Argentina

"Al divino botón", "Dar bola", "Hablando de Roma": Daniel Balmaceda revela el origen de esas frases que usamos todo el tiempo

"Todo el tiempo me cruzo con palabras -en una lectura o conversaciones cotidianas- que desiertan mi curiosidad y necesito indagar su historia". Impulsado en esa suerte de obsesión etimológica, Daniel Balmaceda se decidió con El apasionante origen de las palabras (Sudamericana), a completar una trilogía que había iniciado con Historia de las palabras e Historia de letras, palabras y frases para indagar en el origen de algunas expresiones que usamos habitualmente, desconociendo casi siempre la historia que esconden: de dónde provienen, por ejemplo, "Matar dos pájaros de un tiro", “Al divino botón”, “Dar bola”, “Tirar manteca al techo” o “Más loca que un plumero”. 

 "Una frase se convierte en un clásico cuando todos acordamos que nos ahorra trabajo", ha dicho el autor, que es periodista, escritor y editor uy de algún modo termina convirtiéndose en especialista en la materia: "Estás reunido con un grupo de personas, llega alguien y decís "hablando de Roma", todos entendieron que estaban refiriéndose a la persona que está entrando. Con tres palabras se entendió. Justamente son las frases las que perduran en el tiempo".

En simultáneo, el autor rastrea el significado de algunas acciones y tradiciones culturales y se mete con las anécdotas que preceden a algunos dichos populares: ¿por qué se le entrega una copa al campeón? ¿A qué se debe que se les diga “pintón” a los buenos mozos? ¿Cuándo se puso de moda tocar la bocina haciendo “tata tatata, ta tá”? ¿Quiénes fueron los primeros que “chocaron los cinco”?

A continuación, cinco de estas historias y los usos del lenguaje que resultaron de ellas: 

Hablando de Roma

Podemos calificar de clásica a esta frase porque ha sido usada por generaciones hasta hoy. Con matices, puesto que se ha ido adaptando. De hecho, hoy se insinúa solo: “Hablando de Roma…”, y con eso basta. Suelen advertirse los puntos suspensivos en la entonación porque es habitual dejarla inconclusa, dando a entender que todos conocen el resto. La forma completa, en la versión argentina, es: “Hablando de Roma, el burro asoma”, y se emplea para aclarar que la persona que está siendo mencionada en la conversación se encuentra a punto de sumarse al grupo.

Ya que estamos hablando de Roma, los romanos no usaban la frase que aludía a su ciudad, sino: “Sed lupum video” (veo un lobo).

En español, la referencia más antigua que se ha rescatado es del siglo XV y dice: “En mentando al ruin, héle venir”. “Mentar” significa mencionar. Después mutó a: “En mentando al ruin de Roma, luego asoma”. Gustavo Adolfo Bécquer la usó en 1861, en su obra Maese Pérez, el organista, haciendo decir a uno de sus personajes: “Pero, ¡calla!, en hablando del ruin de Roma, cátale que aquí se asoma”. Más adelante se transformó en: “Hablando del ruin de Roma, por la puerta asoma”. Cuatro variantes del final fueron: “al punto-pronto-luego-presto asoma”.

En Roma se encuentra la sede del papado. El ruin vendría a ser el diablo. De hecho, la frase se tomó del inglés, donde se usaba de la siguiente manera: “Speak of the devil and he doth appear” (Habla del diablo y él aparecerá). Este era un enunciado con que se machacaba a los campesinos de los feudos para que no dedicaran mucho tiempo a pensar en la naturaleza del bien y del mal. Mejor dicho, como sugiere Eamon Evans en Lord Sandwich and the pants man, se buscaba no solo que no meditaran acerca del diablo, sino que no pensaran en nada. Ni siquiera en pensar.

En la actualidad, ellos también suelen dejarla trunca —“Speak of the devil…”— como lo hacemos nosotros.

En alemán tienen una fórmula idéntica y la mayoría de las lenguas han incluido la misma idea, por lo general mencionando en forma directa al diablo. Es probable que en España se haya obviado por superstición. Y eso hizo que la frase fuera separándose aún más de la idea original. “Ruin”, que en muchos casos se reemplazaba por “rey”, se mantuvo hasta hace unos cien años. Ya en esos tiempos, la simplificación hizo lo suyo: “Hablando del ruin de Roma…” se comprimió en “Hablando de Roma”. ¿Y el burro? No figura en ninguno de los ejemplos del mundo. Entre los argentinos, es un agregado de uso local, proveniente del particular e ingenioso folclore cordobés.

Idea. Las palabras y frases que se convierten en clásicos son las que nos permiten entendernos con muy poco, sostiene el autor.

Idea. Las palabras y frases que se convierten en clásicos son las que nos permiten entendernos con muy poco, sostiene el autor.

Dos pájaros de un tiro

El “cañazo” parece ser un golpe dado con una caña —de hecho, lo es y el diccionario da esa acepción como la principal—, pero tiene sus matices.

