Colombia
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¿Espectadores o participantes? / Análisis de Ricardo Ávila

Hasta hace unos años, en Barranquilla nadie había oído hablar de StepUp, una empresa con operaciones en América del Norte que fabrica andamios y estructuras multidimensionales. Tampoco era conocida Kannoa, dedicada a la elaboración de muebles para espacios exteriores, que atiende a las cadenas de hoteles y cruceros en Estados Unidos.

La razón era obvia: se trataba de compañías ubicadas en otras latitudes que vendían en un mercado distinto al colombiano. Pero desde cuando ambas decidieron invertir en la capital del Atlántico para abrir espacios de manufactura, dejaron de ser desconocidas, tanto por el empleo que generan como por la compra de insumos locales y por ser una nueva fuente de exportaciones.

Lo que no se sabe tanto es que la causa principal de haberse movido al Caribe implicó dejar atrás líneas de producción en China para estar más cerca de la que sigue siendo la economía más grande del mundo. “El manejo logístico se les había hecho más costoso y menos ágil”, comenta alguien que conoce del tema.

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Ejemplos como los señalados abundan en muchos sitios. De hecho, los especialistas en comercio exterior tienen términos en inglés para describir los procesos de relocalización de plantas industriales: reshoring, cuando estas vuelven al país de origen y nearshoring cuando se ubican a una distancia cercana. Incluso existe la acepción friendshoring para señalar que la instalación ocurre en naciones amigas.

No hay duda de que el nuevo léxico encuentra sus raíces en la geopolítica. Sin desconocer que es lógico que un productor considere que le conviene ubicarse a una distancia moderada de sus compradores, factores que van más allá de lo relacionado estrictamente con el negocio aparecen en la ecuación.

Giro en el viento

De tal manera, la determinación de Gran Bretaña de abandonar la Unión Europea, la guerra en Ucrania o el independentismo catalán han influido sobre la actuación de incontables firmas que han adaptado sus planes a realidades cambiantes. Sin embargo, nada se compara a los ocasionado por los roces comerciales entre Washington y Pekín, porque se trata de un choque entre dos gigantes.

Basta recordar que, cuando estaba en la Casa Blanca, Donald Trump tomó la decisión de elevar los aranceles a los bienes venidos de China. Ese gravamen –que en general asciende a un 25 por ciento– se aplicó a una multitud de renglones, con razones que iban desde la pérdida de empleos hasta la necesidad de recuperar la soberanía en áreas clave.

Más allá de los argumentos esbozados, lo cierto es que Joe Biden mantuvo lo hecho por su predecesor. Claramente quedó planteada una lucha de largo plazo por la supremacía económica y tecnológica entre ambas potencias, que se nota en un enfriamiento en distintos niveles.

Xi Jinping y Joe Biden

Xi Jinping y Joe Biden en una reunión.

Además, la pandemia ocasionó cuellos de botella adicionales, como aquella vez que las autoridades chinas decidieron aplicar una cuarentena estricta en el puerto de Shanghái, el más activo del planeta. Incontables despachos no llegaron a tiempo y demostraron que no bastaba contar con proveedores baratos si no se cumplían los plazos de entrega.

Cualquiera sea el factor determinante, lo cierto es que las cosas han cambiado mucho. Mientras en 2017 China representaba el 21,6 por ciento de las importaciones estadounidenses, el año pasado esa proporción cayó al 16,3 por ciento.

Y no es que el Tío Sam haya dejado de adquirir artículos hechos en otras latitudes, pues lo que trajo de afuera el año pasado es un 40 por ciento más que en la época anterior al covid-19. Puesto de otra manera, no solo la torta ahora se reparte de manera distinta, sino que es de un tamaño mayor.

