Cuba

Trasvases y préstamos entre las artes

Manifestaciones diversas (con)fluyen juntas y… revueltas en la escena; la hibridación que el Posmoderno legitimó con tanta fuerza y naturalidad se hace carne y sangre en la escena cubana.

Recientemente se unieron la compañía de Danza Teatro Retazos, la Orquesta del Lyceum Mozartiano, el coro masculino de Exaudi y colegas suyos de Vocal Leo y Schola Cantorum Coralina a varios músicos, auspiciados todos por la Embajada de Alemania en nuestro país, para armar unidos la obra Humboldt en Cuba, un montaje de Andreas Baesler.

Pudiera de entrada pensarse que con tanto talento y voluntad el resultado sería cuanto menos estimable, pero lamentablemente no fue así; el espectáculo no consiguió una traducción dramática eficaz, no ocurrió la necesaria fusión entre los diversos componentes artísticos y sucumbió ante la retórica y el didactismo.

Pese a los esfuerzos de la actriz Isabel Hindersin en el protagónico, el exceso de textos dichos que muchas veces eran representados (ocurriendo de ese modo una redundancia innecesaria) lastró el ritmo de la puesta, que en contadas ocasiones logró una mixtura adecuada de los elementos musicales, danzarios y teatrales que la conformaron.

Estos por sí mismos brillaron, hubo momentos incluso virtuosos de los actantes, pero no cristalizaron en un conjunto orgánico y coherente.

Todo lo contrario ocurrió con la nueva temporada de Carmina Burana, mediante la cual Danza Contemporánea de Cuba celebró sus flamantes seis décadas.

La más popular obra del repertorio sinfónico universal (junto a la Novena de Beethoven) escrita en 1937 por el alemán Carl Orff, volvió tras casi dos años a un escenario cubano para combinar danza, música y teatro en un texto, ahora sí, armónico y feliz.

Cantata dramática u oratorio escénico, lo cierto es que se trata de un gran espectáculo que contó esta vez además de con los bailarines de la compañía, con varios solistas (brillantes Milagros de los Ángeles, Dairy Llanes, Reinaldo Cobas, Alfredo Mas y Harold López Roche), la Orquesta Sinfónica Nacional, el coro Diminuto y el del Teatro Lírico Nacional, así como con prestigiosos músicos invitados.  

Integración y cohesión rezuma la puesta, y brilla la coreografía de Georges Céspedes, muy en consonancia con el espléndido diseño de luces (Fernando Alonso Couzo), que dota a los danzantes de una pátina especial.

La dirección musical de Enrique Pérez Mesa frente al sólido organismo sinfónico ejecutando células que viajan en el tiempo —de lo medieval al rock— contribuyen a que la parábola esotérica, social y cosmogónica que late en la obra llegue en toda su dimensión al espectador. Sobre todo, merece relieve la dinámica coreográfica que conecta la compañía con sus inicios, desde hace un tiempo algo extraviados y sustituidos por el estatismo y la monotonía en más de un título.

Por ello resultó doblemente significativo que el prólogo de esta temporada lo ocupe la versión orquestal que Demetrio Muñiz realizara sobre la partitura de un clásico de nuestra danza: Súlkary, aquella magistral coreografía de Eduardo Rivero que funge entonces como obertura perfecta para adentrarnos en los mágicos universos que nos depara poco después Carmina…, que continúa en la cartelera de la sala Avellaneda del Teatro Nacional, los días 4, 5 y 6 de octubre.

La interpretación de Ariagna Reyes con un cuarteto de percusión afrocubana logró adentrarse en los rizomas armónicos de la pieza, en los que se funden     cantos yorubas con elementos sinfónicos.

Otra eficaz mezcla de lenguajes fue la realizada por José Ramón Hernández para su creación escénica Okana-Ritual Afroradiactivo, asistido en la dramaturgia por Yohayna Hernández, la cual propone un discurso vindicativo de la racialidad, el feminismo, lo mítico-religioso y la integración.

