Colombia

El futuro de los masivos

Los sistemas masivos de transporte público revolucionaron las ciudades colombianas. Inspiradas en el modelo TransMilenio de Bogotá, más capitales se fueron sumando para crear los suyos, con todas las dificultades que ello implicó. Y, mal que bien, el esquema de buses articulados, con rutas alimentadoras, portales, estaciones y tarjetas personalizadas de pago, irrumpió en la geografía urbana con amplio respaldo ciudadano en sus inicios. En términos de movilidad y dignidad con los usuarios, el paso fue enorme con respecto al obsoleto servicio que se prestaba antes.

Dos décadas después, y por múltiples variables –caos financiero, competencia desleal, colados y escasa voluntad política de los gobiernos para continuar con su implementación–, varios de ellos comenzaron a sufrir una profundas crisis.

TransMilenio siempre ha sido un caso excepcional, pese a arrastrar un déficit que hasta antes de la pandemia bordeaba los 700.000 millones de pesos al año, incluyendo el engendro del SITP provisional. Aun así, hay proyectadas nuevas troncales y la flota de buses está siendo reemplazada por sistemas eléctricos (259 nuevos y 1.105 adjudicados), señal de que la apuesta sigue.

Se trata de salvar un sistema que ha demostrado sus bondades y eficacia, pero al que la realidad
le devela un panorama complejo.

Pero la pandemia terminó dándoles otra estocada y ha puesto en serios aprietos su supervivencia. Como lo expresó el gerente de TransMilenio en Portafolio, la ocupación de los buses no llega hoy al 50 %, en buena medida por temor al contagio, cuando a la postre resultan más seguros por su sistema de ventilación. De 4 millones de pasajeros que se movilizaban en un día normal se pasó a 1,7 millones hoy. El hueco ya supera el billón de pesos, que debe salir de los recursos de la ciudad, y la Administración no autorizó nuevas alzas para aliviar su situación.

Todo esto lleva a plantear si no ha llegado la hora de que el país y las ciudades den un debate responsable en torno a un subsidio pleno del transporte masivo, si es viable continuar con el esquema actual o si hay forma de generar nuevos ingresos. Expertos advierten que tras la crisis sanitaria el modelo no será viable. La gente se desplaza en modos más amigables, como la bici, o menos amigables, como el vehículo de segunda y la moto, cuyas ventas están disparadas.

Subsidiar significa que los centros urbanos asuman una carga importante para el buen funcionamiento de estos sistemas y que se hagan las apropiaciones presupuestales de rigor. Es entendible que la salida no es fácil, pues representa millonarios recortes en otras áreas con impacto en los programas de gobierno. Adicionalmente, las arcas oficiales están comprometidas y muchas ciudades no tendrían el músculo financiero para asumir tales erogaciones.

Lo importante, insistimos, es dar el debate de fondo, mirar los números, prever escenarios, minimizar consecuencias, hacer estudios serios que comparen capacidad, costo de inversión y operación por pasajero, sin dar cabida a fórmulas ligeras y populistas. No se trata de cambiar el modelo, y menos de dejarlo a la deriva. Tampoco, de evitar que surjan nuevas alternativas como el metro. Se trata de salvar un sistema que ha demostrado sus bondades y eficacia, pero al que la realidad le devela un panorama complejo.

EDITORIAL

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