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«The Knight of the Burning Pestle»: humor y crítica

Declan Donnellan vuelve a mostrar su genialidad, su indudable talla de gran director en el María Guerrero. En sus manos una obra de una aparente mediana ambición como «The Knight of the Burning Pestle» se convierte en hora y media de puro divertimento, de puro disfrute. Poco importa que en la obra pese demasiado la sombra de «El Quijote», que en muchas ocasiones todo se vuelva mecánico y previsible, la máquina Donnellan lo transforma en una sutil manera de perturbación.

De la misma manera que la historia del Caballero Andante creada por Cervantes fue leída durante mucho tiempo como un texto únicamente humorístico, con este Caballero de Francis Beaumont podemos quedarnos también en esa dimensión de la comicidad y de la risa; pero como ocurre con los grandes satíricos, con Swift, con Lear, hay una visión de la Inglaterra de su tiempo, que es tanto como decir de las estructuras del mundo de cualquier tiempo.

Pirandello hizo que unos personajes buscaran a su autor, Unamuno enfrentó a esos personajes al autor que los había creado, y Beaumont construye un artefacto teatral en el que público busca la obra que en realidad quiere ver. Las preguntas entonces se disparan: ¿Hasta qué punto vivimos en un momento histórico en el que ese público impone y canoniza el teatro que prefiere? ¿Hasta qué punto no tiene que ver eso con la interiorización de la sociedad de consumo, con la popularización pedestre de la cultura?

El argumento es conocido por todos: al comienzo de una representación un tendero y su esposa se levantan del patio de butacas y protestan por la deriva argumental que va adquiriendo el espectáculo. ¿Qué desean ver encima del escenario? Aventuras, exotismo, heroicidades. ¿Cómo se resuelve todo esto? Mediante el recurso de la interrupción o la interferencia del drama romántico. Es entonces cuando hacen llamar a Rafe para que interprete a ese patético Caballero que también va por ahí buscando justicias para ejercitar los músculos de la risa del público, las complacencias estéticas de los espectadores.

Donnellan sabe lo que se está jugando aquí: la crítica a un teatro de lo convencional, por eso es tan oportuna como sutil la actualización del texto, no solo en los aspectos escenográficos, claro, sino en guiños críticos constantes al arte teatral de nuestro tiempo. De cualquier forma el montaje de Nick Ormerod es tan mínimo y sorprendente como eficaz, con esa caja blanca que muta según los lugares donde se desarrollen las escenas, con esas proyecciones de vídeo sobre ella en un escenario casi en bruto.

Mención destacada merecen uno por uno el elenco de actores y actrices en esa feliz simbiosis del Cheek by Jowl con el Teatro Pushkin de Moscú. Gestualidad, voz, canto, coreografía en un espectáculo que da el salto que implica mostrarnos las metáforas de nuestro tiempo, el afán por participar de la sociedad del espectáculo, de hacer de nuestra vida un espectáculo interminable.

Gran obra dicha con las palabras de la sátira y del humor, de la crítica hacia todas la convenciones que creamos, empezando por nosotros mismos.

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