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Spain
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La historia de la víctima número 1 de la violencia de género en España

Se llamaba Diana Yanet Vargas Carvajal, tenía 28 años, una hija de cinco, una biografía de maltrato en sus huesos y sus tristezas y fue arrojada por su novio desde el balcón la noche de Reyes de 2003. Su vida fue una provocación de la vida desde que su madre fuera asesinada cuando ella era una niña y su padre la maltratara durante años hasta que un machista la mató. Le gustaba pintar y se buscó la vida limpiando casas, poniendo cervezas y haciendo de azafata en eventos. Fue enterrada sin familia mientras su hija hacía dibujos oscuros en el colegio. Era una colombiana sin infancia que sólo conoció la desventura.

Se llamaba Diana Yanet Vargas Carvajal y es la víctima número 1 de la violencia mortal de género en España.

Antes del 6 de enero de 2003 hubo muchas asesinadas más, pero los Gobiernos no consideraban la violencia machista un asunto de agenda política. Hasta que, a partir de 2003, un año antes de la Ley Integral, empezaron a contabilizar los crímenes de género. Desde entonces ha habido 995 casos y dos más están en investigación. La muerte roza el número 1.000.

La violencia de género, universal en el espacio y en el tiempo, compone en esta historia un bucle revelador: la hija de Diana también ha sido víctima de maltrato machista. "Me veo tirada en el suelo diciéndole a aquel novio 'basta, basta' mientras me pegaba patadas y me lanzaba contra la pared. Mi madre murió por violencia de género y yo podría haber muerto también. Es muy 'heavy'". Es Laura Betancurt Vargas, 21 años, pura sonrisa, mujer vital, hostelera con sueños de cirujana.

Laura, la hija de la primera víctima mortal de violencia de género.

Y ésta es la historia de su madre.

Fuengirola, 1.45 horas del 6 de enero de 2003. Unos 10 minutos después, Diana ya estará muerta. La sentencia de la Audiencia Provincial de Málaga relata los últimos momentos de una mujer "sometida a un clima de violencia habitual".

Mikael Hellström, acusado del asesinato de Diana Yanet Vargas en 2006

El sueco Harald Mikael Robert Hellstrom, de 34 años, mantenía una relación sentimental con Diana desde 2001. Aquella noche hubo una "discusión" entre los dos que fue degenerando en agresión hasta acabar en homicidio. Un amigo de Harald, Charles Paul Marcel Moradell, que estaba en la casa, no hizo nada por salvar a la mujer.

Diana arrojó sobre Harald una cacerola de agua fría y el hombre respondió con ira. Cogió el palo de una fregona y "enfurecido" golpeó "fuertemente" a Diana en la cabeza. La joven llamó al 112. La operadora cuenta que era una mujer que pedía auxilio, pero que la comunicación se cortó. Llamó para completar la ficha porque sospechaba que se trataba de una mujer que había sufrido una agresión. Nadie cogió el teléfono. Pero al segundo intento, quien contestó fue Harald, que mantuvo con la técnica de emergencias "una conversación rápida y muy difícil", le habló en español y en inglés y la insultó.

Tras la agresión con la fregona, Harald arrojó por la ventana un árbol de Navidad. Diana bajó a la calle, lo recogió y volvió a subir. Sería la última vez que pisaría su casa.

Los dos salieron al balcón. Según su propio amigo, Harald estaba "fuera de sí". Tres vecinos oyeron unas voces. Uno escuchó cómo Diana preguntaba a Harald: "¿Por qué me pegas?", y los tres declararon que después oyeron: "¡No me pegues, no me pegues. No me tires!".

Dos de ellos habían bajado antes para ayudar a Diana, pero Charles Paul les cerró la puerta de casa, que estaba entornada. Volvieron a sus pisos, se asomaron y asistieron a los últimos segundos de Diana.

La sentencia establece que Harald "la alzó (a Diana) por encima de la barandilla y con ánimo de causarle la muerte la lanzó al vacío". Murió al instante.

