En este libro todo empieza como un cuento de Fontanarrosa y se va transformando en una novela de Dickens”, anota Hernán Casciari en el prólogo de Lamadrí, el renacido, las desventuras autobiográficas que acaba de publicar el ex mediocampista de Racing Hugo Lamadrid. Y sí, fútbol, humor y desparpajo remiten a la impronta del fabuloso narrador rosarino, y también el ejercicio de reírse de sí mismo, como cuando el autor se hace llamar irónicamente El Volante Central o El Triunfador. Que por esas nubes estuvo a fines de los ’80, un gigante de 1.94 consolidado en la Primera, tipo recio en la marca pero con criterio para jugar la pelota, ídolo para su hinchada, jugador de la Selección Argentina juvenil. Lo cuenta en las primeras dos páginas: Racing clasificado para la Copa Libertadores después de más de veinte años, rumores de que lo quieren contratar para jugar en el Atlético de Madrid, rumores de que Bilardo lo observa para llevarlo al seleccionado nacional. 19 de febrero de 1989, segundo tiempo, 2-0 arriba frente a Instituto en Córdoba: el esférico viene desde lo alto hacia su posición y le da tiempo para relojear si hay compañeros desmarcados para jugarla. Como no ve a ninguno despeja fuerte, y en simultáneo siente un impacto, como si le arrancaran el pie derecho. “Vi a mis compañeros pero no veo al rival. No lo veo. No llego a amortiguar el golpe.

Siento el ruido a hueso roto. Después, oigo el silencio.

Caigo al piso sabiendo que pasó algo grave. Me quedo quieto. Bajo la mano hacia la zona del dolor con una única esperanza: que no tenga un hueso roto perforando la media, clavado en la tierra”.

Y aunque eso no pasa, al liberar el pie de botín, media y venda queda a la vista el tobillo transformado en una masa deforme, enrojecida, caliente. El dolor y la cara del médico no dejan dudas: la cosa es grave. Mientras, el partido sigue, y hace un gol Instituto. Faltan doce minutos, el rival aprieta y Racing ya agotó sus cambios.

-¡Flaco, Flaco! –escucho el vozarrón inconfundible de Basile. Me levanto.

-¿Qué, Coco?

-¿Podés seguir?

Lo miro al doctor. También me mira. “No, Flaco, no entres, estás loco, te vas a terminar de romper todo”, me dice con la mirada.

Pero soy inmortal.

-Claro, Coco, esperá que veo cómo me pongo el botín y entro.

“Lamadrí, el inmortal”: así se llama el primero de los once capítulos. “Estudiá, Hugo, estudiá… El día de mañana te vas a arrepentir. ¿Cuántas veces me lo habrá dicho mi vieja? Decenas. Cientos. Miles. Pero, a los veinte años, tengo un problema: soy futbolista, llegué a Primera y me creo inmortal. De golpe tengo un auto nuevo, plata en el bolsillo, fama. Firmo autógrafos, salgo en la tapa de los diarios, me gritan ídolo en la calle”. Pero la lesión pone en marcha la serie de sucesos desafortunados que en principio se signan y se perciben con la valentía, el cuerpo jugado al heroísmo y a la defensa de los colores, y luego… Por dentro, y por fuera de lo que alumbran las luces del estadio, la historia puede resultar otra cosa. 

Racing ganó aquel partido ante Instituto y todos lo felicitaron; al día siguiente, su padre tuvo que faltar al trabajo para llevarlo desde Villa Domínico a Ciudadela para que le hicieran una radiografía. Base de la tibia astillada, en la articulación con la zona del pie que recibe todo el peso del cuerpo, el astrágalo: el roce de los huesos allí le producía un dolor fuertísimo. Lamadrid compone las escenas de sus historia con materiales disonantes: los padres haciéndose cargo “con las monedas justas” de calmantes y antiinflamatorios, la ausencia de teléfono en la casa, conjugado con aquello de ser figura y promesa de un club grande. Por tramos se retrata camino al matadero y, más allá del tiempo y las perspectivas, sus páginas transmiten angustia y activan el reflejo imposible de parar a aquel pibe, que escuche al que dentro suyo le dice que está por hacer una boludez. Pero allá va: con un yeso puesto y a la espera de una operación, el Coco lo necesita otra vez, “partido definitivo” de la Libertadores. Gloria e infiltraciones, dolor y huesos, aplausos en la prensa. Hace unos días le comentaron que el lector podía tener cierto resquemor con Basile; que la decisión de jugar a pesar de estar quebrado la tomó él, dijo Lamadrid, que le tiene cariño al técnico, que no se propuso criticarlo. “Tampoco me pareció que escondiendo esa historia o haciéndola más light para que no lo toquen al Coco podría haber cambiado algo. La cosa fue así”.