Fernando de Magallanes no logró su objetivo de dar la vuelta al mundo en 1521 por culpa de un cañazo. En Filipinas, cuando le faltaba poco más de un cuarto del trayecto para completar la circunnavegación, recibió un cañazo en la frente que lo tumbó por siempre. ¿Qué era el cañazo en el siglo XVI? Un lanzazo.

Incluso el dicho “matar dos pájaros de un tiro” tenía otro correspondiente, que era “matar dos pájaros de un cañazo”. Para nosotros, la idea de tiro es la de un arma de fuego. Sin embargo, la frase es del tiempo de las lanzas.

En el virreinato del Río de la Plata era usual el juego de cañas en los días de fiesta. Fue una tradición importada de España que, a su vez, la tomó de los árabes. En la contienda participaban equipos de seis a ocho hombres que lanzaban cañas al adversario que le tocaba atravesar cabalgando un pasadizo, tratando de esquivar los tiros. En la Edad Media, los competidores se protegían con adargas (los escudos más maleables), pero en nuestras pampas se protegían con el brazo.

Dijimos que la frase popular era “matar dos pájaros de un cañazo”. La idea parte de la utilización de las cañas para cazar aves. Y allí surgió otra expresión muy conocida.

En España solía decirse: “ave de paso, cañazo”. Pregonaba un concepto poco hospitalario, el de aprovecharse del extraño que acudía en forma esporádica a un pueblo. Algo así como un turista que recibía un trato desventajoso por parte de los locales. En este caso, el viajero era el ave de paso y el comerciante local, el que en forma figurada “lanzaba el cañazo”.

Con el tiempo, la frase se redujo y si bien perdió su sentido de engaño, mantuvo la idea de oportunidad. A fines del siglo XIX, quedó en “de paso, cañazo”, pero haciendo hincapié en el “de paso”, como si fuera “ya que estamos”. El ave, las lanzas y el ventajismo se diluyeron en el camino.

Al divino botón

El asunto del “parentesco” tratado en “Camisa de once varas” nos da pie para abordar el punto. Del verbo “parir” se desprende el vocablo “parto”. También los “parientes”, nombre que se daba a la madre y al padre. El concepto se ha mantenido en inglés: parents. Sin embargo, en nuestra lengua, durante la Edad Media, pasó a denominar a toda la familia. “Emparentar” también forma parte de este conjunto de voces.

Brevemente, el ácido barbitúrico lleva ese nombre porque fue descubierto el 4 de diciembre de 1863, día de Santa Bárbara.

Si al café le agregamos espuma de leche, parece que tiene una capucha blanca encima: por eso lo llamamos capuchino, ya que nos recuerda a los monjes de tal orden.

Además, tenemos dos casos de rezo veloz. Al persignarse, se decía en latín: “In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amén”. El apurado balbuceaba un poco y terminaba con “santiamén”.

 “Divino botón” es una forma figurada de referirse a cada una de las cuentas del rosario. “Hablar al divino botón” es no pensar lo que se dice, emulando al que reza a las apuradas, de memoria y pasando las cuentas porque sí.

No parece que esté rezando, sino más bien hablándole “al divino botón”.

Cedemos a la tentación de irnos por las ramas y nos lanzamos a la explicación de otros botones, pero paganos.

Es una costumbre clásica en las mercerías que cada tipo de botón se separe en cajoncitos que no tienen rótulos, pero sí un botón pegado junto a la manija. De ahí: “Para muestra basta un botón”.

El empleado joven de los hoteles usaba chaqueta con dos filas verticales de muchos botones en el pecho. Por eso es “botones”.

En la primera mitad del siglo XIX, a tono con la Revolución Industrial, se aplicó la palabra para mencionar la pieza —de forma similar— que se pulsa para poner en funcionamiento dispositivos mecánicos, como el “botón del ascensor”.

La copa del campeón

La copa del campeón En todos los ejércitos podía encontrarse un grupo de élite, esos hombres que se manejaban con autoridad y experiencia, veteranos de mil enfrentamientos. Debido a su cómodo accionar en el campo de batalla, los llamaron campeadores o campeones. Por eso, en un principio, la palabra “campeón” era sinónimo de luchador. Un claro ejemplo es el vocablo alemán Kampf, “lucha” (el libro que escribió Hitler se llamó Mein Kampf, “Mi lucha”).

En Inglaterra existía una costumbre durante la asunción del nuevo monarca que protagonizaba el campeón del rey (o de la reina). La ceremonia de coronación se realizaba en la abadía de Westminster. Pero ese acto era precedido por la toma de posesión del reino y la aceptación de los lores, en el Westminster Hall, una de las salas más antiguas del Parlamento británico (para quien no lo recuerde, la abadía y el Parlamento son edificios vecinos).

Allí, mientras el monarca disfrutaba de la mesa con sus hombres, irrumpía el campeón del rey, un caballero que ingresaba montado y armado de punta en blanco, con el rostro cubierto por el casco. A su lado, a pie, el heraldo (mensajero) del campeón preguntaba en nombre de su señor si había algún presente que osara cuestionar la coronación, puesto que él estaba allí para hacer valer los derechos de su señor y enfrentar en combate a quien lo contradijera.