Nadie sabía entonces que Diana Yanet Vargas Carvajal habría de pasar a la Historia de una Historia que no debería pasar.

John y Laura Betancurt posan para este diario en Madrid

Esta pionera involuntaria había nacido en Colombia en 1975. La vida le enseñó los dientes ya de pequeña, cuando su madre fue asesinada en Bogotá. El vínculo filial destrozado, una violación callejera y los golpes e insultos de su padre fueron amasando la desgracia de la niña Diana.

A los 20 años conoció a John Fredy Betancurt y ambos tuvieron a Laura. Saltaron a España, pero la cosa no funcionó y la pareja se separó.

"Después de separarnos mantuvimos una buena relación. Un día me contó que su novio la pegaba, que le había roto la mandíbula. Le dije que saliera de esa relación y me trajera a Madrid a nuestra hija. Me la trajo y tres días después él la mató". Es John, padre de Laura y primera pareja de Diana, probablemente la persona que mejor la conocía.

Tiempo después de que Diana y John se separaran, ella empezó a salir con un sueco que le prometió otra vida. Quizá Diana no sabía que Harald había sido condenado en su país por "asalto y quebrantamiento de paz domiciliaria" en 1990.

"Él la había sometido a malos tratos físicos y psíquicos en reiteradas ocasiones. La tenía sometida a un clima de violencia habitual y constante que la tenía sumida en un estado de angustia y de miedo constantes", afirma la ingente sentencia.

El terror de género incluyó una fractura de mandíbula en diciembre de 2001 o unos golpes con sangre en la boca y en la nariz en junio de 2002. La orden de alejamiento dictada entonces contra Harald fue quebrantada por ambos, como tantas veces en el tuétano de la violencia machista. Diana fue sobreviviendo, a veces "con un ojo negro" como relató Rodolfo, uno de los vecinos. Otro, un argentino llamado Aldo, la vio en varias ocasiones "machucada y golpeada". Cuando les contó que Harald la agredía, Aldo y su esposa le aconsejaron que se marchara, pero Diana les dijo que no tenía dinero, ni pasaporte, ni teléfono.

Diana Yanet Vargas Carvajal también fue una superviviente de sí misma, gobernada por alguna tentativa de suicidio y la depresión.

Pero su muerte no fue voluntaria: la autopsia reveló que intentó defenderse.

Harald y su amigo fueron detenidos. El sueco entró en prisión al día siguiente. Y el cuerpo de Diana quedó en poder de la Justicia.

John y Laura, en una imagen del álbum familiar

Pero la Justicia no aplicó indemnización alguna para la niña. "No hubo reparación del daño. El hecho de que Laura también haya sufrido violencia de género, como tantísimas mujeres, sólo se puede evitar con asignaturas de igualdad. Una conferencia no va a cambiar la mentalidad del machismo. Lo penal no es suficiente, la prisión no reinserta.Debemos ir más allá". Es Ángeles Garzón, la abogada que representó a John y su hija Laura como acusación particular.

Estamos en la crepería Lune, cerca del Madrid cultural del Matadero. Con su socio francés, John ha montado un negocio que anuncia los sabores venideros con un olor insuperable de bienvenida.

John y Laura nos esperan. Tienen una vida escarpada detrás pero llevan en su portada la sonrisa.

