Cuba

Fidel, la humanidad en su corazón solidario

En el alma cubana Fidel plantó semillas de solidaridad e internacionalismo, las fertilizó con su ejemplo, las hizo germinar y las esparció por el mundo, a contrapelo de asechanzas y tempestades.

Un monstruo irrumpió en la noche habanera a más de 300 km/h y abrió un surco de dolor, desde el Cerro hasta Guanabacoa, cuando enero de 2019 casi se despedía. Poco después estaba allí el Presidente cubano Miguel-Díaz Canel, con una mano extendida y la otra en los hombros de los que quedaron sin casa ni pertenencias. Aquel acto nos devolvía a Fidel, solidario y desafiante.

Al pie de la tragedia, entre miradas tristes y sueños estrujados, la presencia del actual Jefe de Estado cubano en un sitio y momento crucial, como tantas veces lo hizo nuestro líder histórico –y también Raúl–, en medio de ciclones, accidentes masivos, sequías…, fue un flashazo en la oscuridad.

Pujante brotó en aquel gesto solidario la humanista lección del que jamás vaciló ante peligros ni coyunturas, para brindarle ayuda a sus semejantes.                                                                                           Cuba, decidida a resistir en los límites de la austeridad, para no vivir de rodillas, en cambio no fija límites a una vocación solidaria hecha conciencia y traducida en vidas salvadas, en salud restaurada, sonrisas devueltas e inteligencias arrebatadas a la ignorancia.

En el alma cubana sembró el Comandante en Jefe una semilla de solidaridad e internacionalismo, que mucho antes le había nacido a él, y acaso lo inmunizó contra el egoísmo. Fidel la fertilizó con su ejemplo, la hizo germinar en jornadas de insomnio, en incontables gestos y disímiles escenarios, dentro y fuera del país; la esparció por el mundo a contrapelo de asechanzas y tempestades.

TODO EMPEZÓ CUANDO NIÑO

Birán, años 30; camino real. El polvo asfixia en épocas de sequía; si llueve, el fango se traga los pies descalzos, frágiles, inocentes, que van de las manos de sus padres y, con suerte, encima de un carretón.

Esas estampas oprimen el pecho de otro pequeño que desde un portal confortable los ve pasar, «con shorsitos ripiados, un sombrerito de yarey y el abdomen lleno de parásitos».

El niño de Birán es entonces demasiado pequeño. No comprende que ante sus ojos desfile la triste realidad de su Isla; peor aún, la de un planeta egoísta, enfermo de inequidad e injusticias.

No imagina ese niño, que casi medio siglo después (en 1979), ya convertido en  líder internacional prominente, su voz será de los oprimidos, y sus preguntas apuntarán a la conciencia de un organismo internacional que ha de llamarse la Organización de las Naciones Unidas (onu).

«¿Por qué unos pueblos han de andar descalzos para que otros viajen en lujosos automóviles?, ¿por qué unos han de vivir 35 años para que otros vivan 70?, ¿por qué unos han de ser míseramente pobres para que otros sean exageradamente ricos?».

«Unos poseen, en fin, abundantes recursos, otros no poseen nada; ¿cuál es el destino de estos?, ¿morirse de hambre?, ¿ser eternamente pobres? ¿Para qué sirve entonces la civilización?, ¿para qué sirve la conciencia del hombre?, ¿para qué sirven las Naciones Unidas?».

Tampoco el niño de Birán sospecha que su voz –la de los descalzos– hará vibrar al neoyorquino recinto: «hablo en nombre de los niños que en el mundo no tienen un pedazo de pan; de los enfermos que no tienen medicinas; hablo en nombre de aquellos a los que se les ha negado el derecho a la vida y la dignidad humanas… millones de seres humanos mueren cada año de hambre o enfermedades curables en todo el mundo».

«Algunos quisieran resolver el trágico problema de la humanidad con drásticas medidas para reducir la población. Recuerdan que la guerra y las epidemias ayudaron a reducirla en otras épocas».

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«¿Vivirán esos niños?, ¿llegaron a ser hombres y mujeres?, ¿qué les habrá deparado el destino?, se preguntó alguna vez el nacido en Birán; «aquellos niños venían de la desgracia para entrar a la otra. Eran familias nómadas que vivían así, de una zafra en otra».

