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Celeste y oro: la coronación de la heterodoxia

El tiempo pasa inexorable. Nada respeta. Ni a las personas, ni a otros seres vivos, ni tampoco a los enseres inanimados. Solo se encarga de irlos marchitando. Poco a poco, sin que nos demos cuenta. Atrás queda el esplendor. Los días de gloria. Sin embargo, el recuerdo y la nostalgia nos retrotrae a momentos vividos y que, a pesar de todo, hacen que la vida siga latiendo en el fondo de ellos.

Ha pasado tanto tiempo y aún parece que fue ayer. La hoy llamada década prodigiosa había traído una bocanada –y qué bocanada– de aire fresco al toreo. Un muchacho de Palma del Río, llamado Manuel Benítez Pérez y apodado, primero El Renco y después El Cordobés, había llegado al llamado Planeta de los Toros para crujirlo desde sus cimientos. Desde la muerte del Monstruo de Córdoba, el colosal Manolete, el toreo andaba triste. Su alargada sombra aún pesaba en los ruedos. Manolete fue quien trajo la culminación del toreo moderno. Su obra y su recuerdo aún estaban muy presentes en aquellos que vestían el chispeante, así como su trágica muerte en Linares.

Pesaba en los públicos el infausto final de Manolete. Torero de una época que estaba marcada por la carestía de todo. Época de reconstrucción de una guerra fatal, marcada igualmente por otra contienda mundial. España trataba de ver la luz, pero todo era complicado. Época en que el hambre hacía mella en gran parte de la población española. Hijo de aquella generación era Manuel Benítez. Un superviviente, un guerrero, un rebelde. Se rebeló contra su época y contra de la vida que le había tocado vivir. Benítez no quería pasar calamidades y buscó en los toros la puerta de salida de aquella miseria. Mucho se habló, se escribió y aún no ha perdido vigencia, de que aquel torero llamado El Cordobés fue un invento de Rafael Sánchez El Pipo. Tal vez el ingenio de éste ayudase a la promoción del nuevo fenómeno, pero lo que hacía El Cordobés a las reses no era fácil. Valor, valor y valor. En ocasiones rozando lo suicida. El Cordobés en sus principios no tenía oficio, pero si poseía un valor a prueba de bombas, y lo que es más, una rebeldía para dejar de ser un hijo de su época.

Aquel valor y aquella forma de torear llevo a El Cordobés a ganar como novillero cantidades jamás vistas para quien empieza a querer ser torero. El invento del Pipo no se hubiera sustentando solo del marketing. Allí había un torero de los grandes. La sociedad de la época veía al torero de Palma del Río como un referente, un espejo donde mirarse. ¡Tila, tila! Escribían los críticos de la época. El Cordobés había llegado para convulsionar y dar una vuelta de tuerca más al toreo.

Se preparó su alternativa en su Córdoba en octubre de 1962. El Cordobés, quien se encargó un precioso terno blanco y plata con remates negros, se haría matador de toros de manos de Antonio Bienvenida, en presencia de José María Montilla. Los toros de Samuel Flores. La lluvia dio al traste con todo. La ceremonia de investidura tuvo que ser pospuesta a mejor fecha. Muchos fueron los que pensaron que aquello había venido de perlas al torero. Seguiría toreando novilladas, ganando un buen dinero y evadiéndose del compromiso de la alternativa.

Pero llegó mayo de 1963. Córdoba vivía su fiesta y con ella, aparejada siempre, la liturgia de la mal llamada fiesta nacional. La investidura como doctor en tauromaquia tuvo lugar el día 25. Los Tejares hasta la bandera. La hábil, coqueta y fidedigna pluma de José Luis de Córdoba tituló la crónica del festejo Los incrédulos y los convencidos, ya que El Cordobés puso a todo el mundo de acuerdo. Palancar, del hierro de Samuel Flores, era el nombre del toro de la ceremonia. El Cordobés, vestido de celeste y oro, tras tomar las armas toreras, cuajó una personal faena entre los clamores del público. Dos orejas, petición no atendida de rabo y dos vueltas al ruedo fueron su premio. Lamparilla se llamó el sexto de la suelta y segundo de su lote. Manuel Benítez vuelve a estar inconmensurable. Faena de nuevas formas, fresco estilo y teñida de su singular personalidad.

No hay que olvidar que a torear se puede aprender, pero la personalidad viene adherida a uno. El Cordobés enloquece a los tendidos. En esta ocasión los máximos trofeos van a parar a sus manos. El Huracán Benítez ha arrasado con todo.

Aquel traje, sudado y manchado de sangre de sus oponentes, permanece preso de sus recuerdos en un maniquí del Museo Taurino de Córdoba. El tiempo y los años no han tenido clemencia con él. Descolorido y sin brillo, ha perdido su tono celestial, tanto, que parece blanco. El tiempo ha sido inclemente con su conservación. Pero ahí sigue. Más vivo que nunca. Testigo silencioso del punto de partida de la última gran revolución del toreo moderno.

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