Argentina
This article was added by the user . TheWorldNews is not responsible for the content of the platform.

A 40 años del Alfonsinazo en Ferro, relato único del día que cambió el rumbo de las elecciones del 83' para siempre

En un acuse de recibo de la marcha del retador, la Unión Tranviarios Automotor convocó a un paro sorpresivo de micros de corta y larga distancia para el viernes 30. René Azar, el mandamás colectivero, sorprendió con el llamado intempestivo, en la previa de una huelga general consensuada por ambas centrales obreras, a la que el propio candidato radical había apoyado.

El primer Alfonsinazo fue una jugada arriesgada. Solo el peronismo había rentado Atlanta para el 17 de octubre de 1982, y había sido un desmadre. Once meses después, la UCR sorprendía y convocaba a un estadio más grande, Ferro. David Ratto y su equipo crearon una pieza publicitaria sobre la imagen que Yako trajo de Oberá. Carteles, diarios y revistas se bañaron de ese Alfonsín enérgico, paridor de multitudes. Aún hoy el fotógrafo sigue conmovido por la sorpresa que le causó ver “su foto” empapelando la ciudad.

Un viernes de sol primaveral inmejorable acompañó el drenaje constante de gente en Caballito. En un acto convocado para las 19, ya dos horas antes el estadio lucía repleto –tanto en las dos tribunas de madera habilitadas como en su platea de cemento–. Sin alternativa, hubo que abrir las puertas del campo de juego para que la gente pudiera ocuparlo.

Rápidamente, el verde césped –como decían los relatores de fútbol de la época– se tiñó de rojo y blanco. “Por favor, faltan 30 días para la democracia, comencemos a ejercerla desde ahora, no nos atropellemos entre nosotros”, imploró desde el escenario Graciela Mancuso, la locutora del acto junto a sus colegas Fernando Bravo, Miguel Ángel Merellano y Daniel Ríos –cuatro voces exitosas de la radiofonía–.

La gente se agolpaba frente al escenario. Nuevamente, Ana D’Anna animó la espera. El conjunto vocal cordobés Cantoral y el grupo de los hermanos Inchausti, Los Arroyeños, intentaron sembrar su arte entre el bullicio de los cánticos militantes.

"El alfonsinazo en Ferro", el afiche de la convocatoria."El alfonsinazo en Ferro", el afiche de la convocatoria.

No había intenciones de abrir el ingreso de público detrás del palco, pero anárquicamente la muchedumbre fue ganando también las viejas plateas de madera. Columnas organizadas, agrupaciones de trabajadores, solas y solos, caminantes, curiosos, viejos radicales, todos llenaron Ferro. Algunos con las obleas RA pegadas sobre la ropa, vinchas celestes y blancas con la cara del candidato, las tradicionales boinas blancas o las aggiornadas con el pompón rojo. También había quienes llegaban portando su bandera roja y blanca.

Una pequeña bandera blanca con tipografía roja fue recibida con aplausos; decía “Alfonsín Te Amo”, y la firmaba en letra cursiva cuasi infantil “María Libertad”, con un corazón suplantando el acento de María. La efervescencia de las agrupaciones estudiantiles sumó su color morado característico. Las tapas del sábado 1°, conmovidas por la masividad, tuvieron el agregado del “a pesar de”. Los doscientos micros contratados también hicieron lo suyo.

El cántico “O-le-lé, O-la-lá, Lorenzo es milico, milico de verdad” fue hit de tribuna y apuntó al corazón de las 62. Ahora la denuncia del pacto además tenía letra y música. “¿Y el paro dónde está?”, preguntaba –con ritmo– la multitud, a medida que se iba acercando a la cancha. El festivo grito triunfal del “Siga, siga, siga el baile, al compás del tamboril, que vamos a ser gobierno de la mano de Alfonsín” unificó a los miles de jóvenes que le dieron clima de hinchada de fútbol con sus banderas colgadas desde la cima de las tribunas de tablones hasta el alambrado perimetral olímpico. Bombos y redoblantes completaron el cuadro.