Ese es el motivo por el cual los académicos sostienen que la globalización persiste, pero que entró en una nueva fase. Si antes el criterio predominante era fabricar donde el costo fuera más bajo, ahora el origen y la distancia tienen un peso creciente, así ello implique salir de un lado a otro. Dicho de manera coloquial, fuera de no poner todos los huevos en la misma canasta, hace sentido poseer más de un gallinero.

No hay duda de que América Latina debería beneficiarse de ese cambio de viento. 

Cómo nos ven

Numerosos análisis coinciden con esa apreciación. Para solo mencionar uno, el Banco Mundial dio a conocer en abril pasado un documento de corte regional que lleva el título de ‘El potencial de la integración: oportunidades en una economía global cambiante’.

Según el estudio, tanto el nearshoring como la transición energética que demanda la lucha contra el cambio climático son circunstancias que les permitirían progresar más rápido a los países latinoamericanos. Y eso es algo urgente a la luz de bajas tasas de crecimiento que “no alcanzan para aliviar la pobreza ni a disipar las tensiones sociales”.

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Lamentablemente lo que se ha hecho hasta ahora no es muy alentador. Para comenzar, aparte de unas pocas excepciones, el peso del comercio internacional relativo al tamaño de las respectivas economías es uno de los más bajos del mundo.

Parte de tan pobre desempeño se explica por un intercambio intrarregional que es muy inferior al de otros continentes. Cuellos de botella como la mala infraestructura o los obstáculos en las aduanas, junto con la desconfianza entre vecinos, ayudan a entender la radiografía.

Energía eólica - Transición energética

A lo anterior se suma que los flujos de inversión extranjera se comportan menos bien de lo que parece. Cuando se miran los capitales que llegan a las naciones emergentes, queda en claro que América Latina ha perdido una participación significativa desde 2010.

Bill Maloney, economista jefe del Banco Mundial para América Latina, reconoce que en 2022 tuvo lugar un repunte, pero que este no se encuentra lejos de los promedios históricos recientes. “Seguimos básicamente en lo mismo”, expresa el experto.

Entre las razones esbozadas es que el criterio para ubicarse en un sitio específico depende de distintos factores. No hay duda de que la proximidad o el costo de los salarios influye, pero también juegan el valor de la tierra o los impuestos.

Y en un plano más amplio aparecen la estabilidad en las reglas del juego, las facilidades de transporte, la educación de la fuerza laboral, la calidad de los servicios públicas, la seguridad o el entorno para hacer negocios, entre otros. Como es lógico, resulta imposible sacar la nota máxima en todo, pero el promedio de la calificación debe ser lo suficientemente alto.

Lo que se ve hasta ahora es revelador. Un estudio de varios técnicos del BID encabezados por Mauricio Moreira muestra que el retroceso de China como proveedor de Estados Unidos llevó a que parte de las plantas relocalizadas se ubicaran en otros lugares de Asia, especialmente Vietnam. En lo que atañe a América Latina, resulta incuestionable que el gran ganador hasta ahora es México.

Obviamente este último cuenta con muchos elementos a su favor, que comienzan con una línea fronteriza de 3.141 kilómetros en la que existen 53 puentes muy activos. Tanto, que un millón de personas pasan legalmente de un lado a otro todos los días y el valor de los bienes intercambiados asciende a 1.700 millones de dólares cada 24 horas.

Tales cifras son resultado de la especialización en sectores clave como el automotor. Como muestra, Tesla –la gran fabricante de autos eléctricos– acaba de anunciar una inversión de 5.000 millones de dólares en una megaplanta que creará 6.000 empleos en el estado de Nuevo León.

Las estadísticas muestran que solo entre 2018 y 2020 se instalaron en territorio mexicano 830 empresas una parte de ellas de origen chino. Además, un sondeo dado a conocer en julio indicó que para 2025 el nearshoring atraerá a 453 firmas adicionales.