La tensión es de otra índole cuando cuenta sus encuentros con el presidente de Racing en aquellos años, Juan De Stéfano, para renovar el contrato tras un año y medio de vencido y el despropósito dirigencial con su lesión; Lamadrid manejó como título tentativo del libro, en algún momento, “El fútbol es una mierda”, y al leer esos episodios puede deducirse por qué sin ser Agatha Christie: cuando quedó libre en Racing y ante el interés de otros clubes, los dirigentes hicieron correr la voz de que estaba roto, que la lesión ya no le permitiría volver a jugar bien. Hay episodios de absurdo y comedia, como cuando un par de representantes lo vendieron a La U de Chile como volante ofensivo y goleador: al llegar allá no sabía qué decir o qué callar ante la prensa y duró un par de partidos. Luego jugó en Sportivo Barracas de Colón, Aldosivi de Mar del Plata, Juventud Antoniana de Salta. De Tucumán cuenta un par de batallas campales, ásperas, con la policía meta garrotazo (también él acomodó a más de uno). Mandiyú de Corrientes, San Martín de San Juan, Douglas Haig. “Un periplo en el que acumulé kilómetros y deudas”, anota Lamadrid. La que decide su retiro es una escena tremenda, en la terminal de Pergamino. Tiene dos hijos con su compañera y no sabe de qué vivirá, ni cómo pagarán lo que deben. Se hace panadero, Lamadrid. Con las recetas de Choly de Berreteaga. El día a día contracorriente, el cansancio acumulándose, los bordes trágicos que van cercándolo.

Lo que va entre El inmortal y El renacido, que son dos películas, también; está aquella de 1986, que protagonizó Christopher Lambert (bastante parecido al Lamadrid que por entonces empezaba en Primera); y está la que protagoniza Leonardo Di Caprio, de 2015, un cazador que sobrevive ataques y golpes de todo tipo en pleno invierno, en un paisaje helado, hostil: la portada del libro remite al afiche del filme, que dirigió González Iñárritu. Él y Di Caprio fueron premiados con un Oscar por la película, y al triunfador Lamadrid seguramente le gustó bromear con el asunto. Pero no tanto, porque en los últimos años fue reformulándose, trajinando otros campos, vinculados a la comunicación: hizo un programa de radio, un espectáculo de stand up. Por estos días estudia periodismo (estudiá, Hugo…) y es Secretario General de Medios de la Municipalidad de Avellaneda. Anota Casciari, en la presentación: “Lamadrid no solo tiene una historia que muchos escritores envidiarían, sino que puede narrarla como nadie más podría”. El Renacido alumbra, además, sobre lo que será asunto común en miles de futbolistas hacia los 35: el final del oficio. Escribe Lamadrid: “El jugador de fútbol que se retira, y que para vivir al otro día se tiene que poner a trabajar de cualquier otra cosa, muy probablemente cargará con ese resentimiento y esa frustración de ya no ser. A mí me sigue pasando”.

Fragmentos de Lamadrí, el renacido, de Ediciones Al Arco

A LOS TOBILLOS

Ahora es miércoles 29. Las diez de la mañana. Mi vieja me despierta algo ansiosa.

-Hugo, te llamaron por teléfono de Racing. Dijeron que Basile pidió algo desde Lima pero no me acuerdo. Levantate que te van a llamar en 15 minutos a lo de Alicia.

En casa no tenemos teléfono. Para las urgencias damos el número de Alicia, nuestra vecina, que es maestra y me había preparado para el ingreso al secundario en la Escuela Nacional de Comercio de Avellaneda “Dalmacio Vélez Sarsfield”, el querido “ENCA” de Avellaneda, y me conocía desde que había nacido.

Me calzo las muletas y voy a lo de Alicia. ¿Qué puede ser tan importante o tan urgente? ¿La confirmación de la fecha para la operación?

Alicia me espera con un café con leche. Me da charla mientras esperamos la llamada. Me da ánimo: siguió todo mi progreso desde las Inferiores de Racing hasta llegar a la Primera y ahora sabe lo que estoy pasando. Hasta que suena el teléfono.

Atiende Alicia. “Ya le paso con él”, dice.

Agarro el tubo.

-¿Hola? –digo.

-Hola Flaco, ¿cómo estás?

Otra vez, el vozarrón inconfundible del Coco Basile.

-Bien, Coco, ando mejor. Estoy enyesado y cuando baje la inflamación del tobillo me van a operar. Eso me dijo el médico la última vez que hablé con él.

-¿Pero cómo te sentís? ¿Te duele el tobillo? No podés jugar, ¿no?

Hago silencio. Un silencio de unos pocos segundos para procesar la pregunta pero, por sobre todas las cosas, para procesar la respuesta.

-Estoy enyesado Coco. Estoy todo roto. Me operan en unos 15 días calculo yo.

-¿Y si te sacás el yeso y probás? Te necesito para el viernes. A vos y al Pato Fillol.

                                                                                 ***

Como ya dije: a los 20 años el jugador se siente Superman. Es inmortal. Cuando el Coco me dijo que me necesitaba, en mi cabeza no hubo ningún filtro que al menos me hiciera evaluar por un segundo la locura que estaba a punto de cometer. Creo que me fui sin saludar ni agradecerle a Alicia por la charla y el café con leche.

Volví a casa y le pregunté a mi vieja por las llaves del auto. Me las señaló pero sin preocuparse: ¿cómo iba a imaginarse que yo, enyesado como estaba, podría salir?

