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Colombia

Los rostros de la Salsa

“Hacia mediados de la década de 1970, un fantasma sandunguero y bailador (…) empezó a recorrer América”, y se lee más adelante: “bautizado con el pegajoso y comestible apelativo de ‘Salsa’ volvía por los fueros y territorios que desde el siglo diecinueve le habían pertenecido a los ritmos y bailes caribes: a la vieja contradanza y a su hijo el danzón, al indetenible son, al mismo mambo y al cha-cha-chá”.

Esto nos dice Leonardo Padura en su libro Los rostros de la salsa -que hoy presentaremos a las 18h30 en uno de los templos salseros de Cali, La Topa Tolondra-, en donde el gran novelista cubano recoge diez extraordinarias conversaciones con los mejores músicos y expone sus ideas sobre este grandioso fenómeno musical que le devolvió a los ritmos caribes la supremacía en América Latina, perdida en los sesentas por el dominio anglosajón de los Beatles, la balada en inglés, el rock irreverente y el pop.

La Salsa es esa música de origen claramente cubano pero que se reproduce y difunde en los 70 desde Nueva York, sede de la Fania, con letras que buscan ya no sólo divertir o apelar a la nostalgia, sino a la conciencia, vital y política, de toda una región llamada América Latina. “Usa la conciencia, latino”, dice Blades, porque Rubén fue tal vez el más famoso, el que llegó más lejos. ¡Casi hasta la presidencia de Panamá! Hijo de una cantante de boleros cubana y un detective panameño, con una abuela colombiana que hacía yoga, tenía estudios universitarios y era feminista, y que además practicaba la levitación y creía en la justicia social.

Este personaje unido a Willie Colón, nacido en una barriada latina de Nueva York, de padres puertorriqueños, son los que inician, al lado de Héctor Lavoe, esa gran revolución musical que llega a la apoteosis a mediados de la década de los 70 y que, poco a poco, empieza su declive hacia fines de los 80.

Lavoe, el genio que se devora a sí mismo y se autodestruye, sale del escenario deteriorado por el alcohol y las drogas relativamente pronto, pero quedan Willie Colón y Rubén Blades en la cima, al lado de artistas sensacionales como Johnny Pacheco, Johnny Ventura, Celia, Cachao López, Cheo Feliciano, y más adelante Juan Formell, Wilfrido Vargas e incluso el mismo Juan Luis Guerra.

Para Padura, la separación (años después) entre Willie Colón y Blades equivale, en la Salsa, a lo que supuso la separación de los Beatles para la música rock. Ya lo escribí en otro lado: Siembra, el disco más vendido en la historia de la música caribeña, producto de esa majestuosa colaboración, fue el Cien años de soledad de la Salsa.

La música que se hacía en Cuba en esos años quedó aislada, sin poderse exportar, sin ser escuchada en los grandes auditorios internacionales. Fue una de las consecuencias del bloqueo posterior a la Revolución. Esto, nos dice Padura, ocasionó un estancamiento creativo, unido a la muerte o al exilio de los grandes, y hubo que esperar a músicos innovadores como Juan Formell y a que las charangas mantuvieron el espíritu tradicional para lograr la revitalización de la música cubana.

Y Cali y su música, ¿dónde está? Para hablar de esto, cosas extremadamente serias, los espero a todos esta tarde en La Topa Tolondra. Vamos a demostrarle a Padura cuánto lo queremos y cuánto la Salsa está en los cimientos y la conciencia de esta ciudad.

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