Era una forma de vida: desde que se levantaba hasta que se acostaba. Su primera apuesta deportiva fue en un bingo del paseo de la Castellana: Manolo apostó cien euros a que la selección española ganaría la Eurocopa de 2008 y se embolsó seiscientos. Tenía veinticuatro años y un buen trabajo. Durante un tiempo jugó de forma puntual, sobre todo online, hasta que en 2013 se le fue de las manos.

“Hasta entonces no me consideraba un adicto. Trabajaba, podía ahorrar algo y no impactaba directamente en mi economía ni en mi vida”. Hacía cinco apuestas al día. Cada una, entre veinte y setenta euros. “Estarás pensando que entonces ya tenía un problema, pero yo le quito importancia porque no conoces el final. Si estableces un juicio comparativo, puedes observar los síntomas, aunque luego haría verdaderas locuras”.

Manolo empezó a “profesionalizar” su vicio. Se centró en los partidos de tenis. Conocía a las doscientas mejores raquetas del mundo. Entraba en foros buscando información. No se despegaba del móvil para seguir cada punto en directo. Por la noche, programaba los movimientos del día siguiente, pero llegado el momento actuaba por impulsos. “Esa aparente profesionalización era un autoengaño para aligerar un peso emocional”. De hecho, llegó a dejarse el dinero en partidos de ping-pong o de la liga femenina de baloncesto china.

“La adicción al juego es la punta del iceberg, bajo la que subyacen muchas otras cosas”, reconoce Manolo a sus treinta y seis años, tras recibir el alta en Proyecto Hombre, adonde acudió en busca de ayuda en 2015. Había contraído una deuda de 23.000 euros y tenía que afrontar un pago inminente de 1.800. “Cuando le conté a mi terapeuta lo que me estaba pasando, sentí una liberación. Luego se lo dije a mi familia y a mis amigos, quienes empatizaron conmigo y comprendieron que era una enfermedad”.

Arropado por los suyos, volvió a disfrutar de sus amigos, encontró pareja, comenzó a viajar y sintió algo cercano a la plenitud vital. Sin embargo, después de casi tres años sin jugar, sufrió una recaída. “Fue una hecatombe y perdí mucho dinero”. Prefiere no concretar la abultada cifra, de cuatro ceros, pero llegó a mover 10.000 euros a la semana. Un solo día podía ganar o perder 3.000 en varias apuestas. “No me gasté más dinero porque no lo tenía”. Y los bancos le habían cerrado el grifo del crédito.

“Lo más duro es la recaída, porque eres consciente de que has tirado por la borda años de trabajo, por lo que esa angustia te flagela. También es peor porque tienes mayor conciencia y cuentas con herramientas para frenarlo, pero no puedes hacerlo. Es más, te vuelves agresivo y peligroso, porque te consideras más fuerte, aunque sea mentira. Volver a engañarte a ti mismo y a tu entorno te martiriza”, confiesa Manolo, quien hasta sufría cuando le sonreía la suerte.

Así, cuando perdía dinero lo justificaba por la adicción y se compadecía a sí mismo, porque sabía que tenía un problema. "En cambio, la sensación de ganarlo era mucho más insatisfactoria, porque su origen era negativo y me sentía culpable. Y, como no puedes compartirla con nadie, te la comes”, afirma este joven, quien prefiere omitir su verdadero nombre.

Si le iba bien, no destinaba las ganancias a saldar las deudas. Pese a que en el trabajo cumplía, dejó de valorar el dinero. O, mejor dicho, la nómina: el sueldo que recibía cada mes era el mismo montante que podía ganar o perder en un día, aunque su cabeza optaba por olvidarse de las pérdidas y recordar las ganancias. “La concepción que tenía del dinero se alejaba de la realidad, del mismo modo que también se alejaba mi vida”.

Paradójicamente, tropezó cuando recibió una prima y fue promocionado en el trabajo. De nuevo se sentía bien, volvía a tener dinero en el bolsillo y profesionalmente no podía irle mejor. “Aunque parezca contradictorio, pensé: Si ahora gano pasta con las apuestas, soy la hostia. En el fondo, echaba en falta ciertos estímulos, como la liberación de dopamina y endorfinas en el cerebro. O sea, lo que siente un adicto, por lo que en cuanto podía me iba corriendo a jugar. En la fase crítica, apostar es como meterte un chute”.

A pesar de que el afán de ganar dinero puede ser la causa inicial que introduce a muchos en el juego, Manolo cree que luego desarrollas un hábito pernicioso y te conviertes en un adicto. “Cuando jugaba sentía una liberación y cuando no lo hacía me atacaba la ansiedad. Ya no era una cuestión monetaria, sino una forma de vida… o de supervivencia”. Al principio, no lo consideraba un problema y le quitaba importancia, pues no vislumbraba lo que se le vendría encima.

Su círculo de amistades sabía que apostaba, pero no se imaginaba la cantidad, si bien llegó a pedirle préstamos. Le atormentaba la mentira, aunque guardaba las formas. “Lo único que respete durante todos estos años fue el trabajo. Nunca falté a la oficina, ni me perdí el cumpleaños de un amigo. Procuraba ser ordenado en el día a día para que el efecto negativo fuera menor”. Sin embargo, como llegó a superar los límites fijados por las empresas de juego online, lo alternaba con las casas de apuestas.

