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Comienzan los retrasos en los pagos de las empresas

Es una consecuencia lógica de la crisis que ha generado el Covid-19 y del brusco frenazo que ha experimentado la práctica totalidad de las actividades económicas. En las últimas semanas muchas empresas han comenzado a poner en práctica el retraso en los pagos de sus proveedores. Retrasos sobre los plazos de pago habituales, que son todo un síntoma de debilidad en la tesorería. Un mal que se ha generalizado, pese a que en esta ocasión ha fluido el crédito con avales públicos. Un flujo de crédito que no parece suficiente.

Cualquier gestor sabe que las empresas mueren por la caja. Cuando miras a la cuenta corriente y no hay dinero para pagar a los proveedores, miras la cuenta de crédito y está agotada, estás muerto. Cualquier otro problema puede tener un apaño y ser transitorio. El de la sequía de la liquidez es como el paro cardíaco en un humano. La última señal entre la vida y el más allá.

Con varios meses de ventas paralizadas por completo o muy reducidas, con gastos recurrentes sin freno, la caja de todas las empresas se ha reducido. El crédito y los ERTEs no han sido sino un paliativo parcial. Ahora, las empresas observan con incertidumbre y escasa definición el futuro, con una demanda que no acaba de recuperarse del todo y muchas dudas sobre lo que sucederá tras el verano, especialmente en algunos sectores que son clave en el País Vasco: la industria del automóvil, la aeronáutica o la siderurgia, sin ir más lejos. En ese contexto se ha producido un mecanismo automático de defensa: alargar los plazos de pago. En la práctica, para el deudor esto ejerce un efecto similar al de pedir un crédito. El crédito lo 'concede' el proveedor y a tipo de interés cero. Para el proveedor, que es quien tiene que cobrar, la demora sin embargo ejerce el efecto contrario y debilita su tesorería. Y ahí comienza un círculo vicioso, porque en esas circunstancias el proveedor se anima a su vez a ampliar sus plazos de pago. Y…. la bola crece.

Aunque existe una legislación sobre este asunto de los plazos de pago, lo cierto es que tiene una escasa incidencia porque prima el «acuerdo entre las partes», proveedor y cliente. Y es ya una costumbre asentada que el cliente impone sus condiciones o las modifica con bastante libertad.

Por cierto, hay que apuntar que el conjunto de las administraciones vascas, Gobierno, diputaciones y ayuntamientos, están manteniendo una disciplina espartana en sus pagos y es raro que superen los 30 días de demora entre la fecha de las facturas y su liquidación. Para que las empresas privadas tomen nota…

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