Birán plantó semillas de humanidad en Fidel; «el hombre también es hijo de las circunstancias», le comentó el líder cubano al intelectual Ignacio Ramonet: «los problemas lo van labrando como un torno labra un pedazo de material. Yo me convertí en revolucionario partiendo de la situación de la zona donde nací, en pleno campo, en un latifundio».

DE PATRIA Y DE HUMANIDAD

Cayo Confite; año 1947. Ya las ideas de José Martí han proyectado a otra dimensión la semilla de solidaridad sembrada en el pecho del niño de Birán. Su intento de involucrarse en la expedición –a la postre abortada– contra la dictadura trujillista y en favor del pueblo dominicano, muestran a un Fidel cuyas inquietudes revolucionarias desbordan las fronteras de su país.

La arremetida contra el cuartel Moncada –tamaña osadía; acto supremo de solidaridad con su pueblo– lo condujo ante el tribunal. Fidel entonces profetizó que esta Isla derramaría solidaridad: «los perseguidos de las sangrientas tiranías que oprimen a las naciones hermanas encontrarían en la patria de Martí, asilo generoso, hermandad y pan». Temprana revelación: la lucha se vislumbraba cargada de «sueños de justicia para Cuba y para el mundo».

Fidel nos abrió los ojos, nos hizo ver en el internacionalismo una manera de retribuir lo que nos dieron otros: «en nuestras luchas independentistas, hombres de muy diversos países combatieron junto a nosotros (…) ser

internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad (…) La liberación, el progreso y la paz de la Patria están indisolublemente unidos en nuestra concepción, a la liberación, el progreso y la paz de toda la humanidad».

El internacionalismo fue también una estrategia del Comandante: «todavía no se ha hallado la solución global de los problemas de la humanidad. Tales problemas no tienen solución sobre bases nacionales, porque hoy más que nunca la dominación se lleva a cabo sobre bases globales: la llamada globalización neoliberal, apoyada en el poder del imperio y sus aliados».

La labor internacionalista de Fidel responde a esa cosmovisión. Su estrategia enfocó los problemas del Tercer Mundo y la necesidad de resolverlos unidos, para superar las zancadillas imperial-oligárquicas, dispuestas siempre a plantarles obstáculos al desarrollo de las naciones pequeñas.

Sangre, sudor y talento cubanos abonaron ese combate, que inició en un desierto argelino, se extendió por las selvas de Angola, Bolivia, Etiopía, y desbordó la metralla, para llevar salud y saber a otros rincones del mundo, de las manos de cientos de miles de médicos y maestros cubanos.

De esa batalla son fruto las decenas de miles de jóvenes de naciones subdesarrolladas, formados como profesionales en universidades cubanas. A ella obedecen también las peleas que lideró Fidel en cuanto foro internacional escuchó su voz, contra la deuda externa del Tercer Mundo, el dominio neocolonial y todo género de injusticia.

Palestina, Vietnam, Namibia, los enfermos de Chernobil, las víctimas de terremotos en África, Haití, y Pakistán, entre otros. Los pueblos conocen del altruismo cubano.

Humanista obra impulsada por un volcán solidario que lanzó sus primeras llamas en Birán, el día que aquel niño regresó a su hogar sin zapatos, porque le había regalado los suyos a un amigo pobre. Décadas después, el que donó sus zapatos encabezaba a

150 000 compatriotas donantes de sangre para las víctimas de otro desastre natural, este vez en Perú (1970), donde Cuba levantó cinco hospitales de campaña y envió decenas de médicos.

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La Habana, año 2020. Los ángeles de la vida, tras exponer las suyas en otras tierras para salvar, regresan a la Patria; el Presidente cubano Miguel Díaz-Canel los recibe orgulloso; y vuelve, «insurgente mítico», Fidel, nuestro Fidel, con «su ambición mil veces repetida», según Ramonet: «sembrar salud y saber; medicina y educación por todo el planeta. No en vano su héroe favorito en literatura es Don Quijote».

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