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Honestidad consigo misma y con el oyente

Paloma Tortajada cultivó su amor por la radio de la mejor forma posible. Viendo desde muy pequeña cómo sus padres la escuchaban cada día. El sonido de aquel transistor se colaba por todos los rincones de la casa. También con el respeto que su abuela tenía al medio en su Zaragoza natal. Quienes trabajamos con ella, sabemos que la radio era su pasión y que para alimentarla, debía tener la maleta preparada. Y así lo hizo. Primero, para dejar su tierra y estudiar Periodismo en Bilbao. Y después, para en 1992 aceptar el reto de marcharse a la SER, a Madrid, olvidándose de sus labores como Jefa de Informativos en la ya desaparecida Antena 3 Radio Aragón. Nunca tuvo miedo. Y si alguna vez lo tuvo, era porque sabía que la vida le estaba pidiendo que se superase.

Sonrío cuando escucho a alguien decir que Paloma llegaba a las 12 de la noche a COPE y se marchaba a las 9. No. Paloma nunca abandonaba su misión. Siempre estaba alerta. Esa era su marca. Paloma era su tono. Era credibilidad. Era honestidad. Primero, consigo misma y luego con el oyente. Me cuesta mucho hablar todavía en pasado, pero Paloma tenía esa gran capacidad de trabajo cultivada en las emisoras locales. Durante sus inicios en Radio Popular de Zaragoza con Pepa Cabrera y más tarde, con quien fuera su gran maestro, Iñaki Gabilondo.

Paloma honraba a nuestra profesión a diario. Al medio. Al periodismo en España. Nunca quiso que nadie hablara por ella. No buscaba circunloquios ni cuando estuvo en la radio ni después en la televisión o como directora de Comunicación en el Ministerio de Educación. Quería claridad. Le molestaba mucho la mentira.

Paloma actuaba en conciencia. Hacía lo que le dictaba ésta, distanciándose de quienes no saben a qué atenerse en temas clave y canonizan todo lo que les rodea. Era una amante de la música y de la moda. Su disciplina germánica le hacía practicar deporte todos los días y su amor por sus sobrinos, viajar mucho a Zaragoza. La tía Palo, como la llamaban, cogía el tren para estar allí siempre que tenía un hueco. Les echaba mucho de menos y no le importaba reconocerlo públicamente. Perdió a su padre durante su etapa laboral en Madrid pero su corazón lo tenía siempre en Aragón. Lo vendía con orgullo allá donde acudía.

A Paloma su enfermedad le enseñó muchas cosas. Entre otras, que nadie está vacunado contra nada. Pero sobre todo, que hay que enfrentarse a la vida, empujando. «Hay que luchar», repetía siempre. Se negaba a la derrota del pensamiento.

Cuando ayer recibí la triste noticia recordé algunas de las cosas que muchos hemos aprendido de su personalidad. Que las creencias y las convicciones hay que traducirlas en actos. Que las personas valen por lo que hacen. Que la vida y esta profesión alcanzan su sentido más pleno cuando se desarrollan al servicio a los demás. Que el trabajo está presidido por la razón y el sentido común. Y que las tareas difíciles hay que llevarlas a cabo, como Paloma, siempre con una sonrisa en la cara.

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