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El virus se muda a los estados donde gana Trump

La pandemia de Covid-19 en EE.UU. vive en las últimas semanas en un carrusel de récords. Este viernes, en la víspera del festivo nacional del 4 de julio, una jornada donde el país se reúne alrededor del humo de barbacoas multitudinarias y espectáculos de fuegos artificiales, cinco estados rompieron sus registros en nuevos casos en un día: Alabama, Alaska, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Kansas. Tienen algo en común: en los cinco ganó Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016.

El dato es solo un ejemplo de una realidad que puede tener consecuencias importantes en el año de la reelección de Trump: el virus se ha trasladado al territorio del presidente y también gana terreno en algunos estados clave, los que deciden las elecciones.

Al comienzo de la crisis, en esta primavera, el virus era una preocupación demócrata. Se expandió con fuerza en estados de fuerte implantación liberal, como Washington y California, dos estados de la costa Oeste que vivieron los primeros brotes, y, sobre todo, Nueva York. El área metropolitana de la Gran Manzana ha sido el epicentro -incluso global- de la pandemia y en los primeros compases de la crisis acumulaba la mitad de los casos del país. Otros brotes importantes -New Jersey, Connecticut, Illinois- se circunscribían a estados de voto demócrata y en entornos urbanos.

La historia ha cambiado en el último mes y, en especial, en las dos últimas semanas. Después de que se controlara la incidencia del virus con restricciones y confinamiento en buena parte del país, la pandemia vive un fuerte repunte de casos en el país. Se ha sobrepasado el umbral de los 50.000 nuevos contagios por día varias veces esta semana, algo que no había ocurrido en los peores momentos de la crisis en los meses de marzo y abril. El aumento se explica en parte por la mayor realización de test -como han defendido Trump y su vicepresidente-, pero no solo por ello: el levantamiento de restricciones desde principios de mayo y la relajación de la ciudadanía con el distanciamiento social han sido decisivos, incluso para las autoridades médicas de la Administración Trump.

Algunos de los principales focos, además, están ahora en territorio «trumpista» -Texas, Georgia, Luisiana, Tennessee, Misisipí, Alabama o Alaska son algunos ejemplos- o en estados bisagra que determinarán la reelección del presidente, como Florida o Arizona.

Controversias por el uso de la mascarilla

El incremento de casos no es solo en los entornos urbanos -que son demócratas en casi cualquier estado del país-, sino también fuera de ellos. Según un análisis de AP, el número de casos registrados en los condados donde ganó Trump en 2016 es ahora igual que en los que ganó Hillary Clinton. A principios de abril, en la primera gran expansión del pandemia, los contagios en condados de voto demócrata casi triplicaban a los de voto republicano.

A nivel estatal, el cambio de tendencia es mayor. A finales del mes pasado, el 73% de los nuevos casos se registraban en estados donde ganó Trump. En número de muertes, todavía lideran los estados que votaron a Clinton. Pero la distancia se ha reducido hasta casi igualarse en las últimas semanas.

La respuesta al coronavirus ha profundizado la brecha ideológica que vive EE.UU. El electorado «trumpista» ha mirado con desconfianza las advertencias de los científicos sobre la pandemia, ha creído que se ha exagerado su gravedad, ha estado en contra de las restricciones a los negocios y ha convertido el uso de la mascarilla -recomendada por las autoridades desde principios de abril- como una guerra identitaria. El propio Trump ha alimentado esa postura: ha evitado ponerse la mascarilla, ha minimizado la gravedad de la crisis, ha puesto el énfasis en la reapertura pese a los riesgos que conlleva y ha organizado mítines y actos sin la obligación de distanciamiento y uso de esa protección para la cara.

Habrá que ver el impacto político del aumento de casos en el ‘territorio Trump’. Los gobernadores republicanos de muchos de los estados han paralizado o dado marcha atrás en la reapertura, a la que se habían lanzado con celeridad. El caso más evidente es el de Texas, donde esta semana el gobernador Greg Abbott impuso el uso de mascarilla por orden ejecutiva pocos días después de haber vuelto a cerrar los bares. El estado batió este viernes su récord de hospitalizaciones.

La mudanza del virus hacia sus bases electorales llega además en un momento en el que Trump pierde comba en las encuestas con su rival en noviembre, Joe Biden. Esta semana, el presidente, aunque no se la puso, ya dijo que estaba «muy a favor de ellas». Quizá haya un cambio de discurso más profundo si el virus gana todavía más terreno en su territorio.

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