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Los padres de los manifestantes de Hong Kong: «No sé nada de mi hijo desde el domingo»

Secándose las lágrimas con un pañuelo anudado al cuello, y consultando el móvil a cada instante, una mujer rondando los cincuenta tiene la mirada perdida en el enorme edificio que, totalmente a oscuras, se alza tras un paso elevado circular iluminado con tubos fluorescentes. Es la Universidad Politécnica de Hong Kong, donde la Policía tiene atrapados todavía a decenas de manifestantes tras la dura batalla campal que se libró el domingo.

En su mayoría son adolescentes y jóvenes como el hijo de la señora del pañuelo, que prefiere no decir su nombre para ahorrarse más problemas de los que ya tiene. «No sé nada de mi hijo desde el domingo, cuando se marchó de casa, y creo que está aquí sitiado o le ha pasado algo, porque no responde a mis mensajes», cuenta echándose a llorar ante el cordón policial que rodea la universidad. De 20 años, y mayor de dos hermanos, su hijo hace la carrera de ingeniería aeronáutica en la Universidad de la Ciudad de Hong Kong porque quiere ser piloto, mientras que el menor estudia en la vecina provincia de Cantón (Guangdong), al otro lado de la frontera con China.

Como haría cualquier madre, defiende a su hijo, que «es muy bueno», y dice no saber si ha tomado parte en las manifestaciones contra el autoritarismo de Pekín que sacuden a Hong Kong desde hace cinco meses, que han derivado en una «guerrilla urbana» cada vez más violenta y vandálica. Pero se queja de «la dureza de la Policía contra los jóvenes», obviando, como buena madre, los cócteles molotov, flechas y hasta bombonas que estos les tiraron a los antidisturbios desde su fortaleza de la Politécnica, hoy convertida en una prisión de la que no pueden salir.

Desesperados, los padres acuden a la línea policial porque no saben si sus hijos siguen en el interior o han sido detenidos. Una madre, que vio en televisión a su hijo de 20 años huyendo de la universidad, acude con las imágenes en el móvil y se las enseña a los agentes. Sin nada que perder ya, les dice su nombre, pero no está en su lista. Le aconsejan que vaya a preguntar a la comisaría central de Wan Chai, donde parece que la Policía sigue fichando a los arrestados.

Según explicó en la rueda diaria su portavoz, Kwok Ka-chuen, el lunes fueron detenidas 1.100 personas, un cuarto de los apresados en estos cinco meses de revuelta contra el autoritarismo del régimen chino. Seiscientos de ellos cayeron en la Politécnica, donde había unos 200 menores que no han sido detenidos, pero sí fichados. Mientras muchos de los adultos decidieron finalmente rendirse durante la pasada madrugada, otros fueron atrapados cuando trataban de escapar a la carrera, los últimos este martes por la noche frente a los periodistas apostados ante el cordón policial.

«Lo importante es que haya confianza entre las autoridades y los manifestantes para que no se repitan los enfrentamientos, evitar un asalto y alcanzar una solución pacífica», decía a la Prensa el diputado de Educación en el Parlamento local, Ip Kin-yuen. Aunque no lo sabía con exactitud, calculaba que en la Politécnica quedaban entre decenas de manifestantes y unos 200.

Pero no será fácil desalojarlos porque, según contó a ABC personal de la Universidad, los que quedan están decididos a permanecer hasta el final, rabiosos por las lesiones sufridas por sus compañeros y «decepcionados porque creen que la sociedad no ha acudido a su rescate tras su lucha». Buena prueba de la ferocidad de la batalla del lunes es que 80 heridos de la Politécnica han sido trasladados por la Policía a los hospitales este martes, mientras que otros 200 fueron atendidos por equipos médicos en su interior y luego evacuados en ambulancias.

Con un fuerte despliegue, la Policía mantiene cercada la Politécnica en máxima alerta, ya que sospecha que los manifestantes que quedan tienen un arsenal parecido al hallado en la Universidad China de Hong Kong, donde se libró otra batalla campal la semana pasada y han encontrado 3.900 cócteles molotov. Además, de sus laboratorios han sido robados componentes químicos que podrían ser explosivos. Con los focos de la Policía barriendo en círculos su oscura fachada, todos rezan para que se alcance una solución pacífica y finalmente los antidisturbios no asalten la Politécnica.

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