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Confinados a bordo hasta que amaine el virus

David Lane y su esposa, Vicky, se sienten «algo culpables», según confiesa ella, porque no están agobiados por el confinamiento en su barco amarrado a puerto, en Cartagena, pese a que les obliga a pisar poco tierra firme. Están tan acostumbrados a hacer toda la vida a bordo, durante largas travesías, a veces con mal tiempo, que esta situación no les presiona, admiten. Estos estadounidenses de 62 años llegaron el 26 de enero al club de regatas, donde la crisis sanitaria les hace compartir confinamiento, desde hace dos semanas, con los inquilinos de varias nacionalidades que viven en otros 15 yates de recreo.

Él es médico militar retirado y ella, una trabajadora social que actualmente se ocupa, a tiempo parcial, de ayudar a veteranos del ejército de su país. Allí han dejado tres hijos y dos nietos que «están tranquilos, porque saben que estamos en una zona en la que no hay muchos casos de coronavirus». Partieron de Florida el 5 de septiembre, estuvieron unos días en Rota (Cádiz) y tocaron puerto en Almería antes de arribar a Cartagena.

A día de hoy, nada les impide seguir la travesía con su velero, el 'Sailing Vessel at first sight'. El decreto del estado de alarma veta la partida de barcos de recreo en alquiler, pero no la de los de particulares, según fuentes de la Capitanía Marítima. Sin embargo, después de que se frustraran los planes de la pareja de partir hace seis semanas, ambos han preferido permanecer en Cartagena.

«Habíamos previsto ir a Italia, a mediados de febrero, pero las noticias sobre los contagios ya comenzaban a ser malas allí y preferimos quedarnos. Además, nos dimos cuentas de que el número de infectados en esta costa es mucho menor que en otros sitios, así que hemos decidido aprovechar esa buena suerte mientras dure», relata David.

En su estancia en el puerto, deben cumplir con las mismas reglas de confinamiento que el resto de ciudadanos, indicaron las fuentes consultadas en la Capitanía Marítima. Ir a trabajar no está en su agenda, porque los dos están retirados. Por eso, solo pueden salir a comprar víveres, a por medicamentos, al médico, si lo necesitan, y a pasear al perro por tiempo limitado. «Eso es lo primero que hago cuando me levanto cada día, a las siete y media de la mañana», comenta David.

Su rutina diaria es muy sencilla. Tras llevar a 'Sailor', su mascota de 7 años, a dar una vuelta por el muelle, David vuelve a bordo y comparte con su mujer unos minutos de ejercicios. «Tenemos extensores y una tabla que realizamos los dos», describe. También practican yoga y después acuden a ducharse a las instalaciones del club. Allí suelen coincidir con el personal de marinería de las instalaciones, siempre conservando dos metros de distancia. Como David habla un español básico pero fluido, puede comentarles si necesita algo. «Son muy amables y estamos seguros y bien atendidos», reconoce.

Vicky y David salen a por víveres una, o a lo sumo, dos veces por semana. «Hemos comprobado al ir al centro que, pese a la baja tasa de contagio, los ciudadanos se han tomado en serio lo del confinamiento. No hay casi nadie por la calle y se ve a mucha policía que garantiza la seguridad», comenta él. Verduras, frutas y pescado forman una cesta de la compra básica con la que vuelven a bordo, dado que Vicky no come carne. «Y nos apañamos bien con los menús. Estamos acostumbrados», indica ella. Además, su habilidad repostera les permite gozar del pequeño placer de degustar pan casero.

Pese a que desarrollan casi toda su rutina en el barco, «no crea que tenemos tiempo para aburrirnos, porque siempre hay algo que hacer», dice David. En los dos meses transcurridos han hecho reparaciones en la arboladura y el velamen, han pintado parte del casco y se han ocupado de algunos detalles más.

Al menos una vez al día contactan con el resto de barcos de recreo amarrados en Cartagena. Han creado una plataforma con un chat de comunicación por internet y se sirven de él para colaborar. «Nos hacemos encargos mutuos de compra, compartimos las noticias y nos animamos mucho», comenta David. En ese foro también se habla de la pandemia, de la que no se puede escapar ni por mar, porque está latente en cualquier lugar al que vayan. «Irnos no nos garantiza encontrar sitio en otro puerto», advierte David. Además, en Cartagena tienen el apoyo de la familia Peñuelas, que vive en la ciudad, y con la que coincidieron cuando David estuvo destinado en Rota, hace casi 20 años. Allí hicieron buenas migas y la escala de los Lane en este club se debe en parte a las ganas de visitarles. Ahora, los Peñuelas se interesan cada día por ellos.

Experiencia con epidemias

Su condición de médico militar ya hizo a este veterano afrontar una situación que le hace analizar si se podría haber anticipado una respuesta a lo que está pasando. «Lo pienso un momento y enseguida concluyo que no. Hace quince años estaba de servicio en Okinawa, en Japón, y ante una enfermedad que podía desembocar en epidemia hicimos un plan de contingencia, pero finalmente no fue necesario, así que no sé en qué habría desembocado», indicó este doctor retirado.

Sin embargo, al haber participado en el diseño de ese sistema de prevención, David sabe lo difícil que es contener una enfermedad como esta. Ambos piensan que lo mejor que pueden hacer es seguir confinados hasta que las autoridades sanitarias digan. «Y agradecer a los médicos, los enfermeros y las fuerzas del orden que sigan velando por todos», añade Vicky. Por eso, ellos y los ocupantes del resto de barcos participan todos los días, a las ocho de la tarde, en los aplausos que los cartageneros lanzan desde sus viviendas en tierra firme. «Se lo merecen».

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