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Ana Pontón, la sonrisa amable del sector más duro del nacionalismo gallego

Hubo un tiempo en que el BNG era un partido antipático. Desde su superioridad moral impartía lecciones de buenos y malos gallegos, reprendía las conductas importadas de más allá del Padornelo, el «sucursalismo» respecto a Madrid. El profesor era Xosé Manuel Beiras y aquellos eran los noventa. El nacionalismo combatía a Fraga, tótem de la derecha gallega y española. Entre 2005 y 2009, coincidiendo con la Xunta bipartita de PSOE y BNG, Anxo Quintana intentó moderar el discurso del Bloque e introducir mensajes transversales, que trascendieran a ese 20% de la población que se declara nacionalista. Un proyecto amplio, más pragmático que dogmático.

Pero Quintana perdió las elecciones en 2009 y el Bloque, controlado por la ortodoxa Unión do Povo Galego (UPG, declarada marxista-leninista) se replegó a sus cuarteles de invierno y apeló a sus esencias: estatuto de nación, autodeterminación, soberanía... Este giro radical estuvo a punto de hacer desaparecer al BNG del Parlamento en 2016. Lo rescató «in extremis» Ana Pontón, elegida meses antes de las elecciones como capitana para una nave a la deriva. En muy poco tiempo salvó los muebles en aquellas elecciones y empezó a reconstruir el proyecto. Había que dejar de ser antipático.

Con Pontón, esta pretensión formal es más fácil. Mujer culta, educada, empática y curtida en mil y una batallas en política -es parlamentaria desde hace 16 años-, ha empezado a impregnar su sello a la organización. Para empezar, los rostros del BNG son mayoritariamente mujeres, con la excepción de Néstor Rego, el diputado en las Cortes. Se dulcifica el tono del mensaje. ¿Y el fondo?

En esta campaña, el BNG ha jugado a hablar más de la reconstrucción económica y social de Galicia tras los efectos de la pandemia que de aspectos más ideológicos y abiertamente soberanistas. Pero que no haya hablado de ellos no significa que no existan o que se hayan escondido. Estaban ahí, en su programa electoral de este 12-J.

El teóricamente moderado BNG de Ana Pontón (militante de la UPG desde su etapa como estudiante de Políticas en la USC) habla de la gallega como «una autonomía otorgada, limitada y tutelada», y plantea el «objetivo estratégico» del «ejercicio del derecho de autodeterminación», que permita una Galicia soberana con un sistema judicial propio, un concierto económico -a pesar de que diversos estudios avalan que sería ruinoso para la comunidad- o la transferencia de la Seguridad Social, entre otras muchas demandas que bien podrían salir de un programa de Bildu o Esquerra, sus socios estratégicos para las elecciones europeas.

En esta campaña no se habló tampoco, por ejemplo, de que en el estatus político que el BNG quiere para Galicia «el TC dejaría de ejercer sus funciones» sobre la comunidad, o se crearían nuevos impuestos a las viviendas vacías, las grandes superficies, las bebidas azucaradas envasadas, los «grandes beneficios de la banca privada», las tecnológicas o se gestionaría íntegramente el de Sociedades. Y en materia lingüística, «establecer una oferta educativa completa o principalmente en gallego», que pasaría a ser «vehicular» en la enseñanza pública: inmersión sin paliativos y exclusión del castellano.

El nuevo Bloque pide, grado arriba o abajo, lo mismo que el viejo. Pero este parece que no cae antipático. Y es segunda fuerza en el Parlamento, para pesar del PSOE. Está por ver si regresa al dogmatismo o se instala en el pragmatismo.

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