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La otra guerra comercial

Donald Trump. Foto: Reuters.
En profundidad

Desde el fin de la guerra fría EEUU no ha tenido rival a nivel militar. El inevitable ascenso de China posicionada como alternativa al poderío económico americano, no ha sido logrado a base de intervenciones armadas, guerras estratégicas o tecnología militar. China ha prosperado con relativa discreción en el plano económico e, incomprensiblemente, sus números no empezaron a inquietar hasta la última década; más por demérito propio de occidente (crisis económica mundial) que por méritos chinos, que seguían avanzando con una hoja de ruta clara y congruente.

Con la cuarta revolución industrial mirándonos a los ojos, algunos paradigmas están cambiando y la geo-estrategia cambia con ellos. La era en la que China lo copiaba todo, sustraía propiedad intelectual y carecía de mentes creativas ha llegado a su fin. Aunque sigamos viendo a China como un país tercermundista con ejércitos de operarios trabajando 12 horas por un bol de arroz, ese paradigma agota por obsoleto. Con un crecimiento de patentes registradas de más de un 700% en la última década (EEUU creció un 19% en el mismo periodo), China no sólo compite sino que lidera la industria tecnológica. Y cuando ya eres capaz de crear tu propia tecnología, primero, te empieza a interesar protegerla (aumento de las medidas de protección de propiedad intelectual) y, segundo, empieza a molestarte la tecnología rival.

La salida de Google de China en el año 2010 mostró que el poder empresarial, ni siquiera el de las empresas más importantes del planeta, difícilmente desafiará una estrategia política clara. China impone una serie de normas para sectores estratégicos (y la información es el sector estratégico por excelencia) que deben cumplirse si queremos que nuestra empresa tenga acceso al mayor mercado del mundo.

Paradójicamente, ni a Google le afectó excesivamente la pérdida de acceso al más pujante 20% del mercado mundial, ni para China ha resultado traumático alejarse de esa tecnología a priori indispensable en nuestras vidas.

Desde entonces, Gmail, Facebook, Twitter, Youtube, Whatsapp y un largo etcétera no son accesibles en China. La versión oficial es que no cumplen con las normativas, la oficiosa es que se beneficia a empresas locales chinas que de otra manera no hubieran podido competir y la versión oculta es que estas empresas "comparten" datos cuando el gobierno lo necesita.

No es necesario explicar entonces, por qué algunas empresas sí son bienvenidas. Podríamos hablar aquí de Apple y el resto de sus empresas subsidiarias, de Wikipedia o de LinkedIn y sus mensajes advirtiéndonos de que nuestros posts "sensibles" sólo serán visibles para algunos de nuestros contactos.

Finalmente entendemos que la tecnología no pasa el corte en función a si es buena o mala, cara o barata. La última puerta se abre o se cierra en función a si esta tecnología estará al servicio del estado cuando sea preciso.

Pero la cosa sigue. El día que Beijing decidió que era demasiado arriesgado gobernar China tecleando intenciones y confidencias sobre un sistema operativo Windows, escalamos a un nuevo escenario. Y, obviamente, China no es el malo de la película o, como mínimo, no es el único malo; en todo caso, es un ejemplo del que el resto de países se nutre para tomar medidas de prevención.

Las sanciones americanas a las multinacionales chinas ZTE y Huawei van más allá de la problemática de venderle o no venderle a Irán o Corea del Norte, versión oficial americana. Mientras se busca un casus belli creíble, la administración Trump prohíbe utilizar dispositivos chinos en bases militares y organismos sensibles y limita la venta de semiconductores a un gigante que se ahoga sin silicio.

Si ningún ejército se arriesgaría a presentarse en el campo de batalla con armamento preparado por su enemigo, en la era de la información donde los secretos de estado, el big data sobre tu propia población o el control armamentístico se realiza a través de sistemas informáticos, parece inevitable esta escalada autárquica en una guerra tecnológica que deja en anecdótica la guerra tarifaria con la que nos distraemos.

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