Argentina

Diego y el último momento en el que soñamos que podíamos ser felices

1. La primera conferencia de académicos e intelectuales dedicada a Maradona la organizaron, por supuesto y previsiblemente, los napolitanos. Fue en 1991, luego de la salida definitiva de Diego del fútbol italiano debido a la suspensión por consumo de drogas. El inventor fue un historiador, Vittorio Dini, que luego compiló un libro al que tituló Te Diegum: Genio, sregoletezza e bacchettoni, un título fatalmente intraducible que en español, años después, viró a Te Diegum. Maradona: genio y transgresión. Recién en 2018, cuando Diego cumplía 58 años -es decir: 27 años después que los napolitanos-, la Universidad Nacional de San Martín, gracias al empeño de José Garriga Zucal, organizó el primer simposio Maradona que hubo en alguna universidad argentina. También fue el último, hasta hoy. Y hasta donde sé, ninguna universidad le dio nunca un Honoris Causa. Deben haber juzgado que su aporte a la cultura argentina fue demasiado escaso. Y en el mismo movimiento, aceptaron que los académicos y los intelectuales tenemos unos problemas desmesurados para entender el mundo popular.

Diego Maradona fue el símbolo más importante de la cultura popular argentina del último medio siglo. Apenas. Armemos un Olimpo de esa cultura popular criolla: antes Gardel, luego Spinetta, María Elena Walsh, Piazzolla, Mercedes Sosa, Fontanarrosa, Sandro -poner a Charly García me asusta, pero un día lo merecerá. Apenas Sandro compite en aquello en lo que Diego desborda: es otro plebeyo. Diego es, de todos ellos, el símbolo más subalterno, orgulloso y excesivo en su plebeyismo, incluso porque su arte -¿debo explicar por qué lo llamo arte?- es también el más subalterno de todos: una nimiedad llamada fútbol. Y dije “el más importante”: no sólo por los millones que hoy lo estamos duelando -una mera indicación estadística y mortuoria, que apenas contribuye para ponerlo a la altura de Perón y Evita-, sino por lo que produjo como artista popular: sencillamente, el último momento en el que soñamos que podíamos ser felices.

2. La carrera de Diego coincide, punto por punto, con exactamente los momentos de mayor desdicha, pérdida y miseria de nuestra historia reciente. Los recuerdo: la caída de la ilusión peronista –y hasta de la utopía revolucionaria– de los ’70, la dictadura, el genocidio, el terror, la guerra de Malvinas y la peor malversación de alguna esperanza popular convertida en mero asesinato, la ilusión alfonsinista transformada en su fracaso, la pobreza y la desocupación estructural, el hambre como experiencia cotidiana, el ciclo neoliberal menemista y su modernización miserable, la fragmentación social en astillas organizadas por la violencia, el estallido social, económico y político que clausuró el siglo e inauguró el nuevo. En esos años, incluso el Mundial de 1978, alegría efímera, quedó opacado por la sospecha, y así se volvió apenas una mueca que avergüenza más que lo que reconforta. Fueron los años en los que nuestra comunidad despertó de una ilusión democrática para despertarse con la pesadilla -pero real- de un país injusto de toda injusticia.

Frente a Inglaterra, en el 86: el mejor gol de la historia de los mundiales. Foto: Reuters/Juha Tamminen

Frente a Inglaterra, en el 86: el mejor gol de la historia de los mundiales. Foto: Reuters/Juha Tamminen

En ese mapa tenebroso, la única luz aparece un lejano mes de junio de 1986; y brilla desmesuradamente cuando un morocho de escasos 165 cm comienza a gambetear jugadores ingleses, exactamente cuatro años después de la catástrofe malvinera. Como escribió milagrosamente Hernán Casciari, esos 10.6 segundos son el Aleph que soñó Borges, pero encontró Maradona. En ese Aleph, aparece el nudo de felicidad más intensa que conoció nuestra comunidad en este medio siglo.

Sobre el segundo gol a los ingleses: "Esos 10.6 segundos son el Aleph que soñó Borges, pero encontró Maradona. En ese Aleph, aparece el nudo de felicidad más intensa que conoció nuestra comunidad en este medio siglo".

