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Un viaje por Galicia en busca de monstruos y seres mágicos

Hay personas que solo creen en aquello que se puede medir y explicar a través de la ciencia y la lógica; otras, en cambio, admiten la existencia de elementos sobrenaturales, y también su interferencia ocasional en nuestras vidas. Me declaro agnóstico en ese ámbito, pero reconozco haber visitado diversos lugares de Galicia, España, asociados a ese género de leyendas, mitos o tradiciones.

Pena Molexa, hogar de una "moura"

Pena Molexa es un conjunto megalítico en el vecindario de Vilaluso, en el municipio coruñés de Narón. Algunos arqueólogos lo han identificado como un antiguo santuario celta, consagrado a alguna divinidad femenina vinculada a la tierra.

Otros estudiosos, estos más aventurados, aseguran que la losa superior del conjunto señala cada 19 años hacia el lugar por donde despunta la primera luna llena del solsticio de verano. Su hipótesis descarta, por tanto, la interpretación del lugar como un montón de pedruscos depositados al buen tuntún.

Pena Molexa protagoniza bastantes mitos. Uno de ellos lo considera el hogar de una moura. Según el folklore gallego, esas mouras son mujeres de aspecto despampanante, con largas cabelleras rubias, ojos azules y una piel muy pálida, que viven en las surgencias de agua o entre antiguos megalitos.

Acostumbran a llevar vestidos de color claro, y es habitual encontrarlas mientras acomodan su melena con un peine de oro. Son espíritus bondadosos -habrán advertido sus coincidencias con las hadas- que suelen agasajar al caminante, e incluso le aportan buenos consejos. Se dice que su consuelo es un bálsamo para los espíritus atribulados.

La tradición local asegura que la moura de Pena Molexa solo se deja ver la mañana de San Juan, "en la hora misteriosa en que aún no se puso la luna, y el sol va queriendo salir", cuando aparece rodeada de riquezas. A quienes tienen la suerte de encontrarla, les ofrece alguna de esas joyas, la que les guste más.

Si algún lector se plantea acudir en su busca, sepan que esta es una moura un poquito engreída, su ofrecimiento tiene truco: deben elegirla a ella, ya que se considera el más valioso de los tesoros. Cualquier otra elección se transformará inmediatamente en carbón. Inmediatamente, la moura desaparecerá hasta el año siguiente. Quedan avisados.

Los "mouros"

No crean que las mouras son las únicas presencias mágicas en el territorio gallego. Hay muchas más. Unos seres con un nombre parecido pero muy distintos por su aspecto y talante son los mouros, gigantes misántropos que viven en opulentos palacios bajo tierra, donde atesoran riquezas colosales. También ellos sienten debilidad por los vestigios célticos, cuyo subsuelo eligen como domicilio.

Uno de sus territorios preferidos es la pontevedresa sierra de Galiñeiro, que se levanta entre Vigo y Gondomar. El erudito Afonso Rodríguez González estudió su presencia allí a fondo. Este autor advierte que los mouros son esquivos y difíciles de ver, aunque suelen elegir días y horas fijos para sus paseos superficiales.

Debido a su peso descomunal, no es infrecuente que sus huellas y las de sus caballerías queden grabadas sobre el terreno, como sucede en algunos molinos rupestres de Chaín. En cualquier caso, los desplazamientos cotidianos los hacen a través de pasadizos subterráneos que los humanos confundimos con antiguas minas.

Los mouros adoran el oro, que suelen lavar por la noche. Dicen que, mucho tiempo atrás, algunas iglesias locales amanecieron rebozadas en reluciente polvo como secuela de ese lavado en las inmediaciones.

Una advertencia: algunos autores sugieren que los mouros son antropófagos. No está demostrado pero, por favor, extremen la precaución si coinciden con alguno.

