Argentina

Las nueve páginas de Cristina que no ayudan a Alberto

De las nueve páginas que Cristina Fernández divulgó para recordar el décimo aniversario del fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner, su ex marido, parece surgir una contradicción estructural. La centralidad que concede a su figura en el desarrollo del relato conspira contra la intención política de describir a Alberto Fernández como un mandatario autónomo, sin ataduras. Castigado (sic) sobre todo por el “prejuicio antiperonista” del empresariado argentino.

La vicepresidenta, al describir la segunda de las tres certezas con que vertebra la carta, progresa cualitativamente mucho más de lo que hicieron hasta ahora la oposición y ciertos medios de comunicación para comentar las limitaciones objetivas de Alberto en el ejercicio del poder. Habla de modo literal  -a fin de negarla- de la leyenda del “Presidente títere”. Escrito por ella, así en un par de palabras, adquiere un significado y produce una corriente de conjeturas encontradas que no hubiera desatado nunca la palabra de un dirigente opositor o, tal vez, la mirada insidiosa de algún periodista.

Puede decirse que la centralidad de Cristina, al cabo de los 10 primeros meses de Gobierno, guarda coherencia con la historia y la génesis del sistema de poder que ideó la vicepresidenta para derrotar a Mauricio Macri. Trastocó el ordenamiento lógico y reservó a su liderazgo un segundo plano que, en la formalidad, se encargó de engarzar con el silencio. Dejó a Alberto la exhibición de la marquesina. Pero no modificó el funcionamiento de fondo que, temprano o tarde, imponen la política y el poder.

En el afán por asegurar lo contrario a lo que exuda el documento, la vicepresidenta cuenta que durante su acompañamiento de Kirchner, como primera dama y legisladora, o en sus dos períodos consecutivos, tomó conciencia que el sistema de decisión del Poder Ejecutivo hace imposible que no sea el Presidente el que tome las decisiones de gobierno. Esa interpretación tendría, quizás, validez plena dentro de un sistema no personalista. Al contrario del que caracteriza al peronismo. La jefatura, el liderazgo y el verticalismo son allí valores insoslayables e innegociables. Tanto que desde el regreso de la democracia en 1983 (antes también) el PJ fue incapaz de resolver la sucesión estando en ejercicio del poder. La excepción justifica esa regla: Kirchner cedió el poder a Cristina en 2007 pensando en el regreso cuatro años después. No ocurrió.

En verdad, las resoluciones del PJ llegaron por vía de la derrota electoral. Le pasó a Eduardo Duhalde con Carlos Menem. Emergió Fernando de la Rúa. Le pasó a Daniel Scioli con la propia Cristina, que lo convirtió en 2015 en un candidato maniatado. Vigilado por la sombra de Carlos Zannini. Apareció Macri. Duhalde fue una mínima incomodidad para Kirchner hasta que se produjo el divorcio en las legislativas del 2005. Kirchner supervisó implacablemente a Cristina hasta su muerte. Alberto sabe a conciencia que en el Instituto Patria y el Senado está la vicepresidenta.

El mandatario, a propósito, debe estar navegando en esta hora una de sus infinitas paradojas. Siempre entendió que la sucesión era un escollo que el peronismo debía resolver. Tenía en sus carpetas una referida a la experiencia del Frente Amplio en Uruguay. Una coalición de fuerzas progresistas que durante 15 años resolvió internamente los problemas con la alternancia entre Tabaré Vázquez y José Mujica. Alberto está encerrado en el Frente de Todos donde cualquiera se anima a desairarlo. Mientras la líder natural se escuda en el silencio.

Cristina blanqueó en su declaración que hay funcionarios que no andan bien. Que hay aciertos y desaciertos, atribuibles a Alberto. Aunque el gran problema lo adjudica a la tremenda combinación heredada entre el derrumbe macrista y la irrupción de la pandemia.

Para Cristina, la historia de la desgracia argentina debería circunscribirse a aquellos cuatro años de Cambiemos. Antes debió haber existido un paraíso. No valdría la pena cotejar sus dichos tantas veces repetidos con la realidad. Aunque señala un aspecto interesante. Según ella, el Presidente es criticado, siendo su contracara, por las mismas cosas que le achacaron en sus dos mandatos. Soberbia, ausencia de diálogo, prepotencia. Se aferra a esas excusas para esconder otros males.

Sus gobiernos tuvieron un sesgo autoritario. Indudable. Tampoco produjeron algún cambio perdurable en la matriz social y productiva de la Argentina. Denominador común de casi todos los gobiernos regionales de esa época. Existió además una dilapidación de fondos en negociaciones internacionales. Como la estatización de Aerolíneas Argentinas, YPF o el pago de la deuda con el Club de París. Es imposible no recordar el balance que el ahora Presidente hizo por televisión del segundo gobierno de Cristina: “Ha sido deplorable. No encuentro una razón para el elogio”, disparó.

Cristina adelante y Alberto, detrás, el día que se anunció el exitoso canje de la deuda. Foto: Marcelo Carroll

Cristina adelante y Alberto, detrás, el día que se anunció el exitoso canje de la deuda. Foto: Marcelo Carroll

El tramo medular de la declaración de Cristina refirió a la insoluble condición bimonetaria de la economía nacional. Por una vez supo plumerear la ideología. Sostuvo que no es un asunto de izquierda ni de derecha. Tampoco de centro. Aunque la conclusión resulte, de nuevo, muy parcial. El gran problema habrían sido los cuatro años de Macri. Sin soslayar ese período, por supuesto, no puede obviarse la “década ganada”. En especial, los cuatro años de Kirchner con condiciones externas propicias para algún cambio estructural. No se repitieron nunca más.

Cristina concluye que el bimonetarismo es el más grave de los problemas que tiene el país. De imposible solución “sin un acuerdo que abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales de la República Argentina”. Añade: “nos guste o no nos guste esa es la realidad y con ella se puede hacer cualquier cosa menos ignorarla”.

La invocación a un gran acuerdo, en medio de la emergencia, sería lo novedoso del documento de Cristina. Nunca se sabe bien que se agazapa detrás de sus enunciados. Cada vez que el Presidente ensaya alguna concertación sufre una zancadilla interna. Lo intentó el 9 de Julio en Olivos con sindicalistas y empresarios. Debió enmendarlo por la ausencia de la CGT de Hugo Yasky. Participó en el foro de IDEA que Cristina se ocupó de denostar en su declaración. Optó por discretas reuniones, como la que mantuvo la semana pasada con el CEO de Techint, Paolo Rocca. Que desde el Instituto Patria son auscultadas con lupa.

¿Cuál sería, entonces, el formato que imagina Cristina para una concertación? ¿No hay detrás de esa propuesta un condicionante objetivo para cualquier iniciativa presidencial? Alberto recibió dos propuestas formales de Cambiemos para sondear un acuerdo ante la crisis profunda. Nunca las contestó. La respuesta parece haber sido el envío de la Ley de Presupuesto al Congreso. Una plataforma exigua ante la gravedad del presente.

Más allá del relato de nueve páginas, la comunicación de Cristina parece insuficiente para ahuyentar fantasmas. Sus imposiciones en materia judicial asoman indesmentibles. Hace ruido la infinidad de episodios de política interna y externa que someten al Presidente a un estrés cotidiano. Razones del clima agobiante en el país que reconoce la vicepresidenta. Del cual no es ajena ni espectadora.

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