Okana-Ritual AfroRadiactivo, de José Ramón Hernández. Foto: Cortesía de Osikan Plataforma Escénica Experimental

Hablando de esto último, aunque ahora en sentido estético, resulta admirable la manera en que jóvenes músicas negras ejecutan en vivo instrumentos sobre todo percutivos, partiendo de la partitura de Osikán en colaboración con Souvenir Performers y asesoradas por el profesor Daril Valeris; ellas se desplazan y danzan mediante peculiares coreografías, y tal como escribe la dramaturga en el programa de mano, son «un coro de brujas, de cimarronas (…) que avanzamos monte adentro a fuerza de tambores batá» alternando con proyecciones de segmentos fílmicos firmados por otra pionera de esas temáticas en el cine cubano: Sara Gómez, gracias al preciso diseño gráfico y audiovisual de Gabriel Estrada.

Geischar González, Liliam Chacón, Celia B. Pérez y Sahivel Fuentes son las actantes que con gracia y conocimiento de causa se mueven en escena, hacen literalmente música, y pueblan el mágico espacio de El Ciervo Encantado, donde tuvo lugar la puesta.

Reinaldo Montero es el autor de un hipertexto que partió de la obra polaca La pasión de Cristo en una botella, de Lidia Amejko, estrenada en la Semana de la Cultura de ese país, que anualmente tiene lugar entre nosotros.

Montada por Sahily Moreda con su compañía El Cuartel, El teólogo y la cocinera, que así se titula, más que dos personajes acerca dos cosmovisiones, dos fuerzas en pugna, donde la alta y baja cultura que privilegió también el Posmoderno rompen tabiques y pugnan por entenderse e integrarse.

Contrastes, como anota el propio autor en las notas al programa, que son una bendición, y ello también sirve para una puesta sencilla, minimalista, donde el reto lo asumen fundamentalmente los actores, al llevar sobre ellos todo el peso diegético y dramático de la obra.

Quizá debió esmerarse un poco más la dirección con ciertos elementos escenográficos que hubieran complementado mejor el discurso, eso sí, reforzado con las luces (Daniel Pérez y la Moreda) y el elocuente vestuario que aquel realizó junto a Paula Fernández y confeccionó Jorge Luis Ramírez. Pero se trata sin dudas de un diálogo enriquecedor y sugestivo. Como también lo es el que llevan a cabo, entre ellos y el público, los personajes de Dos perdidos en una sucia ciudad, versión de Rubén Sicilia con su Teatro del Silencio en torno a Dos perdidos en una noche sucia, del brasileño Plinio Marcos.

Se trata de un texto ilustrativo del llamado «teatro de la crueldad» que ha conocido entre nosotros varias puestas recordables, entre ellas una por el grupo Rita Montaner en los años 90, y recientemente otra por los matanceros de Teatro D’Sur que dirige Pedro Vera; también ha sido exitosamente llevada al cine, de modo que Sicilia se enfrentaba a un reto nada fácil.

En términos generales ha salido airoso en esta recontextualización del original, donde mundo marginal, criminalidad y desamparo fluyen en la relación de Paco y Toño, dos jóvenes que sobreviven a duras penas en la calle, salpicada por ciertos toques humorísticos que no desentonan con el cinismo que preside el tono de Dos perdidos en una noche sucia.

Las sicologías de estos personajes al borde, y desbordados de contradicciones y sentimientos ambiguos de amor-odio-necesidad son muy bien asumidos y proyectados por el tándem actoral que conforman José Ignacio León y Miguel Fonseca, en medio de una funcional escenografía que se suma a la plataforma conceptual y semántica del texto, subrayada por otros elementos significativos como la banda sonora.

Música, danza, literatura, audiovisual… todo mezclado como en el poema de Guillén, teatro de por medio, dialogan en estas obras y con nosotros en tanto espectadores, pero todos los caminos conducen a la escena, y desde ella nos abrimos paso al mundo.

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