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“Otras elecciones, con el mismo guión, podrían conducir al mismo bloqueo que vivimos y perpetuar el bucle infinito”

Casi todas las previsiones sobre los próximos juicios contra los presos políticos catalanes acaban con elecciones. Sería la salida inevitable –se dice– a un reavivamiento de la crisis catalana, producida por la indignación que determinadas sentencias pueden provocar en la parte de sociedad partidaria de la independencia y los que rechazan la represión. Encauzar la ola de indignación pasaría por nuevos comicios que sirvieran para intentar ampliar el voto independentista reactivamente. El PDECat, ERC y el entorno de Puigdemont coincidirían en este planteamiento, pero no la CUP, que propugna un “desbordamiento popular”.

La secuencia juicios-condenas-indignación-nuevos comicios encajaría más o menos con la idea de encontrar o fabricar un momentum favorable a las demandas independentistas, hipótesis que han dejado ­caer los presidentes Torra y Puigdemont. Pero unas nuevas elecciones como salida de emergencia podrían conducirnos al mismo bloqueo que vivimos ahora, si no se diera un crecimiento sustancial del voto independentista. Y podrían dar lugar a efectos inesperados, en un ambiente en que, desde la ANC y otros entornos, son frecuentes las críticas a los partidos que gobiernan la Generalitat, por una actitud que se califica de poco combativa e incoherente.

Como se ha visto durante la Diada, las bases del soberanismo continúan perfectamente movilizadas, pero eso no implica una ampliación de los porcentajes alcanzados en las urnas desde el 2015. El independentismo es muy eficaz cuando se manifiesta pacíficamente y, en cambio, es menos hábil cuando debe superar el umbral del 50% de las papeletas, se comprobó el 21-D. La creación de una expectativa de salto adelante puede ser un relato electoral atractivo, pero también puede agudizar las disputas internas y la frustración de las ­bases, si los resultados confirman un estancamiento.

La política catalana lleva meses en situación excepcional y, por lo tanto, es comprensible que se imaginen salidas de emergencia, sobre todo cuando los tribunales tienen la capacidad de limitar cualquier exploración destinada a crear un diálogo real. Pero, sin una nueva estrategia compartida del soberanismo, y sin nuevos liderazgos, la salida para escapar de las llamas puede desembocar en el mismo punto de partida. ¿Y qué pasará con las municipales? ¿ERC y Puigdemont deben convertirlas o no en una nueva prueba de esfuerzo, o sólo interesa la batalla de Barcelona?

En el libro El naufragio, un excelente reportaje sobre el proceso, Lola García nos recuerda que “algunos dirigentes independentistas flirtearon, imaginaron, discutieron y unos pocos hasta planificaron la idea del alzamiento de un pueblo que, con su resistencia pacífica, doblegaría al Estado. Se repetían a sí mismos los ejemplos de Gan­dhi o Mandela. Pero a la hora de la verdad, nada de eso ocurrió”. El soberanismo está atado todavía a un esquema que ha fracasado, pero le cuesta dibujar uno nuevo. Otras elecciones, con el mismo guion, podrían perpetuar el bucle infinito.

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