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Los asturianos que susurraron al monarca

Compartieron el primer apellido, la misma promoción de estudiantes de Derecho en la Universidad de Oviedo y con el tiempo un innegable ascendiente en la trayectoria vital de Juan Carlos I. Torcuato Fernández-Miranda (Gijón, 1915-Londres, 1980) y Sabino Fernández Campo (Oviedo, 1918-Madrid, 2009) se repartieron la influencia en las bambalinas de la biografía real en un puñado de momentos esenciales distintos de la forja de un Rey. O más bien en la franja ascendente de un trayecto que acaba de precipitarse a la zona oscura de una incierta salida de España entre sospechas de corrupción. De Fernández-Miranda y Fernández Campo son las voces que estaban ahí para susurrar sugerencias cuando el camino se bifurcaba en múltiples direcciones. De formas distintas, y sobre todo en algún caso en circunstancias históricas y personales diferentes, cultivaron una relación que devino en un ascendiente notable sobre el monarca en etapas clave y diversas, pero asentado en ambos casos sobre un agudo sentido de la lealtad. Primero el gijonés que fue mentor y consejero del entonces príncipe Juan Carlos, que como presidente de las Cortes movió las piezas de la legalidad franquista para desmontarla desde dentro, “de la ley a la ley”, y guiar al país hacia la democracia; después el ovetense que como secretario general y jefe de la Casa del Rey ejerció una clarividente y leal asesoría y tutela en un decenio y medio esencial de la historia de España (1977-1993). En dos frases, sus aportaciones a la primera historia de auge político del exjefe del Estado se sintetizarían en el “estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido” de Torcuato Fernández-Miranda en 1976 y en el “ni está ni se le espera” de Sabino Fernández Campo, al teléfono y en referencia al general Alfonso Armada, el ...

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Fernández-Miranda y Fernández Campo ejercieron una influencia decisiva en Juan Carlos I en la época en que el Rey fue clave para asentar la democracia

Marcos Palicio

Compartieron el primer apellido, la misma promoción de estudiantes de Derecho en la Universidad de Oviedo y con el tiempo un innegable ascendiente en la trayectoria vital de Juan Carlos I. Torcuato Fernández-Miranda (Gijón, 1915-Londres, 1980) y Sabino Fernández Campo (Oviedo, 1918-Madrid, 2009) se repartieron la influencia en las bambalinas de la biografía real en un puñado de momentos esenciales distintos de la forja de un Rey. O más bien en la franja ascendente de un trayecto que acaba de precipitarse a la zona oscura de una incierta salida de España entre sospechas de corrupción.

De Fernández-Miranda y Fernández Campo son las voces que estaban ahí para susurrar sugerencias cuando el camino se bifurcaba en múltiples direcciones. De formas distintas, y sobre todo en algún caso en circunstancias históricas y personales diferentes, cultivaron una relación que devino en un ascendiente notable sobre el monarca en etapas clave y diversas, pero asentado en ambos casos sobre un agudo sentido de la lealtad. Primero el gijonés que fue mentor y consejero del entonces príncipe Juan Carlos, que como presidente de las Cortes movió las piezas de la legalidad franquista para desmontarla desde dentro, “de la ley a la ley”, y guiar al país hacia la democracia; después el ovetense que como secretario general y jefe de la Casa del Rey ejerció una clarividente y leal asesoría y tutela en un decenio y medio esencial de la historia de España (1977-1993).

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