Argentina

Barcelona: el sueño europeo

Iba a escribir esta semana sobre el schadenfreude, corta pero linda palabra alemana que significa el placer que uno siente ante la mala suerte de los demás. El plan era celebrar la caída del valor de las acciones de Facebook y de la fortuna de su dueño, el androide Mark Zuckerberg, tras la decisión de 150 grandes empresas de dejar de poner anuncios en sus páginas.

No me gusta Facebook, con el que tuve un flirteo hace diez años del que me avergüenzo, aunque duró no más de un par de meses. No me gusta porque el hecho de que 2,6 mil millones de personas lo usan me entristece, me inclina a reflexionar sobre la soledad de la especie, la desesperada necesidad que tantísimos tienen de sentirse queridos o valorados, aunque sea por gente que no conocen. No me gusta porque, según leo, Facebook se enriquece publicando noticias falsas o crueles que fomentan el odio, la ignorancia y la estupidez.

Pero no voy a escribir sobre Facebook porque, ya que no estoy ahí, igual me equivoco, igual resulta que, poniéndolo todo en la balanza, contribuye a la felicidad y a la grandeza de la humanidad. Lo dudo, pero en cualquier caso no hay nada que hacer. Despotricar contra Facebook es como despotricar, a lo Mario Vargas Llosa, contra el nacionalismo: un caso de pissing in the wind, como decimos en inglés. De mear contra el viento. Porque igual que el viento, o el invierno, o la pobreza o los virus, Facebook ahí estará. No se va a ningún lado.

Luego, a raíz de algo que leí en este diario sobre la posible detención de periodistas por espionaje, pensé en escribir sobre los espías que conocí en mis años como corresponsal, en las comidas e incluso amistades que tuve con integrantes de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, la Unión Soviética, Cuba, Reino Unido, Ruanda, Nicaragua, Sudáfrica e incluso Argentina. Seguramente hubo más y no me enteré. Pero mejor dejar esto para el olvido, o para un libro o, nunca digas nunca, para un post en Facebook el día que sienta la urgente necesidad de hacerme el interesante.

De lo que sí pienso escribir, finalmente, es sobre Barcelona. No. Del equipo de fútbol, no. Me arrepiento de haber visto el partido contra el Atlético de Madrid esta semana. Podría haber utilizado aquellos 90 minutos de mi vida para algo más útil o enriquecedor, como apuntar los números de los colectivos que transitan por la calle delante de mi departamento.

Lo que quiero hacer es escribir sobre la ciudad en la que vivo. Ya toca un tema que no trate sobre la miseria humana. Basta, aunque sea solo esta vez, del covidiotismo, o de Trump, o del Brexit, o del lío catalán. Ya que acá en Europa estamos saliendo del confinamiento, aunque sea solo por un rato, voy a aprovechar la oportunidad para festejar mi suerte.

La idea me la dio un amigo columnista del Financial Times, Simon Kuper, en un artículo que publicó esta semana sobre las glorias de viajar por la vieja Europa. Señaló lo bueno que era para él vivir en París, entre otras cosas por poder subirse a un tren y en no mucho más de un par de horas tomarse un café con amigos en Londres, Bruselas o Amsterdam.

Kuper, que se conoce el continente de arriba a abajo, ofreció una lista de ciudades “fantásticamente vivibles”, entre ellas San Sebastián, Burdeos y Reggio Emilia. “Pero la ciudad más vivible de Europa,” escribió, “es Barcelona”. ¿Porque? Porque “ejemplifica el sueño europeo: aquella perfecta mezcla de comida, arquitectura, clima, prosperidad, amigabilidad y un ritmo de vida manejable”. Simon, si te tuviera enfrente te daría un beso.

Viví durante más de un año en diez ciudades y ocho países. A finales del año pasado me mudé de Londres a Barcelona. Dicen en Inglaterra que si querés que Dios se ría contale tus planes. Toda la razón. Tomando la advertencia en cuenta, mi plan es quedarme el resto de mis días en Barcelona, con diferencia mi ciudad favorita del mundo.

Primero, porque Barcelona ofrece algo imprescindible en una ciudad que aspira a ser especial: invita a pasear. En media hora uno puede peregrinar a pie de la edad media, al modernismo del siglo XIX, al eterno mar mediterráneo. La temperatura es buena todo el año y uno se siente seguro en casi cualquier lugar. Cada vez que salgo a la calle no solo estoy en paz sino que me encuentro, infaliblemente, con algún detalle que me alegra el día. Un balcón, una puerta, una ventana, una torre, una gárgola que me provocan sorpresa y admiración.

Como en el resto de España, se puede comer muy bien por muy poco y las diferencias sociales no te asaltan la vista como en otros países. Los ricos no se jactan de su feliz destino, como en Londres, por ejemplo. Disimulan, dentro de lo posible, que no lo son. El ambiente combina la tensión de la gran ciudad con la placidez latina del saber vivir. Barcelona no agobia. En cuanto a aquellos que insisten en discernir un agresivo catalanismo en las calles, en las tiendas o en los bares, yo, que no hablo catalán, aún no lo ví. Ni tampoco los cinco argentinos con los que cené el jueves. Cada uno de ellos ha vivido alrededor de 30 años en Barcelona y, aunque extrañan “el asadito”, no hay otro lugar de la tierra en el que se sentirían más a gusto.

Para los que estuvimos mucho tiempo en América Latina y nos agrada, esta ciudad es ideal: similar en la dinámica social, pero funciona – otro motivo por el cual toda la gente del norte de Europa que conozco y que conoce Barcelona disfruta de ella tanto como Simon Kuper. Él dice en su columna que en la nueva era del Zoom más europeos se mudarán a mi ciudad. Sospecho que tiene razón, que habrá futuro después del coronavirus. Si hubiese la posibilidad de comprar acciones tanto en Barcelona como en Facebook, sé cuál eligiría. Pero como no tengo dinero para invertir me conformaré con celebrar la riqueza, si me lo perdonan, de poder vivir acá.

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