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La eterna fijación del 'Cholo' Simeone

Simeone celebra un gol del Atlético ante el Chelsea en la pasada Champions.

Tras Lisboa y Milan, con la final en el Wanda Metropolitano, técnico y club suspiran por la Copa que corone la mejor época de su historia

Hace nueve meses, junto al viejo Stamford Bridge, la única sonrisa que entró al autobús del Atlético fue la del Mono Burgos. «¡Una foto, Germán!», le suplicaba uno de los numerosos aficionados rojiblancos que creía en el milagro. Eran poco más de las 23.00 horas en Londres y ya hacía un buen rato que la Champions le había dado esquinazo a Simeone. Y no por el empate de aquella noche ante el Chelsea, sino por las dos bofetadas previas del anónimo Qarabag. Esa accidentada aventura del curso pasado, la mancha más grande del técnico argentino en sus siete años al mando, aún late como una herida infectada en cada poro del vestuario rojiblanco.

Con esa traumática lección bien presente arranca la temporada más especial del club: el último episodio de la Liga de Campeones será el 1 de junio en el Metropolitano. «Es un objetivo bonito para todos, pero sabemos que el propósito real es volver a quedar entre los cuatro primeros y repetir en Champions», explican desde los despachos del club, conscientes de que esa inyección económica anual (cerca de 25 millones en el último año, pese a caer en la fase de grupos) es vital para mantenerse junto al resto de gigantes de Europa. El mensaje es nítido de puertas para dentro: nada de obsesionarse. Una anhelo inesperadamente enredado por un arranque de temporada extraño. Del subidón de Tallin, derribando al vecino en la Supercopa de Europa, a los mareos de la Liga, donde el Atlético sólo ha ganado (y penando) uno de sus cuatro partidos. Hasta Simeone parece haber perdido ese aura de infalibilidad, mostrándose incluso vulnerable, como él mismo admitió tras perder en Balaídos, dos semanas atrás. Allí resbaló al sacar del campo a Giménez y dejar al amonestado Savic, que sólo unos minutos después sería expulsado. Incluso el sábado, con el equipo ofuscado ante el Eibar, se llevó una suerte de tirón de orejas de su grada en forma de silbidos por sacar del campo a Rodrigo, que estaba sosteniendo hasta ese momento al equipo. Sólo cinco puntos de 12 (los que tiene el Barça) han alejado al equipo de la cabeza casi antes de empezar.

Casi todas las semanas Simeone y Miguel Ángel Gil, consejero delegado, tienen por costumbre tomarse un café. Y en esas charlas, entre dientes, casi de incógnito, se mastican muchas cosas que escapan al clásico partido a partido. Se mastica, sobre todo, que el campeón de esta Champions se embolsará más de 100 millones de euros, una cifra récord por el nuevo reparto de ganancias. Y se mastica, por supuesto, que si el club ha alcanzado el peldaño en el que se encuentra es por su cita puntual de cada año con la Liga de Campeones, de donde han salido cerca de 300 millones en sus seis participaciones coseguidas desde la temporada 13/14. Aunque en el club son conscientes de que mirar fijamente a la copa no suele desembocar en nada positivo, como comprobaron el año pasado, tratando de conquistar la Copa del Rey en casa. «Mal haríamos en obsesionarnos con la final. Es, más bien, una ilusión». Idéntica línea sobre la que camina Simeone. «Es algo muy bonito que le va a pasar al club, aunque nuestra realidad es el día a día. Venimos de un golpe duro el curso pasado», dijo en una entrevista en Cope.

"Espinas clavadas"

«Simeone tiene igual de claros los objetivos reales, aunque en lo personal quizás tenga espinas clavadas», admiten en las oficinas. Esas espinas clavadas se llaman Lisboa y Milán. Aquel ataque de rabia, de locura transitoria en la capital lusa, lanzándose a por Varane después de ver cómo la Champions se le había escurrido de las manos cuando creía tenerla bien agarrada. O las largas noches después de San Siro, cuestionándose qué habría pasado si hubiera ordenado a los suyos morder el cuello de un Madrid herido, en lugar de dejar que el destino decidiera el nombre del campeón de Europa. Esas espinas clavadas (también en muchos jugadores de la plantilla), le hicieron repleanterse su futuro en el Atlético. Hoy, aún siente que se equivocó.

A pesar de la precaución general, la Champions flota en la atmósfera del club rojiblanco. En el vestuario no se habla directamente del tema, pero todos apuntan en la misma dirección. Aunque para llegar hasta allí saben que lo primero es superar la fase de grupos y sobreponerse a esa misma falta de pegada que les apartó del camino la temporada pasada. No necesitó mucho tiempo Thomas Lemar, el traspaso más caro de su historia, para captar el mensaje.

«Voy a darlo todo para llegar lo más lejos posible e intentar ganar la Champions», sostenía convencido durante su presentación. Tal vez porque en su «sí» al Atlético había una promesa de fuego real por este título. «Hemos hecho un esfuerzo por encima de nuestras posibilidades para mantener lo que teníamos y reforzarnos con lo que faltaba», admiten en la entidad. Se ha convencido a Griezmann, asumiendo una ficha astronómica (25 millones netos) e incluso doblegando al Barça con argumentos económicos y deportivos. Se amarró a talentos como Giménez y Lucas. Persuadieron a Rodri para volver a sus orígenes. Y, también, se cambiaron cromos para escalar: Gelson Martins (gratis), Arias (por Vrsaljko), Kalinic (por Gameiro).

Cerca de 150 millones invertidos en la que opta a ser la mejor plantilla de la historia del club, apurando la línea roja de 293 kilos que no puede sobrepasar el Atlético. Hay nombres, hombres y ganas de pelear por la única corona que se echa de menos en las vitrinas. La ilusión, entre bambalinas, no se discute. Puede que la Champions no sea una obsesión, pero sí que lo empieza a parecer. Y, hablando del entrenador, rememorando Lisboa y Milán, se llama así.

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