Los demás juegan

¿Quiere decir lo anterior que el resto de América Latina no tiene nada que hacer? La respuesta es un rotundo no, afirma el experto Martín Gustavo Ibarra. El especialista señala la voluntad expresa de la República Dominicana, Panamá y Costa Rica orientada en atraer capitales con base en sus respectivas fortalezas. Los ticos, por ejemplo, se han especializado en líneas como tecnología y farmacéutica, al caonvocar a multinacionales de primer orden.

Por su parte, Colombia intenta hacer la tarea. “Barranquilla, además de contar con una infraestructura de negocios competitiva, capacidades logísticas, talento humano calificado y bilingüe, tiene dos grandes diferenciales como lo son su tejido empresarial sólido y la articulación público-privada que la hacen el destino ideal para el nearshoring”, afirma Vicky Osorio, directora ejecutiva de ProBarranquilla.

Tenemos cómo salir ganadores de esta nueva realidad del comercio global, pero es indispensable una labor mucho más coordinada, políticas específicas

Otras ciudades en el Caribe ofrecen sus atractivos, al igual que Medellín, Manizales o Cali. Si bien faltan estadísticas consolidadas y los registros del Banco de la República de inversión extranjera no distinguen entre nuevos emprendimientos o expansión de los existentes, los casos relatados al comienzo de este artículo muestran que hay movimiento. Una nota de prensa reciente sostuvo que una treintena de compañías trasladarían sus procesos industriales a la capital del Atlántico.

Incluso el interés va más allá de la industria y se extiende a los servicios. También la capital Barranquilla vio llegar a OP360, una firma nacida en Filipinas que trabaja en las áreas de tercerización de procesos y soporte técnico y quería tener gente en la misma zona horaria de Estados Unidos.

Consultado al respecto, el ministro de Comercio, Industria y Turismo, Germán Umaña, sostiene que el Gobierno ve con buenos ojos los capitales foráneos que implican creación de capacidad y transferencia de tecnología. Para el funcionario, el país está en el radar de los inversionistas gracias a la actividad de promoción de entidades como ProColombia, lo cual ha permitido concretar varios proyectos.

Aun así, Martín Gustavo Ibarra subraya que no todas las señales van en la dirección correcta y que hay que hacer mucho más. “Tenemos cómo salir ganadores de esta nueva realidad del comercio global, pero es indispensable una labor mucho más coordinada, políticas específicas y mensajes que les hagan sentir a las compañías privadas que aquí son bienvenidas”, agrega.

A su vez, María Claudia Lacouture, presidenta de la Cámara de Comercio Colombo Americana, asegura que “oportunidades hay, pero se requiere de un esfuerzo tanto de gobierno para atraer potenciales inversionistas y dar las condiciones de confianza y certidumbre como también de generar ecosistemas que permitan un trabajo de encadenamiento y productividad”.

Bill Maloney, por su parte, dice que Colombia está rezagada en el desarrollo de su sector exportador, para lo cual debería concentrarse en aquellos mercados en donde hay mucho terreno para avanzar. “Cuentan con acceso preferencial a Estados Unidos, gracias a un tratado de libre comercio que merecen aprovechar mucho más y que es un buen argumento para interesar a muchas empresas extranjeras”, afirma.

No obstante, también existe el riesgo de quedarse atrás, sobre todo si el país se convierte en un lugar más difícil para hacer negocios o le sigue dando la espalda a la internacionalización de su economía. Todavía es muy temprano para concluir quién, más allá del caso excepcional de México, es capaz de hacer las cosas bien a la hora de pescar en el río revuelto de la relocalización industrial.

Pero lo que es indiscutible es que la carrera por la relocalización industrial ya comenzó. Parafraseando el Nuevo Testamento, muchos serán los llamados, pero pocos los escogidos. Queda por verse si Colombia se ubica en el segundo grupo y logra insertarse en las cadenas globales de valor, en lugar de ser el espectador de siempre.

RICARDO ÁVILA


ESPECIAL PARA EL TIEMPO
​En X: @ravilapinto