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Ausencias y pacto de silencio

La polémica que ha generado durante las últimas semanas la propuesta de nombramiento de Dolores Delgado como fiscal general del Estado -dentro y fuera de la carrera- se tornó ayer en un pacto de silencio durante su toma de posesión en el Salón de Plenos del Tribunal Supremo, el mismo en el que se celebró durante cuatro meses el juicio del «procés».

En un acto solemne de apenas cinco minutos se consumó el desembarco de la exministra de Justicia en la Fiscalía General con una escenografía medida al milímetro en la que las ausencias resultaron más significativas que las palabras. A diferencia de la de sus predecesores, la de ayer fue una toma de posesión descafeinada. Aunque acudieron los representantes de las más altas instancias de la judicatura y la Fiscalía -en este caso, fiscales de Sala, la máxima categoría de la carrera-, no sucedió lo mismo con los fiscales de base, de los que apenas hubo representación. Tampoco de magistrados del propio Tribunal Supremo, de la Audiencia Nacional (acudieron sus amigos Santiago Pedraz y Fernando Andreu) o de la propia Fiscalía de la Audiencia Nacional, de la que ha formado parte los últimos 25 años.

Sin cola en el «besamanos»

Sí estuvieron presentes los presidentes del Tribunal Constitucional y del Tribunal Supremo, Juan José González Rivas y Carlos Lesmes, respectivamente; los de las distintas Salas del TS, incluido Manuel Marchena -presidente del «procés»- y algunos de los magistrados que formaron parte de ese tribunal, como Antonio del Moral o Andrés Martínez-Arrieta. También la presidenta del Consejo de Estado, María Teresa Fernández de la Vega.

Pese a ello, el hecho de que Dolores Delgado sea la sexta fiscal general en los últimos seis años permite tener relativamente presente cómo vivieron este acto sus predecedores, cuando en este mismo salón de plenos no cabía ni un alfiler y los asistentes se «peleaban» para hacer cola en el «besamanos». No fue el caso ayer, cuando, al terminar el acto, los asistentes, lejos de hacer corrillos, salieron del Supremo huidizos, casi agazapados, y los que se quedaron se perdieron entre las paredes de la sala en la que se encontraba la nueva fiscal general para desearle suerte -y quizá alguno que otro, ofrecerse en esta nueva etapa- lejos del escrutinio de la prensa. Porque si algo hay es temor a que la fiscal general no cuente con personas que sí formaron parte del equipo de Segarra. Aunque Delgado y su predecesora son miembros de la Unión Progresista de Fiscales y fue la amistad de ambas la que llevó a la entonces ministra a proponer a la fiscal-jefe de Sevilla como fiscal general, el entorno de las dos no es el mismo.

Hasta la ausencia de los políticos retrató ayer la escenografía de la toma de posesión, porque si de lo que se trataba era de transmitir la imagen de independencia de la Fiscalía, el planteamiento resultó erróneo: se pecó de exceso de celo. No es el ministro de Justicia el único que suele acudir a este aco solemne -ayer lo hizo Juan Carlos Campo-, pues es habitual ver una nutrida representación política. Basta mirar atrás para recordar que a la de Sánchez Melgar fueron también diputados nacionales y la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes; y a la de Consuelo Madrigal asistió, además del entonces ministro de Justicia, Rafael Catalá, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáez de Santamaría, y la presidenta del Congreso, Ana Pastor.

Bien es verdad que el hecho de que hubiera sesión de control ayer fue la excusa perfecta para justificar unas ausencias que, a la vista de las críticas -cuando no indignación- por el aterrizaje, sin anestesia previa, de una ministra en la Fiscalía, no podían tener otro significado que no fuera el de trasmitir esa imagen de imparcialidad de la que ya quiso hacer gala Delgado cuando compareció en el Congreso el pasado jueves y se presentó como una fiscal de trinchera.

Pese a los intentos de desvincularse del poder político, rezumaban en el ambiente los tiempos en los que la Fiscalía estuvo implicada en los planes del Ejecutivo. Y no en la persona de Dolores Delgado, sino en la de su padrino, Candido Conde-Pumpido, quien la acompañó del brazo en este acto. El exfiscal general y hoy magistrado del TC hizo célebre aquella frase de que los fiscales tenían que mancharse la toga con el polvo del camino. En aquella ocasión fue por la tregua de ETA. Lo de ahora está por ver. Pero por lo pronto, una de las primeras decisiones que ha tomado la fiscal es nombrar jefe de la Secretaría Técnica a Álvaro García Ortiz, fiscal delegado de Medio Ambiente en Galicia al que le une algo más que las siglas de la UPF: hace apenas unas semanas participó en un acto del PSOE comprometiendo así su neutralidad.