Manolo desmitifica el tópico de que afecta a la gente más humilde de los barrios obreros. “Yo he vivido el impacto del juego en la sociedad desde el principio, cuando apenas había locales. He compartido espacio con jóvenes pudientes en casinos de la zona de negocios y con inmigrantes en el centro de Madrid, cuyas apuestas eran mucho menores, aunque se pasaban todo el día allí. Eso sí, su situación es más crítica, porque quienes no tienen recursos cuentan con menos ayudas. Al final, me daba vergüenza entrar en un establecimiento”. Repite siempre “al final”, porque siempre puede haber un principio.

La recaída le afectó económicamente, pero no cayó hasta el fondo del pozo. Resultaba más fácil salir tras la labor previa desarrollada junto a su terapeuta, con quien se veía una vez a la semana y luego cada mes. “Influye la voluntad personal y el entorno íntimo, si bien la ayuda profesional es primordial. Me cuesta imaginarme a alguien que consiga superarlo sin ese apoyo”, explica Manolo, quien no deja de agradecer el respeto y la sensibilidad que le brindó. “Era el único espacio verdadero en el que mi historia era lo importante. No me juzgaba y, gracias a sus herramientas, eres tú quien te desarrollas”.

Una no vida, la del engaño: empezó a jugar porque se aburría en el trabajo y se creía capaz de ganar dinero. ¿Fue ése el único motivo? “Es una suma, pero el factor soy yo”. Dejó de ver cine, aunque cuando iba a una sala se ausentaba en medio de la película para apostar en el baño. Cuando estaba en su piso, se excusaba diciendo que bajaba a por tomates, mas su destino era la casa de apuestas de un barrio del Madrid castizo. “No vivía el momento, mi existencia era por y para el juego”.

Otra nueva vida, la del reencuentro: descubrió cómo era él, incluso antes de engancharse. A veces, cuando quedaba con su terapeuta, las conversaciones se perdían en el tiempo y buceaban en su yo más íntimo. Debía corregir su carácter soberbio y ególatra, que le había empujado a creerse capaz de vencer a la máquina. “Cuando sientes que ya no tienes el control, debes acudir a un profesional. No todo el mundo puede contar con su familia. Y, aunque yo tuve la suerte de tenerla cerca, la terapia fue un bálsamo”.

Ahora recuerda nítidamente el momento de la recaída. Unos compañeros de trabajo decidieron hacer una apuesta y les dejó claro que no pisaría el local. Sin embargo, aportó veinte euros y ganó 160. Todos, como él, gozaban de una posición económica saneada. “El adicto se puede desarrollar en cualquier ámbito. En los barrios más humildes, hay gente que al inicio busca ganar dinero fácil y termina enganchándose, pero yo he conocido a personas con mucha pasta que cayeron igualmente”.

Manolo desgrana sus últimos años en el centro de Proyecto Hombre donde logró hacer pie. Ha recibido el alta y bromea con su terapeuta, quienf acude a saludarlo. Ya no ve competiciones deportivas, porque ha prescindido de unos alicientes que antes necesitaba. Sin embargo, hace más deporte que nunca. “El estímulo del juego está tan metido dentro de uno, es tan fuerte, que debes sustituirlo por otros incentivos. No pasas de no jugar a un estado de felicidad y paz. Tienes que hacer transferencias y ocupar el tiempo en otras actividades, aunque tampoco voy a estar leyendo libros doce horas”, ironiza.

El móvil, en cambio, sigue presente. Estaba tan pendiente de los resultados que sigue mirando el teléfono a menudo como un acto reflejo. “Cuando estaba enganchado, era uno de los vehículos obsesivo-compulsivos porque se trataba de mi herramienta de trabajo”. Como si apostar fuese un trabajo, si bien ocupaba más espacio y tiempo en su cerebro que el trabajo mismo. “Ahora, en cambio, mi vida es estar con mi familia, con mis amigos y solo, porque llevaba mucho tiempo sin conectar conmigo mismo y sin saber quién era”.

Antes la soledad era otra, no física sino emocional y sentimental, impuesta por una adicción y un engaño. “También he sufrido mucha angustia, desesperación y tristeza, aunque cuando dejé de jugar sentí una liberación”. Antes, la liberación era otra, apostar y apostar. Hoy, disfrutar del instante. “Volver a tener esa sensación, más limpia y profunda, es increíble. Te permite decirte a ti mismo: ¡Lo he conseguido! La recaída es más fuerte, pero también las ganas de no volver a jugar”.

Cuando rememora su pasado, no se acuerda de sus apuestas furtivas, ni de las noches de lunes a domingo planificando los movimientos del día siguiente, ni de aquella vez que ganó 3.000 euros, sino que se le acumulan los sentimientos negativos. “Ya he perdido demasiado. No sólo dinero, sino cosas mucho más importantes que un fajo de billetes. No quiero volver atrás, aunque sigo teniendo presente lo que sufrí, porque una vida así no compensa”.