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Spain

Otra Barcelona

A estas alturas del calendario, verano de plomo líquido, el extrarradio ya llevaría días calzando aquellas sandalias de plástico. Enternece recordarlas. Entonces prácticas, después horteras, luego camp, quizá kitsch y hoy vendrían a ser vintage o retro. Los términos cambian. Y las épocas. Y los estilos artísticos. Las sandalias plastificadas, con hebilla oxidada, eran como el esqueleto de un zapato. La radiografía de un pie. Transparentes en un tono acaramelado. Otras en color rosado y opaco, anaranjado de saturación débil, que hoy, los que saben, definirían: nude. Una jaula plastificada. La protección veraniega de la pisada infantil. La libertad inocente. Y el relajo estival. Si Duchamp o Warhol hubieran tenido conocimiento de esta anomalía de chancla, tan nuestra, la habrían convertido en un icono artístico. Siempre necesitamos a un extranjero para valorar lo propio.

Veranos en la periferia. Urbanos. De piscina pública y merienda en el zoo. Vaca­ciones a ningún sitio. Excursiones a Montjuïc, Les Planes o el Tibidabo. El trayecto
ya era la aventura y el alivio familiar. De Sants, Horta, Guinardó, Sant Martí... al rom­peolas, en el piso de arriba de un tranvía imperial. Y a pescar (¿o cazar?) cangrejos, bien calzados con las imprescindibles sandalias que quizá de dicho uso les venga el nombre de can­grejeras. Seguro. Valían para un río, el mar o para cualquier humedal. “Niño: si te fijas bien, allí al fondo está Mallorca”. Como cada año.

Unos estíos neorrealistas, de camiseta imperio, sillas vueltas. Y vida en la calle. Cenas a la intemperie. El olor a fritanga colándose de ventana a ventana. Baño semanal en el lavadero. Ropa tendida y geranios en los balcones. Las vecinas antes cantaban. Y hacían planes para el próximo verano mientras bebían suau, café y gaseosa, muy popular antes de la cola. De mano en mano: la postal de un vecino viajado. Alguien aparecía con un artefacto moderno y nuevo: “Es americano”. Algo americano era garantía segura. Sería por la VI Flota, que eran altos, guapos y daban chicle a los niños y se meaban en los biscúteres.

Los psiquiatras advierten que añorar el pasado es cosa de viejos. No es el caso. Lo aquí contado tiene poco que añorar. Eran tiempos tristes, conformados, de humillaciones colectivas, de precariedades. Sí, la pena subía distrito arriba. Barcelona era aún una ciudad compartimentada en barrios.

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