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La estatua ecuestre (7)

EL columnista canónico por antonomasia, García Bullón, el guardián de las esencias, escribió otra pieza incendiaria, arremetiendo contra quienes habían pedido la retirada de la estatua de quien nos privó de libertades y ahora privaban de la máxima de ellas, la de expresión, a la mayor promesa del columnismo local. Y, lejos de pararse ahí, pidió públicamente que su periódico acogiera a esa prometedora pluma, que no era otra que la mía. Si no puedes con tu enemigo únete a él, pensé al leerla. No tuve tiempo para nada más. Entre muestras de apoyo, llamadas para preguntarme qué haría, en medio de esa vorágine que te va llevando cuando no eres muy consciente de tus actos pero sabes que estás tomando decisiones que condicionarán el resto de tu vida, me vi una buena mañana en la portada del periódico puntero de la ciudad, anunciado cual fichaje futbolístico vendido como la conclusión inevitable a que lleva la lógica bien aplicada: tan buen jugador sólo podía acabar jugando en nuestro equipo.

Y adiós libro, adiós proyectos. Adiós a esos currículos en los que trazaba el perfil de un periodista treintón, que flirteó con ciertas filologías y que un día se alistó a una incipiente Facultad de Periodismo y en ella bebió y leyó más que estudió, y también folló, aunque siempre menos de lo deseado, y se puso a hacer prácticas, esperando la ocasión para firmar un artículo, con el apellido hasta entonces desconocido pero que pronto sentaría cátedra, Sagasteiz, y enmarcarlo, y seguir jugando a Lou Grant, y deseando que esa pieza aislada funcionara y te llamaran otra vez, y de nuevo Sagasteiz, y cuando menos lo esperas, casi sin darte cuenta, ya tienes un nombre hecho, y ya no te piden que vayas al barrio marginal a cubrir un navajeo entre clanes sino que te mandan al lugar de la primicia, para que mandes esas crónicas con cuyo sabor quiere desayunarse la gente cada mañana.

La gente. Cuidado con la gente, me dijo el alcalde diez meses después de perder las elecciones del año siguiente. Le pedí una entrevista. Personal, nada que ver con mi nuevo periódico. Un hombre de otra época, el alcalde. Le hablé de esta ciudad desagradecida, invoqué a Churchill y a Clement Attlee. Se sonrió. Quizá ya sabía que no le quedaba mucho y lo veía todo como con un velo, a esa distancia que dicen que los moribundos contemplan esta vida. Con un pie en el estribo. Como diciendo: y tanto afán para esto, para al final llegar aquí, y tan pronto. O quizá es que nuestros recuerdos de quienes murieron estén revestidos de un aura especial. Tampoco he sido Churchill, no exageremos. Ni por desgracia mi sucesor es el bueno de Attlee, añadió no sin malicia. El pobre Attlee, siempre con ese sambenito a cuestas, y mire que hizo, que sacó a su país de las ruinas de la guerra y sentó las bases para eso que se llamaba Welfare State. Bienestar social. ¿Puede haber un mejor fin para la política? Pues eso hizo, y quiso, el bueno de Attlee.

No guardaba rencor a la ciudad por su derrota electoral. Tenía ganas de volver a su cátedra. A sus alumnos y a sus libros, dijo, señalando la inmensa biblioteca de su despacho, donde lo entrevisté aquella tarde. He dedicado demasiado tiempo a la política, añadió. No había arrepentimiento en sus palabras. Sabía que las horas pasan veloces, también que en todo momento había hecho lo que creyó que debía hacer.

Inevitablemente le pregunté si creía que el asunto de la retirada de la estatua ecuestre había pesado en el resultado electoral. Se encogió de hombros. Quién sabe, pareció decir, aunque no lo dijo, como si eso ya no contara ni importara. Iba a hacerle otra pregunta, pero su gesto, la fatiga de su rostro me contuvieron.

Quería saber qué había hecho con la estatua, dónde la había escondido. Me despedí sabiendo que difícilmente tendría otra oportunidad de preguntárselo. Antes de marcharme quiso, como hacía cierto político al que admiraba, regalarme un libro de su biblioteca. Estuve mirando, había tantos buenos que no supe cuál elegir. Tome, me dijo, ofreciéndome uno. Es muy bueno, de un periodista de raza como usted. El busto del emperador, leí. Joseph Roth.

En los dos años pasados desde entonces no sentí la necesidad de indagar qué fue de la estatua ecuestre ni de entrevistar a la cuadrilla que se la llevó, como alguna vez pensé. Y hoy, después del hallazgo que la asociación por la memoria histórica Queremos Saber ha hecho en la tierra colindante con el muro del cementerio ya no es necesario. Sentar allí su campamento, excavar con lentitud arqueológica en busca de restos desaparecidos y acabar dando con ella. Su indignación ocupará mañana todas las portadas. Y las palabras del actual alcalde, deplorando que allí su antecesor mandara enterrar la infame estatua, darán para más de una columna. Pero qué salida, pienso, sólo a un hombre así podía habérsele ocurrido. Y sólo a un periodista por azar, no de raza, se le podía haber escapado que con aquel libro el alcalde me estaba dando la respuesta a la pregunta que nunca quiso responder.

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