Cuba

María Teresa Linares en sus cien años de vida

La musicóloga María Teresa Linares. Foto: Pastor Batista

Cualquier fecha pude haber pasado por alto menos esta. María Teresa Linares Savio cumple cien años de vida este 14 de agosto. Y qué cien años tan prolijos, qué centenario tan coronado de logros científicos y de hallazgos tan importantes para la música popular cubana. María Teresa, o Teté, como le llamamos cariñosamente sus discípulos y amigos, inició su carrera en la Sociedad Coral de La Habana, dirigida por María Muñoz de Quevedo, y allí conoció a quien fue su compañero de vida y de inquietudes intelectuales, el fundador de la etnomusicología cubana, Argeliers León. Ella lo señaló entre otros jóvenes por su porte elegante y su mirada incisiva. Fue un amor, según ella confiesa, a primera vista. Ambos se inspiraron mutuamente y compartieron durante más de medio siglo intereses comunes.

Fue en el entorno del Conservatorio Musical, vivero de creatividad, donde ambos encontraron su camino como pedagogos y musicólogos. El Conservatorio fue, según ella siempre me confesó, el lugar donde se inició para la singular pareja el camino de luz para sus vidas. La música como un cálido paño los envolvió para siempre. Cuando miro a la distancia a esta pareja de eternos enamorados me vienen a la mente los casos de Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo, Sarah Ysalgué y Salvador Massip o Cintio Vitier y Fina García Marruz, todos asidos del profundo amor que los arropó, uniendo sus sentimientos a sus vocaciones profesionales. Un complemento así de intereses no es cosa de juego, une más que una única pasión romántica. Estaban investidos de esa aureola que ciñe la cabeza de los elegidos. Y fueron, de hecho, elegidos para fundar cátedras de musicología y etnología en nuestro país.

Tuve el alto privilegio de ser discípulo de ambos desde que comencé a trabajar con Argeliers León en la Biblioteca Nacional, luego en el Teatro Nacional

y en 1962 en el primer Instituto que creó la Academia de Ciencias de Cuba, el Instituto de Etnología y Folklore. Con Argeliers nos nutrimos de la metodología antropológica, de los estudios africanistas, de la obra de Fernando Ortiz y de una recta disciplina para la vida científica. Teté, o María Teresa, nos alegraba con sus clases prácticas de música popular, tanto de origen africano como hispánico y, sobre todo, con las variantes del punto cubano, de las tonadas campesinas, el zapateo, la décima, los cantos de clave habanera y los coros antifonales de las Regla de Ocha, arará y conga.

Con ella aprendimos a disfrutar a María Cervantes, Bola de Nieve y Celina González, entre muchos íconos de la música cubana. Las clases de Teté en el Instituto eran bálsamos deliciosos que fueron formando nuestro gusto y afinando el oído. Recuerdo, como hoy, el día que me dijo que mi pariente Nilo Menéndez Barnet le había entregado su canción Aquellos ojos verdes, un clásico, a María Cervantes en 1930. Sentí el orgullo de saberme heredero, al menos en el gusto por la canción cubana, de un gran compositor y pianista cuyos restos deposité en el Cementerio de Colón en 1987 en compañía de Esther Borja, el dúo Hermanos Romay, José Loyola y María Teresa Linares.

Teté y Argeliers tuvieron siempre una vida muy comprometida con los estudios musicológicos y su divulgación. Fueron maestros ejemplares en los Conservatorios de la capital sin dejar de ocuparse de la investigación y el trabajo de campo que tanto los motivó siempre. Ambos sabían que lo que llamamos música de base, es decir la música originaria, era fermento del rico arsenal de la música popular cubana. Teté Linares demostró, con su copiosa labor investigativa, cómo el proceso de transculturación de los géneros y modalidades musicales pasarían a formar parte de nuestra música adquiriendo una nueva fisonomía. Y afirmó que la cuerda pulsada, guitarra, laúd, tiple o bandurria sea quizá el elemento más importante del acervo hispánico, como lo es el tambor del africano. En la obra La música entre Cuba y España escrita al alimón con Faustino Núñez, ambos autores trazaron un periplo apasionado por la historia de los vínculos musicales entre ambos países, unidos por un cordón umbilical que desde la conquista-colonización del Nuevo Mundo, sirvió para transmitir lo que se venía gestando a ambas

orillas del mar Atlántico. Profunda, acuciosa, escudriñó en la historia y sus ejemplos musicales. María Teresa analizó con óptica aguda y penetrante la habanera y su destino transatlántico, así como la guaracha y su arraigo popular en la calle y el teatro vernáculo.

Desde que su madre guajira le cantó una tonada en la cuna, la niña Teté se inclinó al estudio de la música cubana y sus antecedentes. Toda su vida está marcada por ese sortilegio iniciático.

Trabajó incansablemente junto a Argeliers en el Instituto de Etnología y Folklore, luego creó colecciones invaluables para la Egrem, de grabaciones hechas in situ con los portadores y el único recurso de su talento, su sensibilidad y el oído absoluto que la privilegió.

Entre esas producciones se destacan Viejos Cantos Afrocubanos, Cancionero hispano cubano, La Canción Cubana Tradicional, la antología de la música afrocubana y la del Punto Cubano. También compiló la colección Benny Moré y los discos dedicados a figuras como Sindo Garay, el Trío Matamoros, María Teresa Vera, Ñico Saquito, Joseíto Fernández, Barbarito Diez, Bola de Nieve y Celina González, entre otros muchos.   

Durante un tiempo estuvo al frente del Museo de la Música donde contribuyó con su experiencia al crecimiento y la organización del mismo, e inauguró la sala de la colección Fernando Ortiz de instrumentos musicales.

El 21 de septiembre de 1995 se creó la Fundación Fernando Ortiz que está cumpliendo 25 años de vida. Cuando Armando Hart me nombró al frente de ella, la primera pregunta que me hizo fue que quién me acompañaría en tan responsable empeño y sin vacilar le dije que María Teresa Linares, hasta hoy es su vicepresidenta.

María Teresa desde ese día se desempeñó en su tarea como una joven que abrazara una plaza codiciada. En la Fundación ha sido tutora y guía de todos, y ella misma, pisando los 90 años, realizó investigaciones de campo en las serranías orientales, recogiendo voces y cantos de trabajo de vaqueros, arrieros y campesinos. Su espíritu y su energía han sido y serán para todos un modelo de entrega total a los estudios del folklore y la música de Cuba. 

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