Argentina

El exilio inesperado de los hijos del 2001

El planeta y la Argentina eran muy diferentes. El 15 de abril de 2005, Néstor Kirchner visitó la ciudad de Múnich, la capital de la región más próspera de Alemania en el corazón de Baviera. Era la sociedad que más admiraba por su industria, por su ciencia y por sus estándares de equilibrio social. Fue a visitar al gobernador local y a firmar un acuerdo de cooperación con el Instituto Max Planck, la organización científica más prestigiosa de Europa. Los alemanes miraban con curiosidad a ese país que parecía emerger de la gran crisis del 2001 con soja, superávits gemelos e inflación de un dígito.

En la puerta del elegante hotel Bayerischer, Kirchner se cruzó con un argentino de los tantos que andaban por Europa intentando recuperarse del desastre económico. Agustín G. era un ingeniero agrónomo de 36 años que eligió irse junto a su esposa y a una hija de seis. Pero quería volver al país que extrañaba y le habían contado que el Gobierno estaba armando un proyecto de repatriación de científicos. Se lo dijo al presidente, que lo escuchó con amabilidad y que le respondió. “Tienen que volver”, los animó a los tres.

La fotografía de Kirchner besando a Micaela, la hija de Agustín salió en todos los diarios argentinos. Era la imagen perfecta del país que quería ponerse de pie. Y el ingeniero agrónomo volvió nomás, como parte del programa “Raíces” que logró el retorno de un millar de científicos y técnicos a la Argentina. El kirchnerismo consiguió así la simpatía electoral de las mayorías entre los becarios del Conicet y en otros sectores de las ciencias. Pero la historia comenzó a desmoronarse con el final del superávit fiscal y del comercial, con la inflación que superó el 30%, el cepo al dólar, la pobreza y la confrontación como bandera que perfeccionó Cristina.

Néstor Kirchner como presidente junto a Cristina en la residencia del presidete alemán Horst Koehler, en una visita de Estado en 2005. Foto: AP

Néstor Kirchner como presidente junto a Cristina en la residencia del presidete alemán Horst Koehler, en una visita de Estado en 2005. Foto: AP

A aquel programa de repatriación de científicos se refirió Máximo Kirchner el fin de semana pasado cuando dijo: “Me acuerdo cuando asumió Néstor la cantidad de argentinos que empezaron a volver”, recordó el hijo de dos presidentes, probablemente un caso único en la historia mundial. Claro que, en una clásica argumentación conspirativa, el diputado echó las culpas hacia afuera sin dar demasiadas precisiones. “Es muy fácil esa cuestión que buscan imponer de que los argentinos quieren irse del país, se van a quedar y lo van a sacar adelante”, planteó, ahora que se multiplican los casos de jóvenes y no tan jóvenes que buscan una vida mejor en el exilio.

Apenas dos días después de las palabras de Máximo Kirchner apareció el Presidente para elogiarlo. “Escuchaba su formidable discurso que llamaba a la reflexión sobre esta nueva retórica de que los argentinos se van”, se alineó Alberto Fernández durante un acto público en Escobar, para terminar convocando a aquellos que hoy piensan en emigrar. “No se vayan; hay un país que construir; hay argentinos que nos necesitan y hace falta que todos nos arremanguemos”, arengó apelando al grito, una modalidad que utiliza cada vez con más frecuencia.

El discurso que planteó Máximo y que elogió Alberto es sencillamente eso. Un discurso. Una metáfora que alude a un país congelado hace más de una década. Aquella Argentina, que convocó a los científicos y entusiasmó a buena parte de la sociedad, se transformó demasiado rápido en otra fotografía de la decadencia. El hoy es el enorme déficit fiscal de este tiempo; el súper cepo que no logra controlar al dólar y devalúa diariamente el salario de los trabajadores; las leyes restrictivas y la sobrecarga de impuestos que agobian a los ciudadanos y espantan a las empresas. El desempleo y la pobreza que explotan y se van acercando a los niveles de 2001 y 2002. Más cerca de aquella gran crisis y más lejos del "primer Néstor".

Esa es la razón por la que una cantidad creciente de argentinos aceleran sus planes para intentar en alguna ciudad extranjera las condiciones para el despegue socioeconómico que no les permite la Argentina. Ese es el motivo de este neo exilio inesperado. El que colapsa las páginas de las embajadas de Uruguay, de España, de Italia o de Israel. El mismo que llenó de pedidos a un gestor de pasaportes polacos y el que tiene a cientos de estudiantes intentando validar en el exterior las materias aprobadas en las universidades argentinas.

No es un invento de dirigentes de la oposición ni de los medios de comunicación, que hoy se vuelven a demonizar. La ausencia de futuro que proyecta la Argentina actual es la que moviliza a muchos de los que se quieren ir en busca de un destino mejor y Néstor y Cristina Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández comparten un pedazo de la responsabilidad por esta degradación que no cesa. Cada argentino tiene su propia opinión sobre qué porcentaje de esa mochila les toca cargar a quienes gobernaron.

Agustín G., el ingeniero agrónomo del comienzo de esta crónica sigue viviendo en el país al que regresó hace 15 años. Es investigador y profesor en la universidad estatal y gana tres veces menos que el diputado salteño atrapado besando los senos de su novia. En Alemania, el pasaporte de los académicos destaca la condición de profesor y reciben un trato diferencial en los aeropuertos y en las oficinas públicas. La Argentina está muy lejos todavía de darle el trato que se merece a sus científicos.

Micaela, la chica de aquella foto que Néstor Kirchner besó en Múnich, hoy tiene 22 años. Empezó estudiando en la Argentina pero está terminando su carrera en Passau, una ciudad alemana elegida por muchos universitarios. Como tantos otros hijos argentinos del 2001, busca su destino lejos del país en el que el futuro insiste en repetir los errores incomprensibles del pasado.

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