“Esta asamblea es el preanuncio de la victoria de la Unión Cívica Radical”, dijo en el inicio de su discurso De la Rúa, después de pedir cuatro veces la presencia de los médicos a metros del escenario. “Venimos de una lucha interna, pero al final sabíamos que íbamos a estar todos juntos”, subrayó inoculando una dosis de su genética radical.

El palco le daba la espalda a un edificio con balcones embanderados, frente a las cabinas de transmisión. Los integrantes del entorno íntimo del retador subieron ahí por el ascensor para espiar a la concurrencia. Bajaron impactados, nunca habían visto algo igual.

Debajo de la coqueta platea de cemento estaba el estadio Héctor Etchart, que por aquellas noches era testigo de la performance de uno de los mejores equipos de la historia del básquet nacional, el que dirigió León Najnudel entre 1976 y 1983, liderado por el base santiagueño Miguel Cortijo. Ahí se montó un VIP, con bebidas y catering. Una rareza para la tradicional austeridad radical que, a medida que llegaba octubre, iba abandonando costumbres y se profesionalizaba.

Una pick-up 0 km acompañó la espera. Un jovencísimo Andrés Delich había ido a retirarla –esa misma mañana– por una agencia del barrio de Barracas. En ella se montó Alfonsín a las 21.50. Ese trayecto que algunos habían imaginado a pie, por el centro del campo, debió realizarse por el costado que daba a la tribuna local, entre centenares de manos que querían tocarlo. Bajó de la camioneta y aguardó detrás del escenario. Se despatarró en una silla naranja, se abstrajo por un rato y releyó el tríptico de las “100 medidas para que su vida cambie”.

El uniforme de campaña porteño era traje de tres piezas gris, camisa celeste y corbata azul con rayas oblicuas rojas. Y el infaltable saludo de las manos enlazadas por sobre el hombro, una y otra vez, a cada una de las tribunas. Miró al público largamente, se dejó llevar por ese aliento que reinaba en el aire, saludó a los que habían quedado detrás del palco.

“Amigos de la Capital Federal”, intentó comenzar, pero debió repetirlo para calmar las ansiedades y apaciguar los ánimos. Setenta minutos duró su discurso y tuvo que interrumpirlo catorce veces para pedir “médicos”. Dos unidades sanitarias trabajaban a destajo en el campo de juego. Una jarra con agua, un vaso lleno y dos micrófonos de pie lo acompañaron en el podio. Detrás, a su diestra quedó Solari Yrigoyen, y a la izquierda De la Rúa, como edecanes ad hoc –el sobrino nieto de Yrigoyen junto al atildado hijo del radicalismo porteño “galerita”–. En 92 años de vida, el radicalismo nunca había reunido tal multitud.

Video

El acto de Raúl Alfonsín en Ferro, el 30 de septiembre de 1983.

“Estamos viviendo una crisis que obliga a utilizar el discurso de la autenticidad y la verdad, que es el discurso de la democracia y no el discurso de la mentira, que es una técnica del fascismo”, sentenció, para luego ser impiadoso con el Ministerio de Trabajo y acusarlo de “comité fraudulento al servicio de un partido político”.

Apeló a Perón con aquello de los problemas que se arreglan entre todos o “no los arregla nadie”. Arremetió con la idea de dejar en lo alto del mástil un espacio para la bandera nacional y para que cada uno cargue con sus referentes políticos. En un despliegue económico que –según calcularon algunos medios– insumió más de 20 mil dólares, el retador salió en vivo por los cuatro canales porteños y pagó flashes en veintidós canales del interior.

Repitió que el primer proyecto que iba a enviar al Congreso sería para modificar el Código Penal y establecer la misma pena para el torturador que para el homicida. “Nadie más intentará un golpe de Estado gratis en la Argentina”, prometió, y el estadio rugió.

