Argentina

Los riesgos del "victimismo"

Hace unos días, en Rosario, una chica se bajó aterrada de un taxi y denunció en Instagram al conductor por intento de secuestro. Tras un revuelo en medios y redes, se comprobó la inconsistencia de la acusación y varias feministas se animaron, por primera vez, a discutir la validez del escrache.

Esta modalidad que tiene mucho de "justicia por mano propia" puede hacer que, por una mentira o una suposición, haya gente que pierda trabajos, relaciones amorosas, amigos. El caso del taxista evidenció, también, la discriminación que pesa sobre la clase trabajadora y los peligros del accionar de las victimas autopercibidas.

Los miedos que generalmente tenemos las mujeres respecto a las posibilidades de ser física o psicológicamente vulneradas, se vieron acicateados en los últimos años por el victimismo o la instauración de la víctima como “la gran heroína democrática de nuestra época” al decir del escritor Nicolás Mavrakis.

Este procedimiento se llevó principalmente a cabo en esa tierra de nadie en la que a veces se trasforma Internet, un lugar en el que los gestos violentos y ultra narcisistas son amparados por la virtualidad, por no poner el cuerpo. Allí y en otros espacios de formación de opinión, el feminismo punitivo y otros activismos en boga promovieron la denuncia sin necesidad de pruebas, dando a la sociedad una lectura sesgada de la realidad en la que la “mujer víctima” parece ser la única posible.

 ¿Cuál es el atractivo de ser una víctima? Aunque la primera respuesta debería ser ninguno, lo cierto es que ser víctima es, también, ser una especie de acreedor. A la víctima se le deben compensaciones, protecciones y tratos especiales. Esto hace, por supuesto, que las verdaderas víctimas queden desdibujadas frente a las víctimas que ocupan ese lugar por una confusión o por motivos mucho más espurios.

Hoy en Argentina, con un índice de pobreza que alcanza casi a la mitad de la población, muchos feminismos siguen pensando a la violencia de género como un problema más grave y extendido que la falta de techo y acceso a la salud y la educación.

La potente influencia que tienen los activismos tendientes a dividir a la sociedad en grupos que se controlan unos a otros sigue en alza y se concreta la idea de una comunidad fragmentada que, como reflexiona la pensadora norteamericana Nancy Fraser, facilita el control excesivo de los individuos por parte de los poderosos.

El mayor peligro de seguir legitimando el escrache en redes sociales es que paguen justos por pecadores, algo que evidentemente no calcula la persona que denuncia sin pruebas. Si se calculara un poco mejor, se comprendería que la inversión de la idea "es inocente hasta que se demuestre lo contrario" es como un boomerang que puede volver sobre alguien que uno quiere o sobre uno mismo.

Algunas mujeres que militaban el escrache a los varones dejaron de hacerlo cuando el escrachado fue su hijo, hermano, padre, novio o amigo. Esperemos que no sea necesario padecer el dolor de una denuncia infundada para entender que la presunción de culpabilidad es un acto funesto que, de consolidarse del todo, arrasa con cualquier posibilidad de justicia real.

Nancy Giampaolo es periodista 

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