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Intemperie, nominada al Goya 2020

Un «wéstern rural e ibérico», así describe el director Benito Zambrano su película «Intemperie», nominada al Goya a mejor película. El cineasta andaluz se llevó al elenco, encabezado por Luis Tosar y Luis Callejo, al desierto de Granada para rodar una historia de amistad en la posguerra española entre un niño que huye de los abusos y un huraño que huye de su pasado.

Intemperie, que además suma otras cuatro nominaciones, incluyendo mejor guion adaaptado, se basa en la exitosa novela homónima de Jesús Carrasco (Seix Barral), para la que Zambrano y sus guionistas decidieron incluir un cambio fundamental, el de ubicar en el tiempo y el espacio la aventura de un niño que huye de su poblado y al que acoge un pastor nómada que, a su vez, huye de la sociedad misma. «En la novela uno puede imaginarse lo que quiera, pero en el cine tienes que decidir el tiempo porque determina el vestuario, el habla... Como había que concretarlo, nos parecía que encajaba muy bien en 1946, siete años después de terminar la Guerra Civil, aunque esta historia podría darse en los años veinte, durante la República o en la década de los setenta», explica Zambrano, que regresa a la dirección tras ocho años de ausencia («La voz dormida», 2011).

Una decisión que no disgustó al escritor: «Los productores se enamoraron del libro y he confiado en ellos. Siempre he estado cerca del proyecto y sabía que no me iba a encontrar una novela romántica», refrenda el director, que apunta a los actores: «Conservan los rasgos que tenían en mi cabeza y la reacción que se produce cuando sus dos mundos tan diferentes chocan», sentencia.

Crítica de «Intemperie»: Entre el Sur y el Wéstern, por Oti R. Marchante

Benito Zambrano recupera aquella rotunda pegada de su formidable primera película , «Solas», con esta historia de crueldades y polvo situada entre el Sur y el Wéstern, y en una época, la de la posguerra española, que le inocula ciertos materiales ideológicos que no estaban tan marcados en la novela de Jesús Carrasco en la que se basa.

Al margen del manejo de algunos clichés que funden imaginario wéstern con el de posguerra franquista, como capataces violentos e inhumanos, jornaleros humillados y vencidos, diálogos de fogata y duelos en la ladera, lo que realmente ensalza el relato es la huida, la persecución y la amistad entre dos personajes magníficamente construidos, un niño y un pastor que funden sus destinos y que se legan el uno al otro todo aquello que el argumento les niega, como la supervivencia, la altura de miras o la necesidad de tener un horizonte delante.

El relato es tenso, de intriga creciente, de terror controlado, de emociones secas y con algunos subrayados -especialmente en «los malos»- que no eluden lo grosero, lo simplón, pero que llegan por que Zambrano lo filma con desolación, con regusto por el secarral y la miseria, física y moral. Las interpretaciones son tremendas y tremendistas, con un Luis Tosar que huele a oveja y a Eastwood, y con Luis Callejo y Vicente Romero que saben enseñar el incisivo como nadie.