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Elecciones en Estados Unidos: el día de la marmota, en un pueblito de Pensilvania

Todos los diarios y todos los canales de noticias en la radio y la televisión tienen un deporte favorito aquí en Estados Unidos: escrutar la infinidad de encuestas electorales que se están haciendo a lo largo y a lo ancho de este gigantesco país para intentar adivinar si Donald Trump será reelecto presidente el martes que viene o no, si Joseph Biden se instalará en la Casa Blanca a finales de enero.

La verdad, como se demostró con el Brexit y en tantos casos más, es que la encuesta no es una ciencia perfecta. Que casi igual de útil sería consultar una bola de cristal, o al animalito que se hizo mundialmente famoso en la película El día de la marmota.

La marmota, como recordarán, se llama Phil y aparece en público cada 2 de febrero. Según cuentan, si Phil ve su sombra el invierno durará seis semanas más; si no, la primavera llegará temprano. El lugar donde se celebra este ritual todos los años en el mundo real es un pueblo de Pensilvania llamado Punxsutawney.

Aquí estoy. Llegué a mediodía en auto desde Gettysburg con mi amigo Lenny tras manejar 250 kilómetros por carreteras secundarias en el corazón de la Pensilvania rural. Como me había imaginado, éste es territorio Trump. Atravesamos bosques y montañas, casas modestas --en varios casos abandonadas— y cien carteles a favor de Trump por cada uno a favor de Biden. Escuchamos cinco o seis radios locales y todas ofrecían variaciones sobre el mismo tema: que las encuestas no eran de fiar, que si Trump perdía sería el fin de Estados Unidos. El socialismo venezolano (sí, eso decían, porque lo dice el mismo Trump) reemplazaría al capitalismo, se acabaría con la libertad religiosa, con la libertad de expresión, con el derecho a portar armas, y habría más abortos que nacimientos. Pasamos un cartel iluminado que ponía no “Black Lives Matter” sino “Babies’ Lives Matter”, las vidas de los bebés importan.

Me propongo dos objetivos al llegar a Punxsutawney, consultar a la marmota y, primero, ver si encuentro alguien que votará por Biden. Lo encuentro. Es un valiente llamado John Hout de 72 años, un tipo fornido con bigote blanco de morsa, ex minero, ex camionero y desde hace dos años presidente de la rama local del Partido Demócrata, casi una secta en estos lares.

El presidente de Estados Unidos Donald Trump en un acto en Arizona. Foto AFP

El presidente de Estados Unidos Donald Trump en un acto en Arizona. Foto AFP

Me viene bien conocerle. Me refresca. Llevaba tres días sumergido en el mundo paralelo trumpiano. Hout pertenece a un sector de la humanidad que me es familiar y que me cae bien: obrero listo, leído, politizado. Lo veo en un despacho espartano en el que destacan dos carteles, uno con un dibujo de un ángel a punto de vomitar que pone: “Cada vez que un cristiano defiende a Trump un ángel pierde su almuerzo”. El otro es una foto de una manada de ovejas. Abajo está escrito, “¡Oh, miren! Un mitin electoral de Trump”.

Me senté frente a Hout y le pregunté: ¿Lo pasa mal aquí?

“¡Bah, no! Mire, de vez en cuando vienen aquí afuera a gritar y a lanzar consignas. ‘Biden criminal’ y tal. Pero no les hago caso. Además, tan solo no estoy. Habrá un 20 por ciento de gente aquí que vota demócrata, solo que mantienen un bajo perfil”. Él se tendrá que relacionar con algún republicano de vez en cuando,

-¿Se supone?

“Sí, pero el secreto es no hablar nunca de política con ellos”.

-¿Pero siendo presidente del partido no se ve en la obligación de intentar que cambien de opinión?

“Es que no se puede. Es imposible tener una discusión racional con ellos porque cuando se quedan sin argumentos dan media vuelta y se van. Es que no tienen argumentos. No tienen plataforma política. Su única plataforma es Trump. Nada más”.

-¿Nada más?

“Hablan del aborto, sí, y de las armas. Pero son temas ficticios. Saben que aquí nada va a cambiar. El racismo es su principal motivador”.

-¿Así de simple?

-“Siempre fui demócrata pero me involucré más en la política cuando llegó Obama al poder. Me imaginé que veríamos una nueva sociedad posracial. Mentira. Se provocó una explosión de odio, como si hubieras rascado una vieja herida y salió un río de pus. La derecha le odió porque era negro”.

Pero, le digo, no veo muchos negros en Punxsutawney. “Bueno tenemos más negros hoy que nunca”, se ríe. “¡Quince! De una población de 6.000. No, hablando en serio: es la vieja historia. Los temen porque temen lo desconocido”.

Hout cree, pese a todo, que Biden ganará aquí en el estado clave de Pensilvania y ganará las elecciones a nivel nacional. “Muy de vez en cuando me encuentro con un viejo republicano que me confiesa que no soporta a Trump. El tipo de persona que se ha enterado de que si lo tuviera de vecino llamaría a la policía. Esto me anima. Con tal de que solo unos pocos republicanos aquí en nuestro pueblo y en otros condados de la zona no salgan a votar le daremos la vuelta al escaso margen de victoria que tuvo Trump en Pensilvania en 2016”.

Hout no comparte el nerviosismo de aquellos demócratas que temen que las encuestas, todas a favor de Biden, mientan. Demócratas como mi amigo Lenny, que se pasa horas analizando los números, desesperado por convencerse de que Trump no tiene posibilidades de ganar.

“No estoy preocupado”, dice Hout. “Ganaremos y por dos motivos: primero, después de cuatro años la gente sabe cómo es Trump, lo repelente y narcisista que es; segundo, Biden no es Hillary Clinton. Ella provocaba mucho rechazo. Biden es Uncle Joe, el tío Joe. Imposible temerle”.

Hout inspira confianza. Transmite sentido común y sabiduría. De repente tengo más fe en las encuestas. Pero por las dudas voy a visitar a Phil. Vive al lado del único parque de Punxsutawney en una jaula grande y cómoda adornada con una foto de Bill Murray, el protagonista de El día de la marmota. Lo observo a través de una vitrina. Estoy atento a una señal pero no se mueve. Solo veo una bola gorda de pelo gris oscuro dentro de una cuevita. Estará hibernando. Hace bien. Mejor dormir en estos tiempos tan tontos que los humanos vivimos. Solo espero que, a diferencia del hechizo al que se vio condenado el personaje de Bill Murray, cuando Phil despierte a principios de febrero el mundo no siga igual.

PB

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