos urbanísticos. «Es más fácil crear una Ciudad Inteligente desde cero que rehacerla», comenta. Es decir, que es más sencillo por ejemplo implantar fibra óptica o el 5G en una urbe nueva que ir barrio a barrio haciéndolo en una gran metrópoli como Nueva York. «La oportunidad empresarial se abre en distintos ámbitos: todo alrededor del urbanismo tendrá que redefinirse, incluso la regulación. También habrá negocio en la consultoría porque somos los que ayudamos a definir el para qué, los casos de uso de los que vamos a extraer valor. Están, a su vez, los proyectos de integración, toda la monitorización de eventos... Y, por último, el emprendimiento», dice. Este último caso significa que se alumbrarán muchas startup al calor del desarrollo de las Ciudades Inteligentes.

Necesidad regulatoria

Así las cosas, la regulación y las normas serán y son ya un factor esencial. Paloma García, directora de Programas y Grupos de Interés de la Asociación Española de Normalización (UNE), lo tiene claro: «La utilización de normas que nacen en el ámbito voluntario contribuyen a que el proceso de transformación inteligente se produzca de manera ordenada y coherente. Saber para qué se van a usar los datos y qué ventajas voy a tener. Las normas se hacen para ser más competitivos y vender más. Aquí es igual. Las normas suponen oportunidades paras multitud de sectores económicos porque saben cómo se va a producir ese despliegue. Saben qué necesidades hay en la ciudad. En definitiva, certidumbre. Además, así compiten en igualdad de condiciones, lo cual es muy importante por ejemplo en todas las licitaciones públicas».

Por lo pronto, gobiernos y empresas ya se han puesto a trabajar en esto. A nivel mundial... y especialmente en España. En nuestro país existen ya 83 Ciudades Inteligentes, según la RECI. Hay planes específicos para impulsar proyectos en urbes y regiones; en total, según cálculos del sector, se habrán desembolsado en 2020 unos 2.000 millones de euros públicos. Eso solo en fondos públicos -con ayuda de la Unión Europea-, porque buena parte del desarrollo también tendrá que venir del sector privado. Solo en movilidad, según cálculos de Accenture, en 2040 el valor de mercado de la movilidad eléctrica en España superará los 90.000 millones de euros. Más a nivel internacional, según datos de EY, para 2050 el 70% de las infraestructuras que se necesitarán en el globo todavía ni siquiera existen.

Por lo pronto, la tendencia ya está avanzando hacia delimitar el «para qué» necesitamos las Ciudades Inteligentes. En España lo tenemos claro: personalizar los servicios para el ciudadano y mejorar en eficiencia y sostenibilidad. El concepto, en definitiva. Sin olvidar que las personas no son solo las únicas beneficiarias. Las empresas están ante su nuevo gran filón económico.

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