3. ¿Exagero? Lo someto a debate: ¿cuál es el otro o los otros momentos comparables? No sólo por la felicidad escasa de un partido de fútbol: pongamos ese nudo en aquel contexto. Las otras fueron felicidades colectivas más efímeras: amamos a nuestras parejas, mapadres, hijos e hijas, gozamos con nuestros y nuestras artistas populares, sin duda, y a veces esos artistas nos han permitido momentos de gran felicidad grupal -pienso, por ejemplo, en los que estábamos en el Ópera en febrero de 1982, o en Vélez el 4 de diciembre de 2009. Pero comunitariamente, como (casi) toda una sociedad golpeada: ¿cuándo fuimos, o pensamos que fuimos, tan intensamente felices como en junio de 1986?

(Sí, exagero. Hemos vivido, incluso comunitariamente, otros momentos de felicidad y hasta de esperanza. El regreso democrático, el Juicio a las Juntas, la recuperación de la ESMA, los festejos del Bicentenario. Pero todos ellos pasaron por alguna colectividad de la política, por líneas de fuerza que excedían a los sujetos y sujetas que los promovían u organizaban. La felicidad de 1986 estaba cargada sobre los hombros de un morocho petiso y fortachón que, además, sabía largamente que cargaba ese peso. Que se hacía cargo, que se la bancaba con, como dijo una amiga en las redes sociales, su “coraje guacho de pibe pobre”).

4. Arte popular: Diego fue antes que nada un creador de lo imposible. No sólo los goles contra Inglaterra, o contra Italia, o contra Bélgica -no hay ni uno sólo que sea previsible o convencional. Diego mostraba el límite del lenguaje: sencillamente, cuando jugaba, decía que no había límite para él. Que podía hacer lo que se propusiera aunque no estuviera en la regla -por ahí está ese significado de “sregoletezza”: fuera de la regla, en el múltiple sentido del que hace lo imposible o del que viola la convención.

Violar el lenguaje, tantear su límite: eso hizo Diego con el fútbol. Hasta donde sé, es una buena definición de lo que es el arte. No en vano las multitudes lo llamaron genio -para después llamarlo dios, porque ya habían comprobado que dios había muerto y hacía falta reemplazarlo, y porque no podemos vivir sin algo que se le parezca.

5. Todo lo demás es literatura, o sociología, o tonterías resentidas y clasistas. (Hoy, cuando asistimos a una unanimidad ficticia, no dejo de recordar que la mayoría de las críticas a sus comportamientos, sus excesos, sus vaivenes, concluían en un inevitable “después de todo, es un negro de Fiorito”). O insatisfacción; como buenos cobardes, quisiéramos que Diego hubiera sido lo que nosotros mismos no nos animamos a ser: coherentes, precisos, insobornables, una pura línea recta de convicciones y compromisos con la verdad y con la justicia. Pero “si yo fuera Maradona, viviría como él: mil cohetes, mil amigos, y lo que venga a mil por cien”.

“Como buenos cobardes, quisiéramos que Diego hubiera sido lo que nosotros mismos no nos animamos a ser: coherentes, precisos, insobornables, una pura línea recta de convicciones y compromisos con la verdad y con la justicia”.

Diego como exceso del exceso, en la vida y en la política y hasta en sus consumos: lo podemos discutir en otro momento, y no sé si valdrá la pena -sí, lo vale: pensarlo como héroe, como mito, como encarnación paradójica del antiimperialismo popular, como Garibaldi y como el Cid y como un Virgilio en el infierno y como un Perón posmoderno. Pero recordemos ahora el mayor de sus excesos: creer que un pibe de Fiorito, un morocho petiso, con la escolaridad indispensable, puede tomar una pelota detrás de su mediocampo, girar, levantar brevemente la vista, mirar los 60 metros que lo separan del arco contrario, y pensar que lo va a lograr, violando todas las reglas del lenguaje. Sólo creerlo era un exceso, y él lo creía, y luego lo hacía, porque por eso fue nuestro mayor artista popular.

Y todo eso alcanza, claro, para este dolor tan irreparable.

* Pablo Alabarces es sociólogo. Entre sus libros se cuentan "Héroes, machos y patriotas" y "Crónicas del aguante. Fútbol, violencia y política".

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