Magia negra

De quienes habrán oído hablar, con seguridad, es de las meigas. Ya conocen el dicho: "Eu non creo, pero haberlas, hailas". La ortodoxia afirma que son mujeres malvadas, a quienes gusta causar el sufrimiento a personas y animales. También pueden destruir cosechas o arruinar la pesca.

Hubo una meiga célebre en la aldea coruñesa de Bertamiráns, en el municipio de Ames. Se cuenta que practicaba la magia negra, conjuraba el mal de ojo, adivinaba el porvenir y, a veces, cuando quería, sanaba ciertas enfermedades. Esta meiga fue muy popular, contaba con una fiel clientela de campesinos, que acudían atraídos por sus saberes... o empujados por el miedo.

Nuestra meiga tenía un enemigo irreconciliable, que la odiaba con ferocidad: el párroco de Bastavales, quien utilizaba los sermones para amedrentar con los fuegos del infierno a quien acudiera a la "consulta". El 13 de julio de 1885, la criada del sacerdote encontró su cuerpo sin vida, yacía en el suelo de su vivienda. No mostraba signos de violencia, pero ningún médico se aventuró a certificar una muerte natural. Cuando la Guardia Civil acudió a interrogar a la meiga, esta había desaparecido. Encontraron su cabaña abandonada, nunca más se supo de ella.

Si visitan la zona, deténgase a escuchar el tañido de las campanas de Bastavales. Rosalía de Castro les dedicó un poema en sus Cantares gallegos. Cuentan que a la meiga no le gustaba nada esa composición. Como curiosidad, la gran poetisa falleció el 15 de julio de 1885, solo dos días después que el párroco de Bastavales.

Es muy importante no confundir a las meigas con las bruxas. Estas últimas son bondadosas, a pesar de su nombre equívoco. De hecho, se acude a ellas cuando se cree estar enmeigado, porque conocen invocaciones, conjuros y pócimas que liberan de cualquier hechizo con mala intención. Cuentan que, antiguamente, todas las aldeas tenían una bruxa, a quien se solicitaba el remedio que aliviase los trastornos del cuerpo o del espíritu. Eran mujeres "sanadora".

María Soliña, la "bruxa" de Cangas de Morrazo

Muchas bruxas fueron injustamente perseguidas por la Inquisición, por fanatismo o por codicia. Un caso célebre fue el de María Soliña, una bruxa que vivió en Cangas de Morrazo a caballo entre los siglos XVI y XVII. Al enviudar, heredó de su esposo la casa familiar y algunas tierras; quedó en una situación económicamente confortable.

Por desgracia, su prosperidad suscitó la envidia de algunos nobles locales, deseosos de arrebatarle sus propiedades. Para conseguirlo, la denunciaron por prácticas de brujería ante el Santo Oficio, con el que tenían relaciones cordiales. Transcurría el año 1617, y María ya acumulaba 68 años; para aquella época era una anciana. El proceso arremetió contra otras ocho mujeres locales, a quienes también se juzgó.

Se considera la mayor causa contra la brujería que hubo en Galicia. Sometidas a tortura, las acusadas admitieron mantener relaciones carnales con el diablo y lo que hiciera falta. Como castigo, María fue despojada de todos sus bienes, entre otras represalias. Ya ven que, a veces, el fanatismo es solo una coartada que disimula la avidez y el pillaje.

Los "trasnos"

Con quien la Inquisición nunca se atrevió a litigar fue con los trasnos, unos duendecillos nocturnos muy traviesos que se entretienen revolviendo los objetos de las casas, en las que siembran el desorden y la confusión. Tienen un tamaño pequeño y suelen llevar una poblada barba de hipster. Estos trasnos tienen unas competencias matemáticas muy rudimentarias, solo saben contar hasta 5.

Los campesinos gallegos se aprovechan de esa limitación y esparcen granos de maíz en los dormitorios. Deslumbrados por el cereal, los duendes pasan las noches contándolos, sin completar la operación aritmética con éxito. Esa ocupación les impide dedicarse a las fechorías y, a veces, los empuja a abandonar la casa en busca de otra vivienda más satisfactoria.