“No se escuchará en las tribunas de la Unión Cívica Radical ni una sola frase que pueda estar reñida con la voluntad terminante, indeclinable y definitiva de lograr la democracia levantando banderas de unión nacional”, afirmó con su mirada puesta en las tribunas, que escuchaban en un silencio que solo se quebró cuando predijo: “El justicialismo tiene que tener en cuenta que esta vez le va a tocar perder”.

“Hay una sola forma de sanear la economía, y es reformar el sistema financiero para acabar con la usura”, añadió. No se olvidó de la autoamnistía y la calificó de “absolutamente e insanablemente nula”. Volvió a cargar contra Estados Unidos, y señaló que “todos los latinoamericanos estamos sufriendo a ese gobierno de ultraderecha que promueve una política que beneficia a las finanzas en desmedro de la producción”.

Como si estuviese guionado, la multitud volvió a hacer un silencio sepulcral frente a la última pausa del candidato. Los bombos dejaron de sonar para dar paso a esa oración laica, ese ida y vuelta donde recitar el preámbulo de la Constitución se había vuelto una obligación. Los jóvenes acompañaban, los más grandes no podían contener la emoción, algunos lloraban.

Alfonsín, De la Rúa y Solari Yrigoyen bajaron del escenario al filo de la medianoche y se volvieron a montar en la caja de la camioneta celeste para salir del estadio. “Aun para los periodistas fue un final a toda orquesta. El Alfonsinazo en Ferro se había cumplido”, sintetizó Somos. “Una multitud asistió al acto radical”, tituló Clarín junto a una foto aérea. “Una concurrencia estimada en 70 mil personas desbordó las instalaciones”, agregaron.

La tapa de clarín del día después de Alfonsinazo en Ferro.La tapa de clarín del día después de Alfonsinazo en Ferro.

La Nación analizó en un recuadro el debate sobre la concurrencia; explicó que los dirigentes de Ferro detallaron que en tribunas, plateas y pasillos entraban 43 mil personas, y que el campo de juego y sus adyacencias tenía una superficie de diez mil metros cuadrados donde “había cuatro personas por metro cuadrado”, por lo que estimaron 40 mil personas más. “Claro”, publicó el diario de los Mitre, “que el cálculo de espectadores para tribunas y plateas no comprende pasillos y escalinatas. Y estaban todos ocupados”.

Las agencias extranjeras hablaron de 90 mil personas. La Policía Federal redujo todo a 50 mil. NA sostuvo que quedaron 10 mil personas sin ingresar. La burocracia sindical cayó en su propia trampa; terminaron dándole al retador una jornada cargada de épica, a un mes de los comicios.

Jaunarena sintió que la elección se ganaba. “Por esos días unos colectiveros me insultaron en la calle”, recordó Stubrin. “Me gritaban ‘Coca-Cola, andá a la puta que te parió’. Esas cosas me hicieron pensar que estábamos cerca”.

La efervescencia, el marco, la alegría, el discurso, todo se combinó para que Ferro fuera una inyección de confianza generalizada para la dirigencia, la militancia, los simpatizantes y la calle. De a poco, Alfonsín empezaba a transformarse en el santo patrono laico de la democracia que venía para quedarse.

Somos apostó y erró: “A un mes de las elecciones, gana Luder”, tituló en tapa. Sí, ese mismo 30. Los encuestadores de la dictadura le dieron al PJ entre el 38 y el 40 por ciento de los votos, y a la UCR entre el 33 y el 37. Los “pronósticos estadounidenses” plantearon una fluctuación de entre 30 y 38 por ciento para Luder, y de entre 28 y 32 para Alfonsín.

Faltaban treinta días y ambos sondeos olían más a expresión de deseo que a realidad.

*Fragmento de Ahora Alfonsín. Historia Íntima de la campaña electoral que cambió la Argentina para siempre (Margen Izquierdo - Planeta). Libro de reciente aparición.