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Spain

Zambrano: Una intelectual ante el drama de España

Tanto Machado como Zambrano, y tantos otros intelectuales republicanos, jamás dudaron de la unidad de España y utilizaron esta palabra sin reservas. «España se encuentra entre las naciones que hacen Historia, España es necesaria para la Humanidad» le escuchó decir a María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991) su amigo Agustín Andreu. María creía en una España ilustrada y abierta a Europa. La España de Séneca, San Juan, Santa Teresa, Molinos, Cervantes, Jovellanos, Larra, Moratín, Galdós, Ortega o Azaña. Una España cívica, respetuosa, pacífica y educada. Una España que superara aquellos enfrentamientos entre los «Hunos y los Hotros», como decía Unamuno; o a las dos Españas a las que se refería Machado. Antes de regresar a España, María había recibido el Premio Príncipe de Asturias, y el Pablo Iglesias.

El primero lo aceptó porque venía de un rey republicano; mientras que el segundo también lo aceptaba a pesar de que no era socialista. Los reyes la visitaron en su casa de Madrid. María siempre fue una republicana que vio en la nueva democracia la continuidad de la República. María, durante ese período y la Guerra Civil, sufrió varias decepciones. Recibió con entusiasmo el cambio de régimen, siendo una de sus promotoras, pero a partir de 1934 con la revolución de Asturias y la constitución del «Estat Catalá», su entusiasmo decreció. Había confiado en una regeneración educativa y cultural dentro de una paz social donde se construiría la España de las libertades y el progreso, y todo eso lo contemplaba ya en peligro por los extremismos y la violencia. También María, en la educación y el progreso, vio un camino para superar uno de los principales males de nuestro país: la envidia. Una manifestación secular del cainismo.

Cristiana heterodoxa

La deriva revolucionaria iba contra los principios que ella, como tantos otros intelectuales, habían defendido (Ortega, Marañón, Pérez de Ayala o Azaña, entre otros). Lo mismo le sucedió a Blas Zambrano, su padre, y a ella misma con el Partido Socialista con el que fueron, en un tiempo, más que simpatizantes. El catedrático de gramática destinado en Segovia había sido antes anarquista y, tiempo después, uno de los fundadores del Partido Socialista en esta ciudad donde vivía Machado.

Colinas la desencadena de tópicos y nos describe su verdadera grandeza

Con la radicalización hacia la extrema izquierda de gran parte de los socialistas ambos se alejaron. Son conocidas las discrepancias de María con Negrín, incluso en el exilio en México. María siguió siendo republicana y azañista. A María también la intranquilizó la persecución religiosa. Siempre se consideró una cristiana heterodoxa ajena a cualquier anticlericalismo decimonónico que causaría tan graves daños a la República. María decía que había que saber distinguir entre lo sagrado y ciertos comportamientos clericales. María firmó un Manifiesto dirigido al Papa Juan XXIII (1964) junto con otros intelectuales europeos (Auden, Casals, De Chirico, Madariaga, Julien Green, Quasimodo, Mauriac, Montale, Toscanini, Toynbee…) para que se mantuviera la liturgia en latín. A María le preocupó la desacralización y deshumanización del continente, y siempre estuvo imbuida de un misticismo de las luces regido por san Juan de la Cruz. María fue antisectaria, jamás tuvo rencor, antiideológica, interdisciplinar, fundió el pensamiento filosófico con la poesía y con un estilo de prosa trascendente.

Pensar y sentir

Lo sagrado, para ella, era lo anterior a las cosas, una irradiación de la vida que emanaba de un fondo de misterio, era la realidad oculta. Pero también la escritora estuvo comprometida con su tiempo, y así lo dejó patente en su libro «Los intelectuales ante el drama de España». Asúa le ofreció la posibilidad de tener un escaño en el Parlamento, pero ella lo rechazó. Le respondió que no servía para la política, que desconfiaba del tiempo social, histórico -a pesar de lo mucho que hizo en este sentido-, y que otro tiempo regido por lo superior, por el espíritu, atraía su atención.

Con el giro hacia la extrema izquierda de gran parte de los socialistas, María se alejó de ellos

María fusiona el pensamiento filosófico y el poético. Es la unión del pensar y el sentir, de la palabra y la música, antes de la unidad última que se preocupa y obsesiona por la Divinidad. María rastrea la huella de una forma perdida de existencia. Cree en una resurrección que libre al espíritu de su nostalgia y su vacío. A quienes le reprocharon su falta de sistema en su pensamiento, la falta de una verdadera filosofía, Colinas les responde que desconocían los caminos de la poesía. El pensamiento de María viene de la mitología, de los presocráticos, órficos, pitagóricos, de Platón, de los estoicos, de Séneca, de Marco Aurelio, de Plotino, de San Agustín y el gnosticismo cristiano, del Renacimiento y Dante, de la mística española, sufí y hebrea, de Molinos, de Cervantes, de Spinoza (era su tesis que no pudo acabar por la guerra), Ibn-Arabí, Eckhart, Böhme, Swedenborg…

Desde lo humano

Incluso Colinas va mucho más allá y busca relaciones con el budismo, el taoísmo, el zen. Toda su labor la llevó a cabo en soledad y silencio pues «sólo en soledad se siente la verdad». Buscó lo que está más allá de los ojos. Y lo realizó por el mismo camino que su amiga Simone Weil. Solo uno de nuestros más grandes poetas en español y ensayista como es, Antonio Colinas, podía escribir este magnífico libro, tan novedoso, valiente y esclarecedor, sobre una de las más grandes pensadoras europeas. María vista desde lo humano, desde el tiempo histórico que vivió, y desde lo puramente creador, por una de las personas con la que mantuvo una más larga y profunda amistad. Colinas desencadena a María de las convenciones académicas y otros muchos tópicos, y nos describe su verdadero sentido y grandeza.

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