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Escaños vacíos

Ydespués de todo, no será que la reforma en profundidad que se necesita es que la abstención o el no voto no sólo se cuantifique la noche de las elecciones sino que también se haga palpable teniendo su sitio bien visible en los escaños vacíos del Parlamento? ¿No es ahora, transcurridos ya todos estos años desde 1977, una opción tan digna -a veces parece la que más- como la de votar a un partido? ¿Por qué la insatisfacción o el descreimiento, incluso esa indignación tan cacareada y manipulada y rentabilizada por algunos desde 2011, o hasta el hecho de no votar porque no le sale del alma o de donde sea a toda esa población que así lo decide, no puede quedar y estar representado de manera evidente en toda esa vaciedad de sillones sin ocupar en el Congreso, el Senado, las cámaras autonómicas y los ayuntamientos? No querer ser representado por ninguno de los individuos que componen las candidaturas que concurren a unas elecciones no implica necesariamente el repudio del sistema y sí la aversión a quienes se presentan en unos comicios como los únicos acreedores del voto.

La abstención, el no voto, es otra opción política. Y sí, otra voz. Y no requiere de ningún portavoz. Su silencio lo está diciendo todo. Si la noche de las elecciones queda registrada en los resultados junto a los obtenidos por los partidos, si se hace su recuento y se habla de ella y hasta se analiza y se buscan todas las teorías habidas y por haber para intentar entenderla y justificarla... ¿Por qué entonces no se hace patente durante toda una legislatura que hay un determinado número de ciudadanos que han decidido que un determinado número de escaños -¡suyos!- no sean ocupados por ninguno de los individuos que los pretendían?

Se les llena la boca a los líderes de los partidos y a sus propagandistas con el mensaje de que hay que combatir la abstención. Obvio. Es la gran rival de su negocio. Mucho más peligrosa que cualquier adversario. Y todos coinciden en que es letal para la democracia, cuando lo cierto es que es nociva para ellos. Pero no hacen nada. Llaman a votar, claro. Parecen chamarileros pregonando morralla. Otra vez y otra y otra. Tocando a rebato: ¡Que no salimos! Jiñados.

Pero es sólo ya esa visión de escaños vacíos -que sí representan a muchos- que tendrán ante la tribuna de oradores la única que podrá actuar como revulsivo para que en la siguiente convocatoria electoral se afanen en ganarlos de (y con la) verdad. Y entonces sí, entonces sí se habrán ganado el derecho a hablar en nombre de ellos. Y sólo entonces sí habrán derrotado a la abstención.

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