Argentina

Murió Diego Maradona: su última imprudencia fue dejarnos a todos llorando

Huérfanos.

Viudos.

Lloren, argentinos, lloren.

Se ha roto el espejo nacional y las astillas se clavan en los corazones de todos, malheridos como el suyo. No hay grieta, las lágrimas son unánimes. Cometió la última de sus imprudencias. Se murió. Y nos condenó al desamparo.

Se mueve el piso, parece. No carbura el cerebro, parece. Un silencio fúnebre recorre las calles, se hace santuario improvisado en Fiorito, Nápoles o La Paternal y en el almita destartalada de todos se van levantado altares espontáneos. En el Cambalache atroz de este país, el calefón y la Biblia ahora tienen otra estampita acompañando. En la Babel unificada por las redes sociales, el mundo entero rinde todos los homenajes. Y en la cabecita atolondrada por el golpe suena como letanía "para saber como es la soledad, tendrás que ver que a tu lado no está". No se puede dar esa pelea a lo inevitable. "La soledad es un amigo que no está".

Eso fue. Un amigo de todos. Cosquillas en el estómago al trepar las escaleras de cualquier cancha, una hora, media hora antes de que saliera jugar. La boca abierta ante ciertas maravillas, embobados con ese petisito que efectivamente parecía haber venido de otro planeta. Porque como él ninguno. Eso provocaba.

Cuatro veces fue Gatti a buscarla adentro. Gateó a Fillol dos veces, en la Bombonera aquella noche de lluvia y barro y en el Monumental, aquella tarde de sol. La entrepierna de San José todavía está colgada de un poste del Bernabéu cuando lo hizo pasar de largo antes de empujarla al arco vacío. El arma asesina del vasco que le destrozó un tobillo en el Camp Nou sigue en cadena perpetua. ¿San Genaro seguirá licuando su sangre en Napoles?

Le dijimos que era Dios. No fue su pecado. Fue Dios para todos cuando no se podía creer en nadie y en alguien había que creer. Tal vez por esas piruetas extrañas elegimos como un ser superior al más terrenal de todos, al más transparente, el que no se guardaba ni una pizca de misterio. Era tal como lo veíamos. Como nosotros. Coherente y contradictorio, una llama ardiendo en el enojo, ternura infantil en la emoción. Era capaz de hacer sentir amigo al que recién conocía si le había caído en gracia o la peor porquería si lo ubicaba en la otra vereda. "Dame un abrazo" o "la tenés adentro". Mal o bien, siempre estuvo. Necesitábamos un Dios y fue él. Abandonemos toda esperanza: no resucitará dentro de tres días.

Es la hora de abrir el álbum personal. De revisar esas fotografías que cada uno archivó en su memoria. Sin miles. Serán millones con el paso del tiempo. Lo veo saliendo de un entrenamiento en Argentinos, en un auto rojo, con Claudia de copiloto. Lo veo en La Candela, haciendo malabares. Y en la barra del hotel Iruña, en Mar del PLata, donde estaban Boca y River para un torneo de verano, tomando café con Passarella y Gallego. Lo veo escuchando a Menotti. Lo veo en Milan antes del debut con Camerún cuando Menem lo nombró "embajador deportivo". Veo su tobillo como una maceta en Trigoria. Lo veo bajar de micro. Siempre, pero siempre, con la camiseta de la Selección. Lo veo al lado de la Ferrari Testarrosa. Y hablando con Bilardo. Y lo veo insultar a los italianos porque silban el himno. Y haciendo jueguito con una pelotita de golf en el Babson College de Boston. Y tocar y tocar con Redondo antes de aquel golazo a los griegos. Lo veo salir de la mano de la enfermera Sue Carpenter rumbo al antidoping fatal. Y lo veo el aeropuerto de Dallas, sentado en el piso, dando a Clarín aquella famosa entrevista. Veo todo lo que el dolor, la bronca y la impotencia dejan ver.

No alivia saber que alguna vez iba a pasar. No alivian las señales que dio. En el departamento de la calle Franklin, en Punta del Este, en la Suizo, en esta última internación en La Plata y después en Olivos. Como si hubiera habido una sensación de que la tragedia se avecinaba, en cada cancha le rendían tributo. En cada partido de Gimnasia. En el trono que le pusieron en San Lorenzo. En esa tarde-noche en Independiente al lado de Bochini y Bertoni. Y el día de su cumpleaños, en el Bosque, ayer nomás.

Se fue. Nunca será olvido.

Ho visto Maradona 

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