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Crisis en Medio Oriente: los Acuerdos de Abraham, casi un recuerdo del pasado

WASHINGTON.- En septiembre pasado, el presidente Donald Trump estaba exultante. Acompañado en la Casa Blanca por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y por altos dirigentes de Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos, Trump celebró la normalización de las relaciones diplomáticas entre Israel y esas dos monarquías del Golfo Pérsico. Esos pactos fueron agrupados bajo el grandilocuente nombre de Acuerdos de Abraham, como un guiño a la promesa de coexistencia y prosperidad compartida en la cuna de las tres grandes religiones monoteístas.

“Esta tarde estamos reunidos para cambiar el curso de la historia. Tras décadas de divisiones y conflictos, hoy es el amanecer de un nuevo Medio Oriente”, dijo Trump desde el balcón de la Casa Blanca, y agregó que los acuerdos serían la base “de una paz abarcadora en toda la región”. En los meses siguientes, tanto Sudán como Marruecos iniciaron sus propios procesos de normalización de relaciones con Israel.

Pero esa jugada de apertura fue recibida con sorna desde un principio. Ni los Emiratos ni la diminuta Bahrein estuvieron nunca en guerra con Israel, y en los hechos, ya mantenían numerosos canales informales y secretos de cooperación con el Estado judío. Los acuerdos que firmaron, como ocurriría más tarde con los de Sudán y Marruecos, habían sido endulzados por el gobierno de Trump con incentivos geopolíticos difíciles de rechazar. Y en tanto Estados no democráticos, sus élites gobernantes ni siquiera podían atribuirse la representación de la reducida población de sus países, y menos aún de la opinión pública general de toda la región.

Así y todo, los acuerdos fueron pintados como “una bisagra en la historia”, tales fueron las palabras de Netanyahu en septiembre. Los monarcas habían optado por desentenderse de las casi dos décadas de consenso panárabe sobre Israel, normalizando relaciones con Tel Aviv antes de que el conflicto palestino-israelí llegara a algún tipo de conclusión significativa. La decisión reflejaba el verdadero hartazgo político con la causa palestina de parte de las élites árabes gobernantes, ahora más preocupadas por el nuevo desafío que plantean el régimen de Irán o el brazo político del islamismo, como los Hermanos Musulmanes, que por la vieja lucha de los palestinos.

Los defensores de los acuerdos argumentaban que la “paz abarcadora” prometida por Trump emergería debido a la creciente influencia que tendrían a partir de ese momento los gobiernos como el de los Emiratos, tanto frente a los israelíes como a los palestinos.

Ahora que Trump se fue y que Netanyahu apenas se sostiene en el poder, es probable que la política regional ya esté dejando atrás los Acuerdos de Abraham. Más allá de la soleada perspectiva de los emiratíes que se van de vacaciones a Tel Aviv y de los israelíes que se van de fiesta a Dubai, ningún otro país se ha sumado a los acuerdos desde el envión inicial dado por Trump. Si bien el gobierno de Biden celebra que las relaciones entre Israel y el mundo árabe sean más saludables, no se sabe hasta qué punto pretende seguir construyendo a partir de la principal iniciativa de Trump en materia de política exterior. Tras asumir su cargo, el presidente Joe Biden demoró un acercamiento directo a Netanyahu: el primer líder de Medio Oriente con el que se comunicó fue el rey Abdullah II de Jordania, un país involucrado mucho más directamente en el conflicto palestino-israelí que los Estados del Golfo. Las relaciones entre Jordania e Israel también están en su punto más bajo, un reflejo, en parte, de la indiferencia de Trump y Netanyahu hacia Jordania como guardián histórico de la causa palestina.

Y esta semana llegó el estertor de violencia entre israelíes y palestinos, que se desencadenó después de semanas de agitación y descontento en Jerusalén. El martes, militantes de la bloqueada Franja de Gaza lanzaron contra Israel una salva de cohetes jamás vista, que dejó al menos tres víctimas fatales.

