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Videntes, estafadores, 200 pistas y ni rastro de Paco Molina

«Canija me estoy quedando sin batería y se me va a morir en breve. Cuando lo cargue hablamos». Ese whatsapp es el último rastro que se tiene de Paco Molina, un adolescente de 16 años al que se tragó la tierra en Córdoba hace cinco. Eran las 0.12 horas del 3 de julio y su teléfono lo situaba en el parque de los Patos, en el centro de la ciudad. Es el último posicionamiento de su móvil; a continuación se apagó y nunca más ha vuelto a estar operativo.

Un par de horas antes Paco, que había salido a las siete de su casa y había quedado con unos amigos, mandó un mensaje a su padre, Isidro Molina: «Voy a dormir fuera». A Isidro le extrañó que no dijera a casa de quién iba. «Era la tercera vez que no dormía en casa. Es muy niño, acababa de empezar a salir». Isidro lo llamó por teléfono y le dio permiso. Fue la última vez que escuchó su voz.

«He quedado con un colega en un bar del centro», le dijo a otro amigo antes de marcharse. Este quiso saber quién era. «No le conoces», le respondió Paco. Y ese desconocido se ha quedado instalado para siempre en la vida rota en pedazos de los Molina. Paco no llegó a ningún bar. Su último mensaje, un audio de whatsapp fue para una chica con la que empezaba a tontear. «Que no me enfado cosa bonita. Que ya está, luego hablamos, ¿vale?». Su voz y su actitud es normal, tranquila. No se sabe dónde llegó, quién se lo llevó, qué se cruzó en su camino.

«No tengo ni idea de lo que ha pasado. Es el caso más desconcertante que he investigado» asegura el subinspector Carlos Segarra que lleva más de dos décadas dedicado a perseguir asesinos y buscar a personas desaparecidas. Su sección ha seguido hasta seis líneas de investigación, todas relacionadas con personas muy cercanas a Paco. El adolescente, que soñaba con ser soldado, estaba fascinado por la historia política y el mundo militar. Y en ese entorno han indagado hasta la saciedad. La mayoría de sus contactos eran mayores que él. Algunos son seguidores ultras del Córdoba. Pero todos los caminos han llevado a un punto ciego. Nadie ha dado un paso en falso.

No es la única ceguera en un caso que empezó torcido. El chico desaparece la madrugada del jueves. Sus padres denuncian al día siguiente en una comisaría de la ciudad y se movilizan en redes sociales. Los agentes reciben unos días después la llamada de un joven que ve un cartel con la imagen del chico. Asegura haberlo visto el domingo en la estación de autobuses de Córdoba subiendo a un autocar que iba a Madrid. La Policía pide las imágenes, pero solo cogen las de los dos andenes de embarques de ese día a la capital (16.30 y 18.15 horas). En uno de ellos se ve a los pasajeros; en el otro, no porque el sistema de vigilancia controlado por un operador se mueve de un lugar a otro. Las cámaras de entrada y salida a la estación no las solicitaron y se destruyeron. De la llegada a Madrid solo tienen un fotograma de la escalera de acceso. Imposible distinguir si Paco llegó a la ciudad o no.

Muerto en Rumanía

Isidro y Rosa, la madre, siguen lamentando que se perdiera lo que para ellos es una pista valiosísima. Los agentes de la sección de Homicidios y Desaparecidos, que asumieron la investigación después, han llamado a muchas puertas en Madrid, lugares a los que Paco por sus aficiones podría haber llegado. No han encontrado ni un resquicio. En estos cinco años han comprobado y desechado unos 200 avistamientos. En toda España y en ocho países, alguien ha creído ver a Molina, cuya imagen llega a diario a miles de personas gracias a la actividad de su familia en redes sociales. Francia, Alemania, Ucrania, Rusia, Colombia, Bélgica, Rumania e Irak; en todos esos lugares se ha contactado con un agregado policial o con personal de la embajada y se han pedido cámaras para volver al punto inicial.

«Barajamos que lo de Irak podría ser, que Paco hubiera decidido enrolarse como soldado de fortuna, era poco posible, pero lo miramos. Tiene un íntimo amigo ucraniano, otra posibilidad que seguimos», cuenta Segarra. El verano pasado, Isidro, con el que mantiene una relación constante, le llamó a las seis y media de la mañana. «Carlos, me acaban de decir que tienen a mi hijo en una morgue en Rumania». El subinspector contactó con el agregado policial allí que, casualmente, estaba con el jefe de la Policía rumana. El muerto era un chico de esa nacionalidad indocumentado.

La familia y la Policía coinciden en que Paco no se marchó por voluntad propia. No se llevó ropa, no cogió los 30 euros que tenía ahorrados, no parecía preocupado o distinto. Rosa e Isidro siguen esperando que vuelva. En el camino les han salido videntes de buena fe, pero sin éxito, y estafadores sin escrúpulos. En 2017 un individuo fue condenado a seis meses de cárcel. Les hizo creer que había conocido a Paco en Albacete y que este vivía en un local de alterne. El año pasado unos colombianos les pidieron 8.000 euros y amenazaron con matar a Paco. Cada mes alguien trata de jugar con su dolor y su esperanza.

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