Puse en marcha el Falcon modelo 81. El motor retumbó en las paredes del garaje y de mi cabeza. Superman había ganado la batalla y puso primera. La palanca de cambios al volante, la radio con sus cinco robustas teclas que te llevaban de una emisora de radio a la otra, la butaca enteriza de cuero, el pie enyesado sobre el acelerador.

Llegué al club. La cosa era más o menos así: me estaban esperando en la cancha de Racing para quitarme el yeso (ya lo llevaba puesto varios días para darle tiempo a que el tobillo se desinflamara y así poder operarme); después probarme dentro de una cancha de fútbol y, finalmente, ver si podía subirme a un avión esa misma noche para jugar un partido de Copa Libertadores de América en 48 horas. Con un pie roto.

Entré al estacionamiento por el lado del pasaje Corbatta. Bajé del auto con dificultad y golpeé la puerta del consultorio. Es el día de hoy que no recuerdo quién me abrió. Entré apoyado en las muletas y me subí a la camilla: tampoco recuerdo quién me sacó el yeso; probablemente un médico de las divisiones inferiores. Sí recuerdo el miedo a que me rebanara la pierna y, una vez que me sacó el yeso, el miedo a mirarme el pie.

Busqué un punto fijo en la pared para distraerme. Hasta que escuché: “No está tan mal”. Entonces sí, me vi el tobillo y me lo acaricié sin decirle lo que estaba por hacer.

SIN PARTIDO HOMENAJE

Había que llegar a Pergamino y pactar una reunión con los dirigentes para resolver el tema de la deuda, que ya llevaba entre cuatro y cinco meses. ¿Quieren cobrar encima, quieren plata? ¿Están locos estos? Era una pregunta a la que se le podían cambiar los signos de interrogación por los de exclamación y conservaría el mismo sentido que algunos de los dirigentes le daban entre cuatro paredes. Ya estaba sentenciado que de Pergamino solamente me traería para Buenos Aires algunos amigos y recuerdos.

Fueron meses muy difíciles. Por ejemplo hubo que juntar plata para un compañero cuya esposa debía hacerse una ecografía; y muchos años después Silvana, mi compañera desde hace más de 30 años, me contaría con lágrimas en los ojos que una mañana, mientras llevaba en su triciclo al jardín de infantes a Axel, nuestro hijo más grande, éste se había parado en un kiosco pidiéndole que le comprara un chocolatín blanco. Y no pudo porque estaba sin plata.

Mi estadía en la ciudad llegó a su fin después de tres años donde tuve la suerte de conocer a mucha gente buena, campechana, amable y desinteresada que me brindó su cariño en todo ese tiempo. Pero había que levantar campamento y resolver el tema de la deuda, que había crecido considerablemente.

-No te vamos a poder pagar todo lo que te debemos, Flaco. Te podemos dar solo una parte en efectivo para que te lleves algo.

Carlos Scaglia era el gerente del club, un tipo simpático que siempre te recibía con una sonrisa que actuaba como salvoconducto ante una puteada o una piña en el medio de la cejas. Con su simpatía me estaba dando la perfecta metáfora de una limosna.

-¿Y la otra parte? Es mucha guita, Carlos.

-Te la podemos documentar, pero vos sabés cómo es esto. No te la van a garpar nunca.

Yo lo miré masticando un chicle imaginario. No me salió una palabra porque entendí que la violencia física que ameritaba la escena había sido contrarrestada inteligentemente por quien ya estuvo en esa situación en otras oportunidades.

-Y si no llevate rifas, Flaco. Llevate rifas y vendelas. Y cobrate de ahí otra parte.

Yo pensaba: “Pero escuchame una cosa, yo soy Hugo Lamadrid, soy el Volante Central. ¿Te pensás que voy a aceptar que me denigres en el final de mi carrera de esta forma? Defendí tres años esta camiseta, jugué lesionado un montón de veces. ¿Y ahora resulta que encima de no cobrar nunca tengo que salir a vender rifas? ¿Están todos locos ustedes? Soy Hugo Lamadrid”.

Primer premio un Twingo, segundo una licuadora, tercero una tostadora. Emboqué a mis viejos, quienes me compraron varias rifas por compasión; un par de amigos me compraron otras. Y algunas otras, las que no me metí en lo más profundo del colon, las tengo aún hoy en el cajón de un mueble marrón del living de mi casa.

De esta forma finalizó mi carrera deportiva, lejos de la idea de un partido homenaje con un beneficio económico para el homenajeado. Muchos fantaseamos con entrar a una cancha llena por última vez, saludar a los hinchas levantando los brazos, recibir una plaqueta del club junto a nuestros hijos en el medio de la cancha.

Pero son muy pocos los elegidos. Son muy pocos aquellos que terminan en un alto nivel, en el club que los vio nacer o crecer y triunfar. Son muy pocos los que se merecen ese homenaje porque el fútbol nos hace sentir que lo único que vale es el éxito deportivo. Nosotros nos preparamos desde chicos para ser exitosos, no está en la hoja de ruta de ninguno jugar para no dejar casi ni una huella en la historia del fútbol.