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Coreografías

Siempre que ETA o sus herederos han dado un paso hacia el final, real o supuesto, ha sido como contrapartida de algún tipo de acuerdo. El cese de los atentados lo anunciaron a un mes de las elecciones de 2011, en las que el ciclo de negociación corría riesgo de entrar en punto de muerto ante el irremediable desplome del PSOE de Zapatero. La disolución fue hecha pública unos días antes de que Sánchez presentara la moción de censura que lo aupó al Gobierno, con los diputados de Bildu alistados en su cuadrilla de costaleros. No suele haber casualidades en la elección de los tiempos; el principio de correspondencia ha sido una constante de sus movimientos, aunque siempre hayan defraudado

 las expectativas de un avance sincero. No van más allá, no saben ni son capaces de hacerlo; esa aspereza rocosa, esa entraña torcida, ese talante avieso forma parte de su código genético.

Cada supuesto gesto de buena voluntad según el despreciable entendimiento del mundo etarra encaja en una especie de coreografía, un minué bailado sobre un eje de simetrías en el que todo cambio de posición implica una compensación recíproca. No hay guiños galantes ni detalles de cortesía. Se trata de un juego de reglas ocultas, y tras el mensaje del lunes le toca al sanchismo mover ficha. Quizá tarde un poco; ayer el Gabinete tuvo que enfriar la precipitada euforia de los portavoces socialistas porque la reacción de la opinión pública resultó mayoritariamente negativa. Alguien sensato se dio cuenta de que las palabras de Otegi eran demasiado cicateras para merecer tan alegre acogida. Con esta clase de gente nunca caben perspectivas optimistas. Habrá pues que esperar para conocer la baza escondida en el ‘quid pro quo’ de la paulatina normalización del legado terrorista. Verlas las veremos: entre tahúres se estilan pocas gentilezas gratuitas.

Desde la época del ‘zapaterato’, todo el mal llamado proceso de paz está encaminado a incluir el proyecto posterrorista en el bloque político de la izquierda. De ahí los recelos del PNV, que barrunta un cambio de alianzas que lo deje fuera. Pero la colaboración del conglomerado batasuno en su propio blanqueo va a marcha lenta porque su dirección en la sombra observa que en la otra opuesta nadie muestra suficiente fuerza para ponerla contra las cuerdas. Al contrario, es el Ejecutivo el que se mete prisa a sí mismo al punto de saltar sobre sus compromisos y acelerar por su cuenta el pacto de olvido. Ya no hay obstáculos éticos para acercar presos sin arrepentimiento ni para convertir a Bildu en socio con el que aprobar decretos o negociar presupuestos. La memoria del sufrimiento es ya sólo una carcasa retórica donde el llanto de las víctimas no encuentra eco. Cuando acabe el ‘pas à deux’, la resistencia democrática del Estado y de la sociedad española será apenas un lejano recuerdo arrumbado en el desván de los trastos viejos.

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