Argentina

Del acto por Kirchner a la legalización del aborto: la interna en el poder sigue agregando tensión a la crisis

El homenaje al ex presidente será el martes próximo. Circulan especulaciones sobre cómo lo recordará Cristina Kirchner, después de su ausencia el 17 de octubre. También hay versiones cruzadas sobre el proyecto “verde”. Suman señales inquietantes para la economía en medio de la ebullición del dólar

Alberto Fernández, al anunciar ayer una nueva extensión de la cuarentena, desde Misiones
Alberto Fernández, al anunciar ayer una nueva extensión de la cuarentena, desde Misiones

Alberto Fernández, seguramente de manera involuntaria, colocó el foco de mayor atención política sobre las jugadas, recelos y contradicciones en el poder. El Presidente rompió puentes con la oposición y se cerró en la interna: su armado fue restringido a ese terreno y entonces, cada gesto doméstico remite sin escalas al estado de la pulseada por la centralidad con Cristina Fernández de Kirchner. Es materia opinable el dominio real o el equilibrio, pero el dato ineludible es que cada gesto resulta medido de ese modo. Ocurrió con la celebración del 17 de octubre, sucede con las especulaciones sobre el próximo acto por Néstor Kirchner y hasta con un tema especialmente sensible, el proyecto sobre legalización del aborto.

Ese movimiento no expresa fortaleza sino que alimenta incertidumbre, de modo tal que conspira contra la necesidad de generar credibilidad –y por consiguiente confianza- en materia económica. La crisis tiene diversos factores, heredados, propios, profundizados por el manejo de las restricciones en la eterna cuarentena. Pero el dato, también ineludible, es que a la falta de una línea económica “consistente” –según el adjetivo que repite Martín Guzmán-, se agregan las disputas domésticas. Y eso impacta en contra del necesario sustento político para medidas que, además, se suceden a la carrera para calmar el dólar.

La próxima entrega en código interno será el martes próximo, en el acto organizado para instalar una estatua de Néstor Kirchner en el CCK. En estos días previos, se especula sobre las características de esta nueva movida pública, con el antecedente del 17 de Octubre, que no contó con la participación ni presencial ni virtual de la ex presidente y que mostró muy bajo perfil, casi de compromiso, con la asistencia de Máximo Kirchner.

Cristina Kirchner, frente a la estatua de Néstor Kirchner, en Ecuador.
Cristina Kirchner, frente a la estatua de Néstor Kirchner, en Ecuador.

En medios oficialistas, se descarta que CFK tendrá un papel destacado y activo esta vez, pero nadie adelanta cómo y si se limitará al acto armado por el Gobierno en el centro cultural. Hubo por supuesto más de una conversación sobre el tema desde que fue decidido este homenaje. Esa tarea lleva muchos meses, casi desde el arranque de la gestión presidencial, con Felipe Solá realizando gestiones para recuperar la estatua. Había quedado en un depósito de Quito, trasladada desde el edificio que fue sede de la Unasur.

Es probable que de aquí al lunes sea afinado el programa de actividades en homenaje a Néstor Kirchner, a diez años de su muerte. Incluirá cierta movilización de las estructuras peronistas, con convocatoria del PJ y de las organizaciones kirchneristas. El punto, de todos modos, es que los preparativos y las dudas previas operan casi como una movida de Palacio en la que cuenta cada gesto. Es decir, un acto cuyas postales son aguardadas en medios políticos y económicos para leer el estado de la interna y, a la vez, evaluar sus efectos en un contexto de crisis.

Por supuesto, no es un paño sin movidas previas. En rigor, ya nadie disimula las señales de malestar en el Gabinete y desde afuera. Es sabido que desde el círculo de CFK se apunta sobre varios ministros, con el argumento de la inacción o la poca efectividad de las gestiones. Esa pintura agregó pinceladas hasta ahora poco destacados y en sentido inverso: el cuestionamiento, con aristas de tensión sindical, al manejo de La Cámpora en organismos de peso como el PAMI y la Anses.

Las desconfianzas y recelos también cruzan un tema sensible repuesto en el temario esta semana: el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Desde distintas oficinas oficiales, y sobre todo desde la secretaría a cargo de Vilma Ibarra y del ministerio encabezado por Elizabeth Gómez Alcorta, volvió a ser motorizada la iniciativa. Sin embargo, hasta funcionarios de primera línea y legisladores allegados al Presidente –algunos con posiciones a favor y otros en contra- ponían en duda que finalmente la ley sea impulsada realmente ahora.

No faltan algunas consideraciones que en realidad irían en contra de un debate necesario. La idea más pobre, por donde sea mirada, sugiere que el proyecto rompería un temario público muy complicado para el Gobierno –economía y cuarentena, en primera línea- y también quebraría la lógica de la grieta entre el Gobierno y la oposición. El presupuesto es conocido: el proyecto fisura de manera transversal a casi todas las fuerzas.

Una de las últimas marchas a favor de la legalización del aborto, poco antes de la cuarentena
Una de las últimas marchas a favor de la legalización del aborto, poco antes de la cuarentena

Por supuesto, esa interpretación pareciera no medir el cuadro social en su conjunto, sobre todo después de haber frenado la iniciativa utilizando argumentos de sus críticos: el impacto negativo de la legalización como demanda sobre el sistema de salud. “El sistema ya está estresado con la pandemia”, se decía.

Pero entre las fisuras en el propio frente oficialista, no se habrían medido dos posibles resultados en sentido amplio. El primero, la relación con la Iglesia Católica –y en algunos distritos, con las iglesias evangélicas-, considerada gravitante en la contención social con trabajo concreto en los barrios más castigados por la crisis. La segunda, el Senado, donde el oficialismo tiene divisiones profundas y nadie se anima a asegurar el resultado final.

La forma en que fue repuesto el posible tratamiento del proyecto, prometido por el Presidente desde la campaña, dejó alguna duda sobre un primer movimiento con sentido “táctico” para medir el clima y, en sentido contrario, la jugada de un sector para imponer temario incluso a Olivos. El camino no aparece sencillo en ningún caso, entre otras razones porque no asoma claro el respaldo de CFK al menos de arranque, según evalúan en medios oficialistas.

La reacción de la Iglesia era previsible, incluso en la lectura acotada a su expresión local y sin contar la repercusión más amplia para el papa Francisco. De todos modos, la respuesta superó la cuestión de la creencia o el dogma, por una cuestión de contexto. La Comisión Ejecutiva del Episcopado, que encabeza monseñor Oscar Ojea, cuestionó el impulso al proyecto frente a una sociedad castigada por “situaciones extremas” y lo contrapuso a las propias consignas oficiales de Unidad para enfrentar la pandemia. “Insostenible e inoportuno”, fue la inmediata calificación episcopal.

En cuanto al Senado, y con el eco de la votación que le cerró la puerta a la ley en la gestión macrista, el horizonte es especialmente brumoso. Hubo en los últimos diez días tanteos en las dos Cámaras y en el territorio de los senadores no cerrarían las cuentas, al menos de manera espontánea. Debería jugar muy fuerte y ordenadamente el Ejecutivo y la ex presidente para modificar o neutralizar algunos votos en contra. CFK no estaría entusiasmada por el momento social en medio de la cuarentena y porque se fisuraría su dominio y, además, debería articular con algunos legisladores de Juntos por el Cambio. Vuelta al principio: señales internas que importan más allá del tema.

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