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¡Salvar al presidente Sánchez!

Quienes creíamos en el progreso al haber nacido y crecido en la primera mitad del siglo XX aprendimos de Hegel que «la historia es el largo camino de la humanidad hacia la libertad y la prosperidad». Pero lo que llevamos de siglo XXI nos hace temer que vamos hacia el pasado, no hacia al futuro. O, al menos, hacia uno de esos confusos periodos en los que la historia se repite, y sin avanzar.

El desplome del muro berlinés dejó al descubierto la gran mentira del paraíso de los trabajadores. Unas izquierdas adoptaron la socialdemocracia, libertad sin desarrollo; otras, el capitalismo de Estado, desarrollo sin libertad. El triunfo de la derecha pareció tan rotundo que hasta se habló del ‘fin

 de la historia’, con la democracia como fórmula política y el mercado como norma económica.

Pero nada hay eterno en este mundo y dos grandes crisis allí donde más dolía, el libre mercado, junto a una epidemia que parece salida de una película de ciencia-ficción, han cuestionado todo, empezando por los países más fuertes y terminando por los gobiernos más estables. Si alianzas como la Unión Europea y la OTAN se tambalean, ¿qué ocurrirá a países, como España, con una recién estrenada democracia? Pues lo que estamos viendo: cambios de gobierno que nada cambian y perpetua campaña electoral, en la que vale todo. El último episodio es un sarcasmo: en el décimo aniversario de anunciar ETA el «abandono de las armas», Otegi lamenta «el dolor de las víctimas», sin condenar la violencia ni ofrecer ayuda en los más de 300 de los 853 asesinatos por aclarar ni, menos todavía, prometer que no seguirán los homenajes a los asesinos en sus pueblos, que era lo menos que podía hacer. Se dice que con ello intenta blanquear a Bildu. Otra mentira. Bildu esta de sobra blanqueada, al haber sido aceptada en las instituciones. Lo que intenta blanquearse es que Sánchez sea reelegido con los votos de Bildu y de los secesionistas catalanes. Dime con quién andas...

Entre tanta miseria, desfachatez, mugre, un rayo de sol, una actitud tan noble como elegante: la de los habitantes de La Palma, que están aguantando con una entereza, dignidad y decoro asombrosos todas las furias infernales que expulsa Cumbre Vieja. Todos ellos, desde los párvulos que han reanudado sus clases sin el menor aspaviento a los ancianos que han contemplado estoicos cómo los ríos de lava sepultaban sus casas y plataneras, pese a haberlo perdido todo o casi todo. Sin llantos, gemidos o amenazas. Ya conocemos los demás españoles a quién debemos parecernos si queremos llegar a algún sitio. A los palmeros. No los que aplauden, sino los que piensan en cómo reconstruir su isla, apodada ‘la bonita’. Y valiente, que lo es, no de palabra, sino de obra.

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