Argentina

Los daños a silobolsas, el "agribashing" y una grieta que no debe ensancharse

Por Alejandro Valeiro - Especial para Clarín Rural

Después de 130 roturas de silobolsas en lo que va de 2020, está más o menos claro que no se trata de hechos de inseguridad comunes, ni de daños por animales, ni de travesuras infantiles. No puede haber casualidad, ni “daño por el daño mismo”: claramente hay un mensaje anónimo contra el sector agropecuario argentino. Probablemente una crítica al modo de producción convencional.

Este tipo de metodología no es nueva en el mundo. Los productores franceses -los más fuertes de la Unión Europea- la llaman agribashing y la describen como “un proceso de denigración sistemática del sector agrícola” al que se le critica “su uso de productos fitosanitarios y biotecnologías, los métodos de cría intensiva de ganado, y el orientar la producción hacia la exportación”. ¿Suena conocido?

En 2019, los ataques contra los agricultores franceses aumentaron notoriamente y en noviembre pasado ya se registraban casi 15.000 hechos de distinto tipo, o sea dos por hora. Los atentados a granjas ganaderas y carnicerías por parte de activistas veganos, por ejemplo, causaron una indignación particular. Mientras tanto, las tensiones de larga data con los grupos ambientalistas se profundizaron en medio de debates sobre la prohibición del glifosato y la restricción del uso de pesticidas cerca de áreas habitadas.

La escalada de violencia fue tal que, a finales del año pasado, el Ministerio de Agricultura junto a la Gendarmería Nacional francesa crearon la célula Déméter para el seguimiento a los atentados al mundo agrícola, en acuerdo con organizaciones de productores. La idea es dar una respuesta global y coordinada con acciones de sensibilización para prevenir los ataques, armar una cartografía de atentados, detectar nuevos grupos violentos, y organizar un tratamiento judicial de las infracciones mediante el uso centralizado de la inteligencia judicial, el intercambio selectivo de información y la coordinación de las investigaciones.

ONGs galas denunciaron esta iniciativa como "un dispositivo de monitoreo con contornos peligrosamente borrosos", y que apuntaría a "acciones de naturaleza ideológica", incluidas "acciones simbólicas simples de crítica al sector agrícola que caen dentro de la libertad de pensamiento y expresión". Algunos consideran que los productores franceses se victimizan excesivamente y que se niegan a escuchar que su modelo de producción fue demasiado lejos en su intensificación, industrializando la vida de animales y plantas, cortando los lazos con el resto de la sociedad que los cuestiona legítimamente, por su excesivo uso de pesticidas, el sufrimiento animal que generan o la calidad de los alimentos que producen.

Francia y Argentina (con sus particularidades) han sufrido un mismo proceso en las últimas décadas: la sistemática disminución de la población rural, en contraposición al elevado crecimiento de la población urbana. En Argentina el período más crítico en cuanto al éxodo del campo se constata en la década del ochenta y noventa del siglo XX, con una caída de la población rural del orden del 13%. Pero el proceso continúa: basta ver la disminución creciente del número de productores que muestran los sucesivos censos agropecuarios.

A riesgo de simplificar, el hecho es que la mayoría de la población argentina ha dejado hace décadas de tener contacto directo con la actividad agropecuaria y está muy lejos de comprender sus complejidades y angustias.

Paralelamente al despoblamiento rural, existe a ambos lados del océano un fenómeno –minoritario y más reciente- de “vuelta al campo” de gente que busca más tranquilidad, mayor contacto con la naturaleza y más espacio y tiempo para actividades familiares, sociales y recreativas. En Argentina esto se da más en áreas de valor paisajístico (sierras, montañas o mar); en pequeñas y medianas localidades cerca de ciudades medianas; o en lugares de valor histórico o patrimonial.

Marcelo Sili (investigador del Conicet, UNS) identifica el conflicto que esta nueva tendencia produce “entre dos grandes posiciones ideológicas y culturales. Una, que no tiene ningún tipo de institucionalidad ni movimiento, pero que emerge como un discurso anclado en experiencias personales de la vuelta al mundo rural y la apuesta por nuevos modos de vida y producción (por ejemplo, movimientos de defensa por la tierra, por el agua, por las semillas, movimientos populares de construcción de viviendas ecológicas, nuevos profesionales jóvenes migrantes hacia las zonas rurales), y una posición “anti-idílica” que se traduce en los discursos técnicos que pregonan la necesidad de la explotación de los recursos naturales hasta límites poco sostenibles, el crecimiento productivo y la modernización como factor clave del desarrollo nacional”.

Agribashing o no, es obvio que en Argentina hace falta tomar el toro por las astas, asumir el problema y contribuir al diálogo, la comunicación y la comprensión de las distintas visiones, antes que esta nueva grieta escale a los niveles de Francia. No podemos permitirnos ignorarla.

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