“Pero más feroz aún fue el ataque contra Gaza, donde Israel lanzó una de sus campañas aéreas más intensas desde 2014, cuando ambos bandos libraron una verdadera guerra durante más de un mes”, reportan los periodistas desde la región. “El ejército israelí informó haber alcanzado más de 500 objetivos, en represalia por los ataques con cohetes lanzados desde Gaza”.

La escalada de violencia llegó como corolario del aumento de las tensiones en Jerusalén, donde las recientes marchas de grupos supremacistas judíos de ultraderecha, el avance de Israel para desalojar a residentes palestinos del barrio de Sheij Jarrah en Jerusalén Este, y la brutal represión de las fuerzas de seguridad israelíes contra los manifestantes palestinos, dejaron listo el combustible para un estallido de proporciones. Los incidentes se extendieron a otras ciudades que no pertenecen a los territorios ocupados, ya que los ciudadanos palestinos que viven en Israel salieron en apoyo de sus hermanos de Gaza.

En medio de ese caos, hasta los países árabes que normalizaron relaciones con Israel le están soltando la mano a Tel Aviv. Tanto los Emiratos como Bahrein condenaron la redada de las fuerzas israelíes en la mezquita de Al-Aqsa, el tercer sitio más sagrado del islam, durante le pasado fin de semana, así como la jugada de Israel para expulsar a decenas de palestinos de sus hogares en el barrio de Sheij Jarrah. En las redes sociales de los Emiratos y Bahrein se evidenció una oleada de apoyo y de hashtags en favor de sus compatriotas árabes en ese barrio de Jerusalén.

El martes, tras una reunión virtual de los ministros de Relaciones Exteriores de la Liga Árabe, la máxima autoridad diplomática de Marruecos condenó “el discurso de odio” y el accionar de los grupos judíos de ultraderecha involucrados en los hechos de violencia en Jerusalén. El bloque de la Liga Árabe, que durante estos últimos años fue objeto de burlas por su inacción, dijo que ejercerá más presión en nombre de los palestinos ante las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional, cuyo jefe de los fiscales inició en marzo una investigación formal sobre presuntos crímenes de guerra de Israel en los territorios ocupados.

Línea histórica

Anwar Gargash, un destacado diplomático emiratí que nunca ha ahorrado críticas hacia Irán, tuiteó su solidaridad con los palestinos y a favor “del fin de la ocupación israelí, con la solución de dos Estados y con un Estado palestino independiente, con Jerusalén Este como su capital. Esta es una posición histórica y de principios inamovible”. Los gobiernos de Omán, Qatar y Arabia Saudita emitieron declaraciones similares, reafirmando su apoyo a la creación de un Estado palestino que coincida con las fronteras de 1967 y con Jerusalén Este como capital.

Esa ha sido la línea adoptada históricamente por los gobiernos árabes cada vez que entre Israel y los palestinos estalla la violencia. Pero ahora esa postura es mucho más conspicua, ya que contradice la “visión de paz” desplegada el año pasado por Trump con la bendición de Netanyahu y que planteaba un futuro Estado palestino difuso y achicado, con soberanía limitada y sin una capital en Jerusalén propiamente dicha. El gobierno de Trump apostaba a que los Acuerdos de Abraham acelerarían un realineamiento de la política regional, donde los países árabes amigos tanto de Israel como de Estados Unidos se desentenderían de la causa palestina en favor de una mayor cooperación comercial y en materia de seguridad con Israel.

Ahora, sin embargo, y en parte debido a las provocaciones de la creciente ultraderecha israelí y de lo que la periodista Noga Tarnopolsky describe como el “oportunismo de Netanyahu”, la difícil situación de los palestinos ocupa el centro de la escena global. “Tenemos que preguntarnos por qué Israel convirtió un problema latente en una crisis desatada”, señala Vali Nasr, de la Escuela de Altos Estudios Internacionales de la Universidad Johns Hopkins. “Toda la estrategia de Israel con los Acuerdos de Abraham se basaba en el argumento de que la cuestión palestina ya no era relevante. Ahora, gracias a una serie de errores israelíes, la cuestión palestina tiene más fuerza que nunca”.

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide

The Washington Post

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