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La curva de aprendizaje de Sánchez

Jean-Claude Juncker y Pedro Sánchez, durante un encuentro en Bruselas. EFE

El jueves, Pedro Sánchez instó a la prensa a examinar la carta que la Comisión Europea le remitiría sobre su Borrador de Plan Presupuestario (BPP) y compararla con las últimas que recibió Mariano Rajoy. Ahí, añadió, se verá «la diferencia a favor de este año en la confianza en la posición proeuropea que tiene el Gobierno de España». El presidente creó así la expectativa de que Bruselas le respaldaría más que a Rajoy.

Tras conocer el contenido de la carta, esto no está claro. Los spin doctors de Moncloa intentan darle la razón con tres argumentos. El primero es comparar la carta a España con la de Italia, cuyo Gobierno está en abierta rebelión frente a la UE. El segundo es que «no es más dura, en fondo y forma» -ha desaparecido «la diferencia a favor» de la que presumía Sánchez- que las cartas anteriores. Y el tercero es que el PP tampoco presentó los Presupuestos a tiempo en 2017.

Este último punto es el que resulta más cuestionable. En la carta de 2017, Bruselas también ponía de manifiesto que el proceso iba con atraso: «Aunque entendemos que la presentación del Presupuesto se está retrasando respecto a su calendario habitual», advertía. Sin embargo, la carta al Gobierno de Sánchez tiene un párrafo sin precedentes. Dice: «Tomamos nota de que la presentación del Anteproyecto de Presupuestos para 2019 al Parlamento español no se ha producido en paralelo con la presentación del Borrador del Plan Presupuestario a la Comisión Europea».

Hay un matiz en esta redacción. Bruselas no se limita a señalar que los Presupuestos de Sánchez están fuera de plazo, sino que indica que sus pretensiones están ahora mismo fuera de la institucionalidad. Y la Comisión tiene una poderosa razón para este señalamiento: el Gobierno no ha logrado aprobar su techo de gasto. Es decir, ni siquiera ha empezado. En 2017, Rajoy no logró sacar su Presupuesto en los plazos legales, pero cuando envió su BPP a Bruselas en octubre ya había aprobado el techo de gasto en la sesión del 11 de julio. Esto, ahora, no sucede.

Por mucho que el Gobierno y Podemos pongan sus logotipos en un acuerdo presupuestario, este texto no sustituye la aprobación del techo de gasto y mucho menos la introducción de un anteproyecto de ley en el Congreso. Es más, la rápida respuesta que el viernes envió el Gobierno a la Comisión - abordando las dudas que ésta planteó sobre la expansión del gasto, la dimensión del ajuste estructural y la reducción de la deuda pública- no hace ninguna mención a la estrategia legislativa que piensa seguir y que es el nudo gordiano de lo que preocupa en Bruselas.

Caben dos posibilidades para explicar por qué Sánchez dio por supuesto que la carta lo respaldaría. La primera es que lo creyera de verdad y se conforme con las lecturas benévolas de sus asesores. La segunda es que haya confundido educación con aprobación. En el primer caso, debería enriquecer su abanico de asesores. En el segundo, está cometiendo el mismo error en el que incurrieron Zapatero y Rajoy: malinterpretar las señales europeas.

Zapatero pagó un alto precio por ello cuando en mayo de 2010 tuvo que someterse a un duro ajuste después de haber gastado lo que España no tenía. Y Rajoy, convencido por uno de sus asesores, también cometió la imprudencia de atribuirse un objetivo de déficit mucho más generoso que el pactado con Bruselas los mismos días 2 y 3 de marzo de 2012 en que se firmaba el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza. Tras ese anuncio unilateral, perdimos puntos que costó recuperar en Europa y la prima de riesgo se disparó.

No sabemos cuánto nos costará la curva de aprendizaje de Sánchez y los suyos. Pero sería bueno para España que aprenda rápido a ver los matices.

johnmuller.es@gmail.com

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