Laura, ¿qué recuerdas de tu madre?
Me enteré de que fue un crimen por internet. Fue mi primer encuentro con la verdad. Y ahí empecé a sentir su muerte. De niña, su recuerdo siempre estuvo en segundo plano para mí, pero ahora sí la puedo llorar. Ahora soy consciente de su ausencia y de por qué. La recuerdo feliz y sonriéndome. Y mirándome. Pero tengo pocos recuerdos. Y ya no sé cuáles son verdad y cuáles he ido construyendo.
¿Cómo ha condicionado tu vida aquel crimen?
Yo crecí sin madre. Cuando mis amigos se iban a casa hablaban de la cena, pero yo no tenía nada porque mi padre se pasaba el día y la noche trabajando y mi madre no estaba. Sé que arrastro cosas de la ausencia de mi madre. La lloraré hasta que me muera. Y sé que ella necesita que yo la sienta, que no la deje muerta. Por eso tengo suerte de respirar. Quiero vivir, aprender fontanería, pintura, cosas de coches... Querría ser cirujana. Yo soy más dura que las cosas duras que me han pasado. Mi padre me ha enseñado a saber salir adelante y lo admiro por eso.
John, ¿qué recuerdas de tu ex mujer?
Era muy echada para adelante. Era una mujer buena y trabajadora, con un pasado muy duro. Se buscó la vida desde joven trabajando en bares, en la limpieza de casas o en congresos.
¿Qué supuso el asesinato de Diana para ti? -
Un vacío. La muerte de una pareja, aun separados, es un vacío. Fue más espantoso que la muerte de mi madre, que murió por enfermedad. No tenía dinero ni para enterrarla. Sentí una mezcla de tristeza y caos. No tenía dinero casi ni para comer, ni trabajo, y de repente me caía la misión moral de criar a solas a mi hija. Me llamó un policía, preguntó si yo era el padre de Laura y me dijo que a su madre la habían matado en Fuengirola. Fue algo espeluznante.

Allí, en Málaga, alguien recuerda algo. "Un mes después del crimen nos dijeron que la tenían que enterrar y que si queríamos hacernos cargo del cuerpo". Es Lola Rodríguez, que en 2003 presidía la Violencia Cero, una plataforma que se presentó como acusación popular y que hoy sigue en la brecha al mando de Carmen Martín.

El caso de Diana ha quedado en el recuerdo de Rodríguez como un dolor sin cicatriz. "La abogada y yo fuimos al colegio y nos enseñaron unos dibujos de Laura. Eran siniestros, oscuros. Eran muñecos, pero como en garabatos negros. No tenían colores, ni había el típico sol que pintan los niños. Me dio que pensar".

Cuando Violencia Cero recibió la llamada para enterrar a Diana, estalló la desazón. "Fuimos al cementerio ocho mujeres de la asociación. No había nadie más. Ni familia, ni amigos, ni vecinos. Pusimos un ramo de flores en su lápida y lloramos a moco tendido". Y entonces Lola recibió un papel. "Los del cementerio me dieron el acta de defunción. Me quemaba en las manos y se la di a la abogada. Nadie la reclamaba. Yo sentía como un vacío. Pensaba: ¿es que no va a tener a nadie el día de su despedida? Me destrozó".

John, Laura y Diana, en una imagen familiar

John cuenta hoy que su vida entonces era un calvario. "Ni siquiera pude ir al entierro. No tenía dinero casi para comer, ni para viajar a Málaga. Iba a Caritas y el carrito que me daban nos salvaba un mes. A veces pedía dinero para llamar para pedir dinero. Fue traumático no poder estar allí. Sobre todo, por la promesa"

- ¿La promesa?

- Sí, luego te la cuento.

Tres años después del crimen, en marzo de 2006, la Audiencia confirmó una pena de prisión para Harald Mikael Robert Hellstrom de 14 años por un delito de homicidio y de 18 meses para Charles Paul Marcel Moradell por un delito de omisión de impedir delitos.

Los años ya se han cumplido.

Y un día de 2009, John y Laura se presentaron en el cementerio de Fuengirola...

"Diana y yo teníamos una promesa: si uno de los dos moría antes, el otro incineraría el cuerpo y lanzaría las cenizas al mar. Fui con mi hija al cementerio, lo incineré y me llevé las cenizas. Me fui con Laura a la playa de Bolonia, en Cádiz, y tiramos las cenizas al mar. Tardé seis años en poderlo hacer, pero cumplí la promesa de los dos".

Se llamaba Diana Yanet Vargas Carvajal.

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