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Spain

La jauría humana

Los dos tenientes de la Guardia Civil que declararon ayer en el Supremo bien podrían haber hecho suya la frase del sheriff Calder cuando la multud se agolpa para linchar al preso que ha escapado de la cárcel: «Estoy harto de vivir aquí, estoy harto de este trabajo».

La escena pertenece a «La jauría humana», la película dirigida por Arthur Penn y protagonizada por Marlon Brando, que encarna el papel del jefe de policía de un pueblo de Texas en el que la frustración de sus habitantes acaba en un intento de linchamiento de un inocente.

«La jauría humana» se estrenó en 1966 y fue un fracaso de taquilla porque la sociedad americana rechazó el brutal retrato de unas gentes embrutecidas por el alcohol y la lujuria que, de repente, encuentran un chivo expiatorio para dar rienda suelta a su frustración.

Los cientos de personas que se aglomeran para intentar tomarse la justicia por su mano son padres de familia ejemplares, vecinos que acuden a los oficios religiosos y que pertenecen a asociaciones cívicas. Esos seres de vida anodina se convierten en fanáticos cuando un puñado de hombres les inocula el virus de la venganza, tal como muestra la película.

La pregunta que surge de las declaraciones de los dos oficiales de la Guardia Civil es por qué esos miles de manifestantes, convocados por ANC y Omnium, se comportaron aquel 20 de septiembre como una jauría humana que amenazaba, insultaba y lanzaba objetos contra la comitiva judicial que estaba dentro de la consejería de Economía.

«Nos habrían machacado si hubieramos intentado salir», afirmó uno de los tenientes, que describió el clima de violencia que había en la calle. Este agente señaló que fue Jordi Sànchez el que daba las órdenes en el exterior del edificio hasta el punto de que aseguró que los manifestantes no permitirían la salida de los agentes uniformados ni del material incautado. Esta declaración incomodó visiblemente al líder de ANC, sentado detrás de su defensor, al que le formulaba continuos comentarios. En un determinado momento, Sànchez exclamó en catalán: «¡Hijo de puta!», según la radio catalana RAC1.

Una frase que expresa la tensión que se vivió en el Palacio de las Salesas con frecuentes sonrisas y movimientos de cabeza de los abogados, intentando restar credibilidad al testimonio de los dos tenientes. Pese a estos esfuerzos, resulta difícil dudar de las versiones de estos agentes, que coinciden con la declaración de Montserrat del Toro, la letrada que encabezaba la comitiva judicial, que resaltó que sintió verdadero pánico y que tuvo que coger una baja médica después de aquella jornada.

Frente al espejoQuienes se sientan en el banquillo se niegan a admitir el fanatismo intimidatorio de sus bases

Como en la película de Arthur Penn, las personas que se concentraron frente a la consejería eran padres de familia, ciudadanos ejemplares y vecinos implicados en el bienestar de su comunidad que se comportaron como energúmenos, en el seno de una masa incontrolada que llamaba «asesinos» a los agentes y que destrozó los vehículos de la Guardia Civil.

En aquel ambiente de fanatismo y de odio exacerbados, una chispa hubiera podido desencadenar una catástrofe porque, como muy bien escribe Elías Canetti, el individuo pierde su personalidad en la masa y se deja arrastrar por un movimiento irracional que se nutre de la energía que genera y se retroalimenta. Visto con perspectiva, lo grave de los sucesos de aquellos meses no fue la celebración de la consulta ni la declaración de independencia sino la dinámica que crearon esos líderes que llevó a esos ciudadanos aparentemente normales a sumirse en una estela de rencor e intolerancia.

Por eso, quienes se sientan en el banquillo admiten su responsabilidad en los actos políticos, aunque minimizan su trascendencia, pero niegan con vehemencia la incitación al odio y la violencia que han reflejado los testimonios en este juicio.

Fue Canetti el que dijo que en la masa desaparece el miedo a ser tocado porque en ella se disuelve la conciencia individual. Nada se entenderá de lo que sucedió en Cataluña sin leer a Canetti.

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