La costa coruñesa de Ares, al sur de Ferrol, es una de las zonas gallegas que más han sufrido a esto. Su presencia aflora incluso en la toponimia, como demuestra la cueva del Trasno, en la apacible playa del Juncal. Dicen que su ocupante tuvo el don de transformarse en gallo, burro o caballo a voluntad, y que la versión gallinácea advertía con un sonoro quiquiriquí cada vez que una flota vikinga se aproximaba a este litoral.

Costas de Ares, Galicia, España. Foto: Shutterstock.

Costas de Ares, Galicia, España. Foto: Shutterstock.

De ese modo daba tiempo a los vecinos para escapar. En 2018, la Asociación Cultural Ferrol Terra Antiga propuso al Ayuntamiento de Ares la creación de un monumento dedicado a los trasnos, tal vez como reconocimiento a su conducta cívica.

Tardos y serpes

Los tardos exhiben cierto parecido físico con los trasnos, aunque son más feos y peor intencionados: hirsutos, tienen ojos redondos y negros, y muchos dientes que sobresalen de la boca. Suelen vestir de manera desprolija, lucen un gorro rojo y se protegen con una pequeña espada. Estos tardos tienen la desconsiderada costumbre de sentarse sobre las personas mientras duermen, provocándoles espeluznantes pesadillas. Si alguna vez experimentan ustedes un síntoma de ese estilo durante una siesta en Galicia, sospechen la proximidad de un tardo.

Aun más peligrosas son las serpes, unos gigantescos ofidios alados que viven en cuevas, en espesuras y cerca del agua. Estas serpes suelen ser guardianas de tesoros, que custodian con implacable ferocidad. Su presencia advierte, por tanto, sobre la cercanía de riquezas. Por desgracia, su alimento predilecto es la carne humana. Si alguna vez oyen un silbido intenso durante una excursión por un bosque gallego, no duden: den media vuelta y huyan de estampida. Si, pese a todo, se ven obligados a enfrentarse a una serpe, sepan que su único punto vulnerable es la garganta.

La Pena Trevinca y el reptil gigante

La Pena Trevinca está en la comarca de Valdeorras y es la montaña más alta de Galicia: su cumbre se eleva 2.127 metros sobre el nivel del mar. También es el escenario de una historia pavorosa, la de un gigantesco reptil que aterrorizó la comarca devorando a cualquier persona o res que se acercara a su guarida.

Esta se hallaba en la Lagoa da Serpe, una laguna natural de origen glaciar que se formó durante el período Cuaternario. La voraz fiera se había comido a cuantos intentaron acabar con ella, hasta que un intrépido joven del vecino pueblo de A Ponte solucionó el asunto... casándose con el bicho.

Montaña Pena Trevinca en Galicia, España. Foto: Shutterstock.

Montaña Pena Trevinca en Galicia, España. Foto: Shutterstock.

El monstruo era, en realidad, una hermosísima joven, víctima de un hechizo. El asunto se resolvió gracias a un resquicio del encantamiento: este permitía que la chica recuperara su aspecto normal las noches de luna llena. Advertido, el héroe acudió entonces, encontrando a la muchacha "blanca e inocente, desnuda y mojada sobre una roca". Se enamoraron como tortolitos.

Entre arrumaco y arrumaco, ella le explicó la manera de romper la maldición: tenía que esperar a que saliera el Sol, cuando recuperaría su aspecto monstruoso. Entonces intentaría devorarlo, no lo podía evitar, pero si él dominaba el miedo y le escupía dentro de la boca cuando la abriera, todo acabaría. Así sucedió. El mito asegura que se casaron y fueron muy felices. Ahora ya saben por qué, si van a la Lagoa da Serpe, solo encontrarán alguna lagartija inofensiva.

Pepe Verdú/ La Vanguardia

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