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Soberbio itinerario mixto al Grand Charmoz, uno de los picos icónicos de Chamonix

«Salvo que uno tenga los ojos en la nuca, para descubrir nuevos itinerarios invernales solo hace falta salir a la montaña y buscar», suele decirse Rémi Thivel, uno de los mejores pireneístas del pasado fin de siglo, todavía en activo a un excelente nivel. Claro que pocos conocen mejor que él su terreno de juego, y pocos lo recorren más a menudo. A Martín Elías, nacido en La Rioja y exiliado en Chamonix para hacer carrera como guía, le pasa algo similar, salvo que en aquel entorno la competencia es feroz y cuesta imaginar nuevas líneas vírgenes que escalar. Ahora mandan los itinerarios mixtos, donde la roca da el relevo al hielo hasta que vuelve a haber hielo donde pinchar... si es que hay.

Entre el 22 y el 23 de enero pasados, Elías junto a Bru Busom y Marc Toralles estrenaron un itinerario inédito en el Grand Charmoz, uno de los picos icónicos del valle. El trío pasó un frío e incómodo vivac en la pared, una noche nada agradable que les mantuvo en sus sacos hasta que se hizo de día. No hay nada más que reseñar desde el lado épico que se le supone al alpinismo. Y, sin embargo, toda apertura es una aventura en sí misma, una búsqueda de lo desconocido, un puzzle a ensamblar cuya figura final puede acabar en bella estampa o en la nada, caso de una retirada.

Ocurre que este trío de guías no falla. O si fallan, no trasciende. Es el arte de resolver con facilidad lo que no tiene nada de sencillo. Allí donde otros se angustian, ellos ponen buena cara y se lanzan. «Tras valorar si dormir en la base y atacar la pared en el día o escalar hasta que se hiciera de noche y hacer vivac a mitad de la pared, decidimos empezar la escalada y dormir donde pudiéramos. Eran sobre las 14:30, así que todavía teníamos unas horas de luz. El primer largo que aparentemente parecía fácil resulto mas complicado de lo esperado. Esto nos indicó que la escalada sería más laboriosa y difícil de lo que podía parecer», explica Marc Toralles (Equipo Black Diamond). Daba igual como fuese la escalada, solo miran hacia arriba. «La escalada resultó ser mantenida y muy buena: cada largo nos exigía escalar pero a la vez nos permitía disfrutar de la escalada, que realmente era de calidad», asegura, aún sorprendido por lo que descubrieron a su paso.

El primer día escalaron cinco largos, los dos últimos de noche y a la luz de sus lámparas frontales. «Algún tramo resulto ser algo más tenso debido a la calidad de la roca, pero en general era sólida. El cuarto largo ya de noche parecía inescalable en libre, pero contra todo pronóstico, resultó ser muy agradecido y disfrutón. Y es que de noche todo parece más tétrico. Finalmente, llegamos a un pequeño nevero donde pudimos cavar unas gradas para poder tumbarnos y dormir». Tras remolonear hasta ver la luz, el trío decidió cambiar de marcha, metió sacos, esterillas y hornillo en una mochila y la lanzó al vacío, esperando dar con ella de bajada. Eso implicaba ir contra el reloj para descender sin tener que someterse a un segundo vivac sin protección.

«Tres largos de escalada similares a los del día anterior, nos llevaron a un flanqueo curioso debido a que la nieve a partir de aquí era inconsistente y no permitía traccionar con los piolets. Tras el flanqueo llegamos a una goulotte (fina canal de hielo) que nos llevó al pie del último muro. A primera vista infranqueable… y empezamos a mirar de reojo una vira que nos conduciría directamente a la arista noroeste. Era una posibilidad fácil y muy tentadora, pero decidimos intentar salir recto por un sistema de fisuras y diedros más directo a la cumbre. Tras escalar los primeros metros, vimos que era terreno para escalar con pies de gato. Así que nos quitamos los crampones, escalando con las botas y manos los siguientes largos. Las manos se nos quedaron congeladas al momento, pero no teníamos otra opción. Teníamos que salir de ahí…», resume Toralles.

Lo que vino después fue una huida hacia delante, superando muros de roca y una arista nada sencilla mientras el frío de la noche les acompañaba hasta la cima del Grand Charmoz. El viento empeoró las cosas y les acompañó durante los 13 rápeles que los condujo hasta suelo firme. No encontraron todo el material que habían lanzado por la mañana porque tras el impacto se abrió y todo salió despedido. Una pérdida asumible a cambio de dos jornadas de gran montaña. En un juego acertado de palabras, el trío bautizó su nueva ruta como 'Le grand charme', el 'gran encanto' de explorar que mueve a los alpinistas.