Ante el silencio general, el rey tomaba un sorbo de vino en honor de su campeón y le enviaba la copa casi llena. El caballero bebía de ella y la alzaba mientras recibía una ovación. No la devolvía, la conservaba como un obsequio de Su Majestad. Esa es la explicación de por qué, en el deporte, el campeón recibe una copa.

El que se fue de Sevilla

En la década de 1450, el arzobispo Alonso de Fonseca y su sobrino Alonso de Fonseca (valga la redundancia) también practicaron el nepotismo. Pero antes de entrar en la historia del tío y su homónimo, repasemos “nepotismo”. En la Antigua Roma se usaba nepta para definir “nieta” y también “sobrina”, a la vez que nepos era el sobrino y, asimismo, el nieto.

Si bien el español quedó con nieta y nieto, el inglés adoptó nephew para referirse al sobrino, de la misma manera que en francés es neveu. ¿Dónde apareció “sobrino”?

También, en el latín: la palabra soror (hermana, como en sor Juana) más inus, que denota pertenencia (como en miliciano, argentino o jacobino), han dado “sobrino”, que entonces significa “de la hermana”.

El nepotismo surgió con los primeros papas y dignidades eclesiásticas que utilizaban su poder para colocar en importantes cargos a sus sobrinos legítimos o descendientes naturales que eran presentados como sobrinos. Luego el nepotismo se trasladaría a las cortes y hoy sigue presente en algunos gobiernos.

Alonso de Fonseca el Viejo (así lo llamaban para diferenciarlo de su sobrino, Alonso de Fonseca el Mozo) tenía dos aficiones: la pulcritud y la intriga. El hombre era ponderado por su aseo en años lejanos, cuando la higiene personal no figuraba entre las prioridades de la sociedad.

El segundo talento —la intriga— no estaba mal visto y si lo sumáramos a nuestro tiempo, seguramente encajaría muy bien entre los lobbistas del Parlamento de Estados Unidos. Le tocó vivir cerca de la corte de España, donde tuvo un papel mediador fundamental entre el rey Juan II de Castilla y el príncipe heredero, Enrique IV (a quien terminaría casando el mismísimo sacerdote). Gracias a las gestiones de Alonso de Fonseca, padre e hijo se reconciliaron y esto le permitió al religioso subir varios peldaños.

Eso era algo que ansiaba: encontrarse en las mayores alturas terrenales, tanto o más que en las celestiales.

Una de las últimas disposiciones del moribundo rey Juan fue que Fonseca tuviera el primer lugar en la sucesión al arzobispado de Sevilla, que finalmente obtuvo en 1454. Allí se encontraba su sobrino, hijo de su hermana Catalina, con un cargo distinguido: era deán de la Catedral de la ciudad. Pero tío y sobrino ambicionaban más.

Por eso, cuando corrió la noticia de que habría cambios en Compostela (Galicia) y el arzobispado quedaría vacante, Alonso de Fonseca el Viejo concibió un plan. Con la venia del rey y la autorización del papa, fue nombrado arzobispo de Galicia, mientras que su cargo en Sevilla sería ocupado en forma provisional por el sobrino predilecto. Convinieron en que una vez que Compostela estuviera en su poder, enrocarían los arzobispados: el Viejo regresaría a Sevilla y el Mozo se dirigiría a Compostela.

Partió el tío y el trámite no fue fácil porque el obispo saliente de Galicia, Pedro Álvarez Osorio, enterado de que venían a desplazarlo, se atrincheró en la Catedral. Alonso el intrigante se tomó las cosas con calma. Consiguió aliarse con comerciantes poderosos de Compostela, compró algunas voluntades en oferta y, después de un año, logró el objetivo. Antes de regresar a Sevilla se dedicó a pasear un poco, adquirió una valiosa villa en Malpica de Bergantiños y se trasladó a Toro, su ciudad natal, para descansar y visitar amigos.

Mientras el tío intrigaba, desplazaba, compraba y paseaba, el hijo de su hermana hacía muy buena letra en Sevilla. Sobrino de tigre al fin, el Mozo logró congeniar con los núcleos de poder de la ciudad e hizo que nadie extrañara al Viejo. Más aún, sintió que ese era su lugar en el mundo. Por eso, cuando el tío le anunció que era tiempo de hacer el trueque, el sobrino se negó. Hasta el papa tuvo que intervenir. Pero no había nada ni nadie que lo hiciera desistir. Por fin, el rey Enrique envió fuerzas y restableció el orden. El sobrino tuvo que devolverle el cargo al tío.

De aquella historia surgió la frase “El que se fue de Sevilla perdió su silla” que con el tiempo se transformó en “El que se fue a Sevilla perdió su silla” y que, como vemos, trata sobre un caso de nepotismo mal resuelto.

VA  

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