Colombia
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‘El arte me alimenta’, dice el crítico y curador Eduardo Serrano

Eduardo Serrano ha sido una de las figuras centrales del arte colombiano en el último medio siglo; o más: en 1969 era director de la legendaria galería Belarca y había sido parte del staff del Museo de Arte Moderno de Nueva York, donde, como contó en Bocas, alguna vez abordó a Andy Warhol y le hizo una entrevista que todavía no ha podido recuperar entre sus papeles.

Ha sido amado y odiado por varias generaciones de artistas y, sobre todo, adorado por varios monstruos del arte que de alguna manera crecieron arropados por sus palabras, sus críticas y sus consejos. La seriedad de su trabajo y su compromiso y su rigor con la belleza y la inteligencia y el horror y el humor del arte colombiano lo han convertido en una figura capital y esencial o, para citar a María Wills, directora de artes del Banco de la República, en un verdadero evangelista del arte.

(Lea además: Fernando Botero: la triunfal exuberancia/ Perfil de Eduardo Serrano)

Es autor de más de veinte libros. Fue curador del Mambo durante 19 años y esta noche, en la gala de la institución, que este año celebra seis décadas de trabajo, se le hará un merecido reconocimiento. Eduardo es parte de su historia.

¿Tiene una historia de amor y odio con el Mambo?

De odio no ha sido nunca, de amor sí, desde que me vinculé con la institución hasta hoy. Allá aprendí a trabajar en equipo, me hice curador, entendí claramente lo que es un museo. Pude investigar sobre temas que me apasionaron y pude hacer visibles a través de las exposiciones mis pensamientos sobre arte. Además, ¡qué orgullo haber hecho parte de una institución que ha sido construida, ladrillo a ladrillo, por todos los estamentos de la sociedad colombiana! Sus tres directoras, Marta Traba, Gloria Zea (¡con la que tuve unas amorosas peleas de antología!) y Claudia Hakim, han sabido conducirlo por una exigente ruta de calidad que lo ha convertido en un museo ejemplar. El Mambo sí es de veras de todos.

¿Cómo descubrió que su vocación era ser crítico de arte?

La pintura y la escultura me entusiasmaron desde siempre. Como adolescente en Barranquilla seguía fervorosamente los andares de Alejandro Obregón y no me perdía las exposiciones que esporádicamente llegaban generalmente al Hotel del Prado, puesto que no existían galerías ni museos. Allí conocí, que recuerde, la obra de Ricardo Gómez Campuzano. Poco a poco me fui acercando al arte, y los artistas, luego a la literatura, y dado que por una serie de circunstancias terminé estudiando historia del arte, me fue apasionando el tema y empecé a escribir mis apreciaciones sobre las obras que veía. Hernando Santos leyó algo que había escrito sobre el trabajo de Bernardo Salcedo y me invitó a hacer crítica en EL TIEMPO. Así fueron mis comienzos críticos.

¿Cuál es la diferencia entre un curador y un crítico?

Bueno, pues las diferencias son muchas —como lo sabes bien porque tú has hecho crítica en diversos períodos—. Por ejemplo, el crítico debe emitir juicios de valor, en tanto que el curador debe proponer un postulado e ilustrarlo con las obras que expone. El crítico considera las obras desde un punto de vista más libre que el curador, no tiene que responder por sus opiniones ante casi nadie y por eso mismo sus pronunciamientos y reacciones son más rápidas. El curador, si lo es de alguna institución, pues tiene que buscar consensos, además de múltiples obligaciones administrativas. El ideal es ser curador independiente, que puede ir de aventura en aventura, en su propio tiempo. Pero es claro que el impulso crítico constituye parte importante de los planteamientos del curador.

¿Cuáles son, para usted, los 10 artistas colombianos más grandes de todos los tiempos?

Fernando, lo siento, pero… ¡solo diez nombres para 300 años de historia! Pongámoslo más bien así: del período colonial: Vázquez y Ceballos y de Vargas Figueroa, del siglo XIX: García Hevia, Espinoza y Andrés de Santa María, y entre modernos y contemporáneos: Obregón, Botero, Antonio Caro, Negret, Ramírez Villamizar, Grau, Carlos Rojas, Gómez Jaramillo, Manuel Hernández, Ana Mercedes Hoyos, Darío Morales, Luis Caballero, Vellojín, Bernardo Salcedo, Bursztyn, del Villar, Norman Mejía, Astudillo, para mencionar solo a los fallecidos. Pero las obras que han estado rondando recientemente en mi cabeza, puesto que considero que están en un momento propicio y de evidente brillo por lo que me propongo escribir sobre ellas, son las de: Ricardo Cárdenas, Jim Amaral, Sair García, Fanny Sanín y John Castles, quienes ya tienen sus trayectorias bien consolidadas.

Usted tiene una de las colecciones más espectaculares de la Escuela de la Sabana, ¿por qué cree que este grupo no ha sido suficientemente valorado en Colombia?

Porque ocupa un largo lapso en la historia del arte nacional, de 1894 a 1934. Los artistas de la Escuela dieron, tímida pero resueltamente, los primeros pasos modernistas estimulados por Andrés de Santa María, pero acusando cada cual definiciones propias. Es el primer movimiento nacionalista en la historia del arte colombiano, puesto que enfatizaron la belleza y características del territorio con tono emocionado. Fíjate que cuando me convertí en curador del Mambo, lo primero que hice fue en organizar dos exposiciones: una sobre el arte político y la otra sobre el paisaje. La de política porque se decía que no era un tema válido para el arte y la muestra demostraba que la política había sido parte del arte colombiano desde los tiempos de Bolívar, y la de paisaje porque era imposible que el entorno natural no influyera de alguna manera el trabajo de los artistas del país, su personalidad y visión del mundo.

¿De qué artista universal le encantaría tener una pieza?

De Joseph Beuys. Me atraen mucho sus conceptos acerca del arte social y su visión general acerca de los propósitos del arte.

¿A cuál le gustaría curarle una exposición?

A David Hockney, me interesa toda su obra.

Usted estuvo cerca de La Cueva, con Obregón, Gabo y Cepeda Samudio, ¿cuál es la anécdota más divertida de esos años?

La anécdota más famosa es la que cuenta Fausto Panesso de cuando Obregón se comió vivo, con pan y mantequilla, un grillo amaestrado, dejando estupefactos a sus contertulios que tuvieron tema de conversación para al menos tres noches de juerga. Lo malo fue que dejó inconsolable al amaestrador del grillo que le había enseñado a hacer piruetas obligando al artista a pagarle para que adiestrara otro.

En esa época también quería ser escritor, ¿guarda algún cuento o un escrito de esa época?

En EL TIEMPO y El Espectador se publicaron mis cuentos. Unos pocos, pero me da susto leerlos ahora. A Gonzalo Arango le gustaron y me invitó a unirme al Nadaísmo, lo que hice por algunos meses antes de irme a estudiar fuera del país.

A usted le tocó una época en la que los artistas peleaban a muerte, ¿cuáles cree que son las peleas antológicas del arte colombiano?

La de Edgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar, pues duró años, la de Álvaro Herrán y Alejandro Obregón, y las de los artistas conmigo y con otros críticos por considerar que no se les había reconocido suficientemente su talento. Pero las peleas eran cortas, sin rencores y el premio se lo llevan las de Marta Traba con artistas como Ariza, Acuña, y Gómez Jaramillo.

¿Cuáles son las mejores exposiciones que ha curado?

Arte y Política, Cien Años de Arte Colombiano, la Bienal de Medellín, la Historia de la fotografía en Colombia, los salones Arenas, y la video-exposición que organicé para el Mambo para celebrar el bicentenario del grito de independencia.

¿Cómo hace para no envejecer? ¿Cómo ha logrado mantener la mirada fresca y disfrutar de todos los artistas jóvenes?

No sé, el arte me alimenta como a otros la política o la música, y siempre me ha gustado lo novedoso, de ahí mi constante interés por el arte de los jóvenes.

¿Qué artista nuevo lo ha deslumbrado?

De hecho, son muchos. Te voy a nombrar un grupo de jóvenes que son, en mi concepto, dignos de ponerles el ojo: Diego Díaz, Alejandro Sánchez, Oscar Villalobos, Jeison Sierra, Daniel Gómez, Diana Beltrán, Carolina Borrero, Javier Caraballo, Danilo Cuadros y Yosman Botero.

Fernando Gómez Echeverri
Editor de Cultura de EL TIEMPO